Descender

Caroline Adderson

Traduit par : Jemina Domínguez y Mariángel Mauri


œuvre de Natalia I. Spoturno

Porque la esposa del agente de seguros le hizo tres rayas largas a un lateral del coche mientras estacionaba en un compartimento al lado de una columna de hormigón en un estacionamiento subterráneo. En general, usaba la camioneta, pero había ido a devolver los videos en el coche, expresamente, porque era más fácil de estacionar. Ella estaba compungida y el agente de seguros se lo tomó con calma; al día siguiente ella se quedó con el coche de modo que pudiera llevarlo al taller para pedir un presupuesto.

Porque el agente de seguros tomó el autobús.

Antes de salir de la casa, se llenó los bolsillos con cambio. Al ritmo del tintinear de las monedas de un dólar y de veinticinco centavos, caminó las tres cuadras hasta la parada. Después de una considerable espera, vino el autobús, encalló contra el borde de la acera y el agente de seguros se subió, alivianando sus bolsillos en función de la tarifa indicada en la expendedora de boletos.

Porque cometió el error de sentarse en uno de los asientos laterales que se deben ceder a los ancianos y discapacitados, lo cual lo obligaba a mirar a cada persona que subía para ver si encajaba en esta categoría.

Porque, cuando demasiadas personas miraron a su vez el rostro matinal del agente de seguros, él dirigió su mirada de todavía-no-ingerí-suficiente-café hacia los anuncios que aparecían por encima de las cabezas de los pasajeros a través del pasillo: Escuela de Negocios Marsden, un paso en la dirección correcta Respire claro con Claritin ¿Problemas con los formularios de impuestos? La ayuda está en camino.

El agente de seguros leyó el poema. Lo leyó por la misma razón por la que leyó los anuncios.

Porque, al principio, pensó que se trataba de un anuncio más.

Lo leyó por segunda vez de otra manera, pero se dio cuenta de que lo había entendido aún menos. De modo que, intrigado, se preguntó qué hacía en el autobús una cosa que existía porque sí no más, que no necesariamente servía al bien público, ni vendía nada. ¿La gente todavía escribía poesía? Evidentemente. El nombre de una mujer acompañaba el poema. ¿No se sentía expuesta? ¿Por qué no simplemente subirse desnuda al autobús y andar por toda la ciudad?

Porque, mientras el autobús hacía pesca de arrastre camino al centro de la ciudad, el agente de seguros continuó con la lectura del poema. Lo leyó al menos quince veces, luego se bajó en su parada y caminó las cuatro largas cuadras que lo separaban de su oficina.

Para ese entonces, el poema había desaparecido.

Porque sentía como si su maletín se hubiese abierto, desparramando sus papeles a lo largo del camino. Salvo que, por supuesto, no podía volver sobre sus pasos y recuperar el poema. ¿Adónde se iban estas cosas? ¿Acaso hay un vacío que realmente nunca va a llenarse a pesar de todas las llaves, los cumpleaños, los anteojos y los nombres —incluso a veces de los propios hijos— que caen en él? Entrando en desesperación, levantó la vista por casualidad hacia los imponentes laterales espejados del edificio.

Y reaparecieron dos versos del poema.

Porque acababa de experimentar en carne propia la naturaleza efímera de la memoria. Porque tenía la edad en que las células cerebrales mueren silenciosamente como mariposas en una helada imprevista. Porque había días en que realmente no podía acertar los nombres de sus propios hijos. Murmuró los dos versos una y otra vez hasta que estuvo a salvo dentro del ascensor y, luego, en su propia oficina, donde pudo anotarlos.

La esposa llamó unas horas después para decirle cuánto costaría mandar pintar el costado del vehículo. Consideraron si tomarse la molestia de hacer los trámites del seguro y su esposa se disculpó una vez más por haber dañado el coche. Era una mujer admirable en muchos sentidos, pero incurable en este aspecto; en particular, para estacionar en paralelo, lo cual a veces la obligaba a dar vueltas a la manzana durante un cuarto de hora en busca de un espacio doble.

