Mis tres niñas

Saleema Nawaz

Traducido por: Rocío Bidegain, Gabriel Matelo y Soledad Pérez


Obra artística por McNicholl, Helen. Picking Flowers, c.1912, Art Gallery of Ontario, Toronto. Web. 27 March 2015.

Hay una foto mía y de Kathleen en la sala de juegos con Maggie, nuestra hermanita muerta. Ella está desplomada en el asientito de coche, envuelta en una manta de franela rosa, con los ojos y la boca suturados; cada una de sus arrugas está hundida con el peso de la muerte. Kathleen y yo posamos a cada lado con las piernas extendidas y las caderas incrustadas en la alfombra naranja. Tenemos los mentones en las manos, y Kathleen tiene un pie descalzo que patea en el aire; cerca, en el borde, se vislumbran un par de muñecas Barbie a medio vestir. Una pose de día de campo, como la que nos sacamos en el parque Stanley, con nuestros vestidos de verano de igual estampado a cuadros contra la manta gris a rayas que era nuestra isla en el mar de pasto verde.

Nos vemos igual de relajadas en la foto de la sala de juegos, con los rostros iluminados, las sonrisas amplias y entusiastas. Kathleen muestra los dientes, y sus ojos conspiran con la cámara como si pudiera hechizarla con la mirada fija. Es la cara pícara pero encantadora que puedo rastrear en todas las fotos familiares, desde sus fotos de clase hasta su álbum de casamiento. La bella Kathleen, traviesa a los siete en nuestro sótano recién terminado. Pero su sonrisa, tan seductora e intensa, apenas eclipsa la mía, porque en la foto realmente parece que me estoy riendo, delatando mi dentadura chueca sin querer, mientras mi colita de pelo marrón se agita hacia adelante por encima de mi hombro como desprolijo signo de movimiento, de los temblores de la risa. Apenas puedo distinguir el marco de los anteojos que odiaba y, con once años, parezco cómoda con mi cuerpo, despreocupada del rollo de mi barriga que se asoma como una banda pálida por debajo de mi remera morada. Se ve por cómo estoy recostada a lo largo, que el contorno de mi cadera ya es lo suficientemente amplio como para hacer que el asiento de coche ubicado frente a nosotras parezca más pequeño.

Es probable que haya sido nuestra madre quien nos dijo que sonriéramos. En su álbum esta foto lleva el nombre de “Mis tres niñas”.

 

Cuando mi esposo no quiere que busquemos una partera menciona a Maggie como un motivo para ir al hospital. Cree que su momento más persuasivo es después de cenar, cuando estoy llena y cansada, y tiendo a estar de acuerdo con cualquier cosa.

—¿Y qué pasó con tu hermanita la que murió? ¿No la tuvo en su casa tu madre?

La vaguedad cuidadosa de su pregunta me irrita, aunque sé que es solo su manera de intentar tener tacto, de no aventurarse a expresar más de lo que yo supondría que está sintiendo. Sabe tan bien como cualquiera de la familia, tan bien como cualquiera que la haya conocido, que  mi madre tuvo una beba que murió.

—Maggie no murió porque haya nacido en casa —le digo—. Murió porque tenía una malformación congénita que la habría matado sin importar dónde naciera.

Recuerdo que mi padre, preocupado y con los ojos secos, nos explicó que lo que le había sucedido a Maggie no era tan triste como si hubiera sobrevivido y hubiese muerto de todos modos.

—Sí, es una tragedia —dijo, y las comisuras de los labios se le hundieron en un reflejo del rostro boquiabierto de Kathleen—. La tragedia ha golpeado a esta familia, pero es algo más cercano a una desilusión que a una catástrofe.

Al salir, el suspiro que emitió al final de esta frase fue tan fuerte y susurrante como la manera cansada en que mi madre tragaba saliva y resoplaba, cosa que, luego del funeral, acostumbrábamos oír a través de la puerta de su habitación.

—Ah —Eric se aleja un momento y se inclina bajo el fregadero a buscar detergente antes de hacer el intento—: ¿Pero qué opina tu madre?

Esta es su manera de decir que a mi madre no le va a gustar y, con tan solo considerarlo nos estamos comprometiendo a semanas de ruegos desgarradores, discursos que me harán llorar la pérdida no solo de mi hermana y de la mujer que mi madre solía ser, sino también del modo en que yo era capaz de sentir dolor y compasión, y saber que de ninguna manera estaban mezclados con la apatía o el desdén.