Después de colgar, el agente de seguros deseó haberle leído los versos del poema que habían sobrevivido, pero le pareció tonto llamarla de nuevo. En lugar de eso, llamó a la secretaria con el pretexto de un dictado. Era nueva en la oficina; la había enviado una agencia de empleos temporales. El agente de seguros no sabía mucho sobre ella, salvo que tenía aros en el rostro y que tejía a escondidas debajo del escritorio. A pesar de los chistes que se contaban puertas adentro de la sala de juntas, el consenso general en la compañía era que el tejido dejaba sin efecto los aros en el rostro.

La secretaria entró y se sentó frente a él, preparada con un anotador y una lapicera, con un cárdigan sobre los hombros encorvados por el frío glacial que emanaba del aire acondicionado.

“Caer no es tan fácil como parece desde el suelo”.

La secretaria tomó nota. Era zurda.

“Descendemos, descendemos, solo para elevarnos hacia nosotros mismos”.

Escribió esto último como una segunda oración, aunque en el poema ni siquiera eran versos consecutivos.

—Eso es todo —dijo el agente cuando ella levantó la vista esperando más.

Él esperaba algún tipo de reacción. ¿Por qué? No esperaba reacción alguna a una enmienda en un contrato o a un memorándum. Ella cerró el anotador y se paró para retirarse. Desilusionado, él también se paró y se puso de frente a los ventanales que cubrían del piso al techo. Veintisiete pisos más abajo, transmitían el poema en la ciudad a través del transporte público. Pensó en las celebraciones que se realizan en algunos lugares católicos donde hace mucho calor, en los que la estatua de un santo es cargada sobre hombros creyentes para que desfile por las calles. Años atrás, el agente de seguros y su mujer habían ido de luna de miel a México.

—No se abren.

Se volteó hacia la secretaria:

—¿Qué?

Ella se acercó y se quedó a su lado, y ninguno dijo nada. Después, la secretaria apoyó ambas manos contra la vista y se inclinó hacia ella hasta que todo su cuerpo quedó pegado contra el cristal ahumado. Clic hizo el aro de la ceja.

—No tenga miedo —le dijo ella.

Las palmas del agente de seguros estaban húmedas. Dejaron sus huellas sobre el vidrio. Se acercó más, presionando una mejilla contra la superficie fría, temeroso, desde luego, de mirar hacia abajo, de probar la hoja de vidrio con su peso.

Finalmente se soltó.

Porque las ventanas estaban selladas y el poema, perfectamente a salvo.

 

—Va a estar listo para el jueves —dijo la esposa del agente de seguros durante la cena.

—Bien.

—Vas a tener que tomar el autobús de nuevo.

No se cuestionaba; su mujer llevaba a los niños a la escuela. Después de la escuela llevaba al mayor a fútbol y al menor a la piscina; entre una cosa y otra, desde la casa, administraba un negocio que fabricaba pantallas para lámparas, por lo cual necesitaba la camioneta para hacer los repartos y recoger el material.

—No me molesta —dijo el agente de seguros.

—Eres demasiado bueno. —Se inclinó hacia él y lo besó. Recibió abucheos de sus hijos, que tenían doce y diez años y eran hostiles al amor, aun cuando todavía lo necesitaban mucho. El agente de seguros recordó cómo era ser niño. El mayor, que ya entendía de sexo, estaba en esa edad en la que la idea del acto sexual entre el padre y la madre le resultaba repugnante. El agente se rió y se preguntó si llevaría a cabo el acto sexual con la madre de sus hijos esta noche o si estaría muy cansada, ¿quién podía culparla?

Porque esa noche ella se metió en la cama con olor a crema facial e inmediatamente apagó la luz, en lugar de obligarse a leer porque en su club de lectura siempre era la única que no había terminado el libro.

—Me lo pongo —dijo ella.

El agente de seguros la cargó sobre sí y le acarició los pechos. Usó el pulgar hasta que ella se excitó, luego la dio vuelta y la puso de espaldas. En el momento del clímax, le susurró en el oído: “Descendemos, descendemos…”.

—¡Oh! —dijo ella—. ¡Oh!