 

No me gustaban las muñecas hasta que nació Kathleen. Sus labios fruncidos y sus dedos apretados no eran nada para mí en comparación con el hocico suave de un osito o un gato de peluche. Cuando llegó, Kathleen era blandita como un animal de felpa y además calentita. Me cautivó la multitud de expresiones diminutas que tenía, y a veces le incrustaba el dedo en las costillas para ver cómo una arruga de descontento le contraía el asombroso rostro volátil. Me preguntaba cómo habíamos podido vivir sin ella, sin alguien que pudiera sacarnos de nosotros mismos y del insignificante tedio de lo que fuera que nos hubiese consumido antes.

Cuando trajeron a Maggie a casa para el velorio, me recordó a esas viejas muñecas, tan liviana como si hubiese estado rellena solo de aire y no de órganos minúsculos y de un corazón inmóvil e imperfecto. También estaba rígida, como las muñecas, excepto por los pies, que eran blandos y se los podía mover. Mi madre nos dijo que eso era porque las venas ahí eran muy pequeñas para ser embalsamadas, y Kathleen les dio golpecitos a las plantas con un dedo canturreando “cuchi cuchi” hasta que mi madre le sacó la mano de una palmada y llevó a Maggie arriba para que se la pasaran entre los invitados.

 

Eric no puede creer que mi madre no haya visto aún a la beba más que en las decenas de fotos que tomó Kathleen.

—Su hija tiene una beba. Vaya a verla —le dice. Le sonrío porque su indignación, cuando es por mí, me resulta encantadora. El labio superior sobresale mientras la cabeza comienza un conciso temblor de desaprobación, y se frota las manos arriba y abajo contra la camisa a rayas en la parte inferior de la espalda, en una postura de ala batiente que muestra preocupación. Mi mano sobre su mejilla lo detiene, y entonces se inclina hacia mi caricia antes de encogerse de hombros. Se deja caer en la silla junto a la cuna de Hannah, que resulta el lugar más conveniente para la adoración y el deleite paternos.

—Mi madre ha estado prácticamente viviendo aquí las últimas cuatro semanas —dice.

—Lo sé —Hay ropita limpia doblada prolijamente en pilas cerca del cambiador. Y en el fondo del freezer hay comida preparada, cuya superficie moteada y cubierta de escarcha se ve  a través de la tapa azul de los recipientes de plástico como picos nevados—. Ha sido de gran ayuda.

—Bien, entonces, ¿y a tu madre no le importa nada?

Y como para esta pregunta no hay una respuesta que él pueda entender, la llamaré y le haré una visita yo misma.

 

Mi madre camina de un lado a otro de la cocina, seca platos, revuelve la sopa en una nerviosa trayectoria alrededor del perímetro de la mesa donde estoy sentada con la beba. Hannah hace más berrinches que lo habitual; la boca se le abre con una expresión de salvaje angustia; los puños se le hacen ovillos  en los extremos de los brazos levantados y temblorosos y parece un director de orquesta enloquecido en pleno vuelo de la orquesta. Mientras la calmo imagino que percibe la energía nerviosa de mi madre, su incapacidad de asimilar buenas noticias. El círculo social de mis padres, con la muerte de Maggie, se redujo a parientes y a aquellos que sentían gusto por la pena o la toleraban. Incluso ahora, con la evidencia de un bebé sano justo frente a ella, el interés de mi madre está puesto en cómo Hannah se salvó por poco.

—¿Y? ¿Tienes mucho dolor? —me pregunta. Mi madre asiente con la cabeza en un gesto de compasión mirando mi vientre. Debajo de la camisa tengo una línea roja y brillante, la cicatriz de la cirugía que hizo nacer a mi hija.

—Un poco.

Las terribles predicciones de calamidades que hace mi madre han reprimido ciertos aspectos de nuestras conversaciones. Cuando, durante el tercer trimestre, le confié que por un día y medio no había sentido que la beba se moviera, conjeturó en voz alta que probablemente la beba estuviera muerta. Aún se veía enfurruñada y desconcertada cuando Eric, que vino a buscarme, la saludó cortante antes de ayudarme a subir al coche.

Mi madre comienza a refregar papas nuevas en el colador. Me echa una ojeada desde el fregadero.

—Deberías haber intentado perder algo de peso antes de tener un bebé —dice—. No es saludable.

—Es verdad —Levanto las cejas y la miro antes de bajar la vista para acariciar el borde de la mejilla de Hannah y observo que su llanto se calma por el agotamiento—. Recuérdame devolverte la ropa apenas empiece a bajar algunos kilos.

—Ay, tú… —Mi madre sacude la cabeza y trae las papas lavadas y un pelapapas a la mesada que está más cerca de la mesa—. Es cierto, ya sabes. No deberías ser como yo.

Como un Lázaro reacio, mi madre se va acercando a Hannah poco a poco. Toma un puñado de cáscaras de papa y se dirige al cubo de basura que está a la derecha de la mesa. De camino, veo que echa un vistazo a la beba, y las pupilas se le dilatan hasta que los ojos marrones se le tiñen de negro.

—¿Por qué no te sientas? —Pateo con el pie la silla que está frente a mí hasta que se corre de la mesa chirriando contra el linóleo, lo que hace que Hannah abra los ojos y suelte un breve y lastimero gritito.

Mi madre arroja las cáscaras a la basura y se acomoda en la silla que le ofrecí cloqueando su desaprobación.

—Honestamente, deberías tener más cuidado —dice—. Dámela. La tranquilizaré.

Y entonces le entrego a la beba y ella la toma con manos fuertes y seguras, mientras los labios le tiemblan con el comienzo de una canción de cuna.

 

De noche en la cama simulábamos que Maggie era un fantasma que nos observaba. No un ángel, porque, ya que la habíamos visto en su sombrío reposo final, no nos parecía verosímil que nos pudiera desear el bien.

—Si no te levantas y cierras esa puerta del armario —decía—, Maggie intentará estrangularte mientras duermes.

—¿Y por qué haría eso? —La voz de Kathleen sonaba lastimera en la oscuridad, con un ensayado temblequeo de miedo. La conversación era una especie de juego que siempre jugábamos.

—Porque está celosa de nosotras. Porque estamos vivas y ella no. Porque sabe que estamos contentas de que ya no esté.

—Yo no —dijo Kathleen.

—Sí que lo estás. Estás contenta porque si ella estuviera viva, tú no podrías tomar clases de ballet porque no tendríamos suficiente dinero. —Yo no sabía si eso era verdad, pero me pareció una inspiración brillante.

—¿En serio? —se escucharon unos crujidos en la oscuridad cuando Kathleen se irguió a medias en la cama.

—En serio. Y ella sabe que tú crees que es fea. Ella sabe que me dijiste que pensabas que se veía rara. —Otra inspiración en mi lista de crueldades. Kathleen me había confiado, durante las confusas semanas después del funeral, mientras nuestra madre desaparecía hundida en una pila de libros de consejos para sobrellevar el duelo, que pensaba que Maggie no parecía un bebé normal.

—Tiene un color extraño —me susurró, mientras nuestra madre ponía una diminuta foto enmarcada de Maggie en el centro de la repisa de la chimenea, detrás de una velita blanca. El rostro moteado de Maggie tenía manchas azules y rojas por la respiración deficiente, que nunca llegó a funcionar realmente.

—¿Cómo sabe Maggie eso? —preguntó Kathleen, que a esta altura ya estaba sentada. Podía ver la sombra que su cabello revuelto arrojaba contra la pared por el resplandor de nuestra luz de noche con forma de copo de nieve—. ¿Le dirá a mami?

—No —dije, y los hombros se me sacudieron en un temblor repentino al imaginarme a Maggie, toda envuelta, rondando cerca del rostro dormido de mi madre. A veces llegaba incluso a asustarme a mí misma durante esas charlas nocturnas—. No, no creo.

 

En la sala de espera Kathleen parece más sana que los otros pacientes, con el pelo corto, pero más tupido que nunca. Puedo ver cómo se dan vuelta para verme, espiando por detrás de las gastadas revistas, para buscar en mi cuerpo señales de enfermedad o un punto de referencia de sufrimiento contra el cual poder medir su propia recuperación o deterioro. Puedo ver cómo van formando sus propias conclusiones, especulando sobre tumores escondidos bajo capas de grasa, una manera defensiva de culpar a una mujer obesa de haberse causado a sí misma la enfermedad. Al lado de mi hermana me veo como la que merecería morir.