 

El segundo día en que él tomó el autobús, la esposa del agente de seguros dejó de gritarles a los niños que salieran de la cama y fue a la puerta a despedirlo.

—¿Qué fue eso que me dijiste anoche?

—Un verso de un poema.

—¡Un poema! —El deleite le quitó diez años del rostro. Él la hubiera atraído contra sí y se lo habría recitado otra vez ahí mismo en la entrada, pero no quería perder el autobús.

Porque estaba ansioso por copiar el resto del poema.

Lo buscó no bien subió al autobús.

—¿Dónde está qué? —preguntó el conductor.

—Ayer había un poema.

No en este autobús.

Entonces, cometió una insensatez. Tiró del cordón y se bajó en la parada siguiente con el boleto de transbordo en la mano. Diez minutos más tarde pasó otro autobús sin poema.

Decidió que no era importante. No era el fin del mundo. La vida seguiría hacia adelante. Hacia adelante.

Llegó tarde al trabajo. Cuando entró, la secretaria le sonrió por lo que había ocurrido el día anterior. Pasó apurado, cerró la puerta de su oficina y apoyó la cabeza en el escritorio. Leche, huevos, panes para salchichas, Respire claro con Claritin Usted y su se refieren a la(s) persona(s) Asegurada(s) en la Carátula y, mientras vivan en el mismo hogar, su esposa o esposo, los familiares de ambos y Puppy Chow, un año entero, ¡hasta que sea adulto!

Porque su mente desbordaba de palabras.

Porque recordaba dos versos y ni una sílaba más.

 

Esa noche el agente de seguros se cayó. Había estado de pie frente a la ventana de su oficina juntando coraje para apoyarse. Demasiado tarde se dio cuenta de que habían quitado el cristal. Se cayó, pero no tuvo la terrible sensación que se había imaginado. De hecho, disfrutó del viento en el rostro y de la atención que le brindaba la gravedad, tan confiado se sentía de que, en algún lugar allí abajo, estaba el poema para amortiguar su caída.

Un grito lo despertó. A su lado estaba su mujer, sorda a fuerza de tapones de gomaespuma naranja.

—¡Papi!

Saltó de la cama y recorrió el pasillo siguiendo los gritos del hijo. Era su hijo menor, el de diez años, a quien, por justicia, no podían prohibirle que juegue en la computadora los juegos que su hermano mayor sí tenía permitidos. El agente de seguros se sentó en la cama y, tomando en sus brazos al niño que temblaba, lo besó en la frente y lo acunó como si fuera un bebé. Incluso mientras consolaba al niño, sintió envidia de sus enemigos animados, villanos enmascarados y armados con bazucas, monstruos con cabeza de perro, ceros y unos en una ficha. Durante todo el día el agente de seguros había peleado contra demonios de la adultez: pérdida, desilusión, inutilidad. En general no era una persona malhumorada. Su mujer le había echado una mirada durante la cena como respuesta a algo cortante que él había dicho. Probablemente se preguntaba qué le había pasado al gran amante de la noche anterior.

—Shh —dijo el agente—. Shh.

Se acordó de cuando caminaba en la noche con su hijo, que tenía apenas unas semanas de vida, sufría cólicos y agitaba sus enojados puñitos de bebé. De repente se le presentó una imagen: lo que la secretaria tejía debajo del escritorio.

Un pequeño mitón azul.

—Caer no es tan fácil como parece desde el suelo —le susurró el agente de seguros a su hijo, quien instantáneamente dejó de llorar para decir:

—¿Qué?

—Yace ahí en la nieve, esa cosita. —Se concentró—. Esa cosita, todo lo que alguna vez hemos perdido.

El niño inhaló fuerte y se relajó en los brazos del agente de seguros.

“Descendemos, descendemos…”.

Continuó repitiendo los tres versos una y otra vez hasta que el niño se volvió a dormir.

 

El agente de seguros condujo al trabajo el día siguiente. Se detuvo en el escritorio de la secretaria cuando entró por si había parecido maleducado el día anterior. Ahora tejía abiertamente. A nadie le importaba, siempre y cuando respondiera el teléfono.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó.

—Una bufanda. —La levantó para mostrársela: una larga tira anaranjada.

—¿No estabas tejiendo mitones ayer?

—¡Noo! Apenas soy principiante.

El agente de seguros la miró fijamente, después se fue sacudiendo la cabeza.

Porque hoy estaba de mejor humor. La noche anterior, sentado en la habitación de su hijo esperando que se le estabilizara la respiración a un punto sin retorno, había recordado el nombre de la poeta. Era un nombre fácil para él. De hecho, era el segundo nombre de su esposa, adaptado del de una venerada ex primera ministra. En su descanso de mediodía caminó hasta una librería grande en el centro de la ciudad.

Porque no encontró nada de esa autora.

—Puedo encargárselo —dijo el empleado.

Porque, mientras caminaba de regreso a la oficina, decidió llamar a la poeta. Se le humedecieron las manos. La escritora era una mujer, cierto, pero no sería un llamado de ese tipo. Aun así el agente se sentía desleal, como dos días atrás, parado con la secretaria frente a la ventana. Recordó cuán indulgente había sido su mujer con él durante todos esos años pasados. Se había enamorado de otra persona y había sido rechazado. Cuán agradecido estaba por cómo había resultado su vida. El año pasado su mujer se había descubierto un bulto en el pecho, pero, gracias a Dios, era benigno.

La secretaria aún no había vuelto de su almuerzo cuando él regresó a la oficina.

Abrió el cajón del escritorio y sacó la guía de teléfonos que estaba debajo de un ovillo de lana anaranjado.

Su mujer parecía agitada cuando atendió, probablemente por haber subido corriendo por las escaleras del sótano. Su taller estaba allí abajo.

—¿Alguna vez alguno de los niños perdió un mitón?

—Probablemente. —No la notó enojada hasta que le dijo que la amaba—. ¿Qué pasa? —exclamó.

Mientras él le aseguraba a su mujer que todo estaba bien, buscó a la poeta en la guía de teléfonos.

Su mujer le dijo:

—Has estado trabajando demasiado, me gustaría que vieras un médico.

Había unas cuantas entradas con la misma inicial. Eligió, erróneamente, la que encajaba con lo que él pensaba que sería el domicilio de una poeta. En el segundo intento, atendió una mujer. Él la nombró y ella respondió.

—¿La poeta? —dijo él.

—S--í. ¿Quién es? —se rio ella.

Esperaba una voz distinta, una voz dolida, una voz áspera y sabia. Ella parecía una adolescente. Él se sentía menos nervioso ahora.

—Leí su poema en el autobús.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Y?

—Solo recuerdo tres versos. Esperaba que me lo pudiese leer. Me gustaría copiarlo. —Tenía una lapicera en la mano y un pedazo de papel preparado.

—Déjeme en paz —dijo ella—. ¿Quién es usted?

—En serio.

—Está bien. ¿Qué tres versos recuerda?

Se los dijo.

—Repita el último —dijo ella.

—Yace en el suelo, cosita, todo lo que alguna vez hemos perdido.

—¡Oiga! Eso es bueno.

—No, eso es todo lo que recuerdo.

—Quiero decir que el verso es bueno.

El agente de seguros se rascó la cabeza, confundido.

—¿No es eso lo que escribió?

 

Después de haber terminado de hablar con la poeta, se sentó al escritorio y tomó notas así no se olvidaba.

Porque recuerdo cómo era ser niño.

Porque, la primera vez, sus pechos olían a vainilla.

Porque salí a caminar ese invierno desgarrador y encontré un mitón en la nieve.

 

                                                          Con gratitud, para Elizabeth Brewster.



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Caroline Adderson

Caroline Adderson es autora de varias novelas y colecciones de cuentos que le han valido numerosos premios nacionales e internacionales como el International IMPAC Dublin Literary Award, el Governor General’s Literary Award y, en tres ocasiones, el CBC Literary Award. Actualmente vive en Colombia Británica.

Jemina Domínguez y Mariángel Mauri
Jemina Domínguez es traductora y Mariángel Mauri estudiante avanzada de traducción de la Universidad Nacional de La Plata. Dan clases de inglés y trabajan como correctoras de español.