Pero si miran arriba del vientre de Kathleen y el prometedor bulto por encima del cual ha cruzado las manos pálidas y secas, podrían notar su pecho plano de niño y la feroz contracción de su mandíbula que ha convertido su sonrisa ganadora en la mueca más irónica que se pueda imaginar —las únicas huellas visibles de su enfermedad desde la remisión—. Entonces, ella afirmaba que no extrañaría sus senos, a los que llamaba “imanes de mala suerte”.

—¿De qué me sirvieron? —decía, sorbiendo agua de un vaso de papel del hospital como si fuese un daiquiri o la sangría que solíamos mezclar en un cubo cuando íbamos al lago en verano—. ¿Además de conseguirme un par de malos novios y un fracaso de ex esposo? —Se rió. Greg era un ángel, un poeta formalista del que se divorció cuando empezó a acostarse con el hermano. Después de la aventura y un par de sonetos resentidos, Greg era ahora su amigo más fiel—. Por no mencionar el cáncer.

—Exacto.

Nuestra risa nerviosa e histérica tras la rosada cortina de la sala de recuperación me dejó las mejillas adoloridas, y no le aparté la mirada porque lo único que podía alterar a Kathleen era que alguien le apartara la mirada, que bajara la vista de la imagen de su rostro delgado y decidido.

 

Hay otras fotos de Maggie. Dejaron un álbum entero sobre la repisa de la chimenea durante un año después de su muerte, hasta que mi padre lo guardó en un armario arriba. Es un álbum pequeño y cuadrado, encuadernado con cuero blanco, y tiene solo una fotografía por página. Documenta a mi hermana menor desde la concepción hasta el  funeral. Las primeras páginas están compuestas por fotos de perfil del vientre embarazado de mi madre; la lisa redondez está cubierta por un estampado floral vivo que casi combina con el empapelado; su vientre, como un globo, emerge en alto relieve. Las siguientes seis páginas contienen una serie de fotografías que muestran la breve estadía de Maggie en la incubadora de plástico de la Unidad de Cuidados Intensivos, con tubos que le oscurecen el rostro y el cuerpito. Debajo de la quinta fotografía tomada en el hospital, mi madre ha escrito, con su letra prolija y regular: “Esta es la última foto de Maggie viva”.

La mayoría de las fotos que quedan son instantáneas tomadas en el velorio, con varios amigos y parientes con el cuerpo embalsamado de Maggie en brazos. Los  rostros rígidos y solemnes apenas ocultan el horror. La última fotografía del libro es de mis padres agachados al costado de la tumba antes del funeral. El diminuto féretro blanco está listo para el entierro, apoyado en el pasto frente a ellos y proyectando una especie de alegría tenaz al brillar a la luz del sol, mientras mi madre, desplomada contra mi padre, parece una pantomima de la congoja. Él está sentado con las piernas cruzadas, el rostro abatido, el brazo alrededor de los hombros de ella, y sin embargo, yo proyecto en él una vergüenza invisible, el estar consciente de la presencia del fotógrafo profesional, que debe de haber montado el cuadro del dolor.

Mi padre ahora también está muerto, pero no hay fotografías de su tumba ni de la pequeña ceremonia a la que no solo asistió nuestra familia, sino también sus alumnos de la universidad. Tuvo una apoplejía de regreso a casa de una clase y murió, al día siguiente, sin abrir los ojos. Cuando llamé a Kathleen para decirle que fuera al hospital, ella ya se encontraba allí para el tratamiento de radioterapia. Nuestra madre, que se estaba preparando para otro desastre distinto, me susurró mientras subíamos al taxi:

—No quiere vivir para ver morir a otra hija.

—No lo hizo a propósito —le dije, pero ya estaba metiéndose al taxi deprisa; el sonido de sus resoplidos y sus pasos desparejos todavía se oían desde la acera.

 

Es obvio que la doctora está enojada con Kathleen. Aprieta el portapapeles contra el pecho y sus ojos me miran a mí en lugar de a mi hermana. Es la irritabilidad y el pudor ante las malas noticias. La doctora, por lo general, es muy agradable.

—Sabíamos que esto podía ocurrir —dice—. Sabíamos que era un riesgo.

—Lo sé —dice Kathleen.

—Es por eso que le decimos a la gente que espere al menos dos años.

—Lo sé —repite Kathleen—. No la culpo a usted. —Se encoge de hombros y, en un consultorio oncológico, el gesto tiene un aire de bravuconada fatalista que hace que el alma se me caiga a los pies—. De todos modos, podría haber vuelto, incluso si no hubiera dejado de tomar los medicamentos.

La doctora sacude la cabeza con el rostro serio mientras habla de nódulos linfáticos y fases avanzadas, y Kathleen asiente. Me pregunto por qué no intenté convencer a mi hermana de que lo dejara hace ocho meses, cuando me dijo que se estaba haciendo exámenes para averiguar si sus óvulos eran todavía viables después de su tratamiento.

—¿Cuándo tendrás los resultados? —pregunté. Intenté contener la sonrisa que sentía que se me estaba extendiendo sobre la cara, ya que había empezado a sentirme supersticiosa desde la enfermedad de Kathleen y la muerte de nuestro padre. Era como si Maggie, solitaria e implacable, aún nos estuviera observando para percibir señales de demasiada felicidad.

Kathleen se rió mientras balanceaba a Hannah sobre la rodilla.

—No sé exactamente. Es una especie de examen auto-aplicado. —Me guiñó el ojo—. Greg me ayuda. Ahora Kathleen dice:

—No quiero lastimar al bebé. Después de que nazca haré lo que sea que consideres apropiado—. Se levanta con dificultad de la silla con la ayuda de mi mano y agrega—: Si vale la pena.

 

A veces cuando Hannah está tranquila y la sostengo contra mi cuerpo, o cuando está adentro de la mochila porta bebé, adormecida, me imagino que todavía estoy embarazada, que el cáncer que mató a mi hermana está siendo controlado, y que Kathleen no es otra tragedia para agregar a la letanía de dolor de mi madre. La respiración se me hace más lenta y los ojos se me empiezan a cerrar hasta que ella se mueve y dejo que la realidad regrese de golpe; rastros de culpa que bordean la conciencia. Pero no deseo que Hannah no esté, sino que esté de nuevo dentro, alejada de mi incapacidad de mantener a salvo a la gente.

Luego de bajar a Hannah a la alfombra de juegos, llevo a Meghan a mi pecho para alimentarla, como lo hice incluso antes de que su madre falleciera. Se parece a Hannah lo suficiente como para ser su hermana, aunque sus facciones siempre están cambiando. La cara primero se ve más alargada, luego más redonda. Los ojos azules se ven más oscuros, luego más sabios.

Mi madre anda dando vueltas por la habitación contigua, y pregunta en voz alta cómo pude dejar que mi bañera se pusiera tan sucia, hasta que ahoga sus palabras al abrir los grifos. Se queda durante la semana ahora, y ayuda con la casa y las bebas. Pero a veces la pesco mirándome como si no pudiera entender por qué le quedó la menos prometedora, la pesada que se toma la vida demasiado en serio, la que más se le parece. Y de noche, cuando me levanto a controlar que las bebas estén bien, cada una durmiendo en su cuna, a veces veo cómo mi madre camina de cuarto en cuarto con el rostro hundido de dolor, y parece una niñita perdida.

Saleema Nawaz

Saleema Nawaz creció en Ottawa, Ontario y tiene una maestría en inglés de la Universidad de Manitoba. Sus obras han sido publicadas en Prairie Fire, PRISM International, Grain, The Dalhousie Review, y The New Quarterly. Su primera colección de cuentos, Mother Superior, fue publicada en 2008 por Freehand Books. Su primer novela, Bone and Bread, apareció en 2013. 

Rocío Bidegain, Gabriel Matelo y Soledad Pérez
 Gabriel Matelo, profesor e investigador en literatura de los Estados Unidos en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Soledad Pérez, traductora, estudiante avanzada de la Licenciatua en inglés con orientación literaria e investigadora en estudios de traducción en la Universidad Nacional de La Plata. Rocío Bidegain, estudiante avanzada de traductorado en inglés en la Universidad Nacional de La Plata.