Flotar como una cabra, o, de qué hablamos cuando hablamos de arte

Zsuzsi Gartner

Traducido por: Sabrina Ferrero y Emilse Vargas Radboone

Texto original: "Floating Like a Goat, or, What We Talk About When We Talk About Art "


Obra artística por Natalia I. Spoturno

“No dejes que ese caballo

                                    se coma ese violín”,

                        gritó la madre de Chagall.

                                    Pero él

                        siguió impertérrito

                                        pintando.

 Y se hizo famoso.

LAWRENCE FERLINGHETTI,

A CONEY ISLAND OF THE MIND

 

Estimada señorita Subramanium:

Quizás le parezca ridículo (como le pareció a mi esposo) que yo haya perdido el sueño varias noches debido a que Georgia “aún no satisface las expectativas” en arte. Tan solo es arte, me dijo mi esposo. Tan solo está en primer grado. Pero efectivamente perdí el sueño y, de hecho, en este momento me encuentro en un estado de fuga inducido por un nivel de cafeína tan alto que temo que esta carta pueda resultar desmesurada. No es esa mi intención.

Por favor advierta que no estoy sugiriendo que Georgia sea una especie de genio artístico, ni siquiera que posea algún talento particular. Esta es una defensa de la expresión artística, no de las habilidades de mi hija. O más bien, una defensa del arte en sí mismo.

La afición que usted tiene a los aretes atrapasueños con plumas y a las remeras ajustadas con lentejuelas que llevan los nombres de diferentes festivales de rock pesado no ha pasado inadvertida entre los padres (mi esposo en particular parece más predispuesto a retirar a nuestra hija este año que cuando estaba en la clase de jardín de infantes de la Sra. Tam —donde, para su información, Georgia sí logró “satisfacer plenamente las expectativas” en arte—). Supongo que usted debe pensar que esto le da en cierto modo un aire “de espíritu libre” o “bohemio”. Pero lo bohemio no reside simplemente en el vestuario, señorita Subramanium.

Hubo un tiempo en el que gustosamente hubiese vendido mi alma para congraciarme con cierto curador demagogo, pero puedo decirle con algo de autoridad que ni siquiera entonces me hubiese rebajado a imponer restricciones a otros. Una mujer de espíritu libre no hace que las niñas y los niños formen filas separadas antes de entrar al aula, no restringe las conversaciones durante la hora de la colación y, con toda seguridad, cuando los niños de seis años dibujan personas o animales, no insiste en que los pies DEBEN tocar el suelo.

Cuando mi hija me informó de esta “regla”, pese a las lágrimas de frustración que arrugaban su dibujo de nuestro difunto gato, O’Keeffe, no pude contener un bufido. (No es un hábito agradable, lo admito, y he intentado controlarlo a partir de aquella vez particularmente inoportuna en la que bufé en la mesa principal de la recaudación de fondos anual del Partido Conservador de mi esposo —le eché la culpa al eneldo del salmón escalfado—). “Supongo que nunca escuchó hablar de Chagall”, le dije a Georgia, tratando de parecer natural, ya que sé muy bien que se considera prohibido socavar la autoridad del docente. Georgia, siempre curiosa, quiso saber más, así que saqué mi polvoriento Gardner’s Art Through the Ages, pero tan solo descubrí que la pequeña foto en blanco y negro de La Crucifixión no lograba transmitir la intensidad de la visión y del color, ni la contagiosa joie de vivre de la obra de Chagall. Internet demostró ser un recurso más satisfactorio, como suele suceder en estos tiempos.

Lo que más cautivó a Georgia fueron las cabras: cabras flotando, elevándose, tocando el violín. “Desearía poder volar”, dijo, más pensativa de lo que corresponde a su tierna edad. Bueno, ¿quién no? (¿Usted cree que hoy podríamos comprar por Internet pósteres de La baie des Anges por solo $56,01 más envío, o una caja con un juego de ocho tarjetas de felicitaciones de Chagall si el pequeño soñador Marc Chagall hubiese estado un día en su clase, señorita Subramanium? Se me ocurre, nada más).

Soy actuaria de profesión. Mi trabajo implica evaluar riesgos. Esta ocupación fue clasificada como la de menor estrés del país, según publicaron recientemente los medios de comunicación, y puedo dar fe de su veracidad (es por esto que a mi odontólogo le resulta tan sorprendente que rechine los dientes por la noche; bruxismo, se llama. Suena como el nombre de un movimiento artístico, ¿no es así? Algo masculino y enigmático, algo provocador, desaliñado. Es evidente que mis molares 2.6 y 3.6 han sufrido daños irreparables que amenazan con modificar el aspecto de la línea de mi mandíbula. Ahora estoy esperando que me entreguen mi protector bucal hecho a medida, mi propia placa de descanso nocturna. Este es el tipo de cosas que espero con entusiasmo en estos días, señorita Subramanium).

Tanto en mi condición de profesional como de madre, mi trabajo es calcular riegos, no asumirlos. Asumir riesgos: ese el trabajo del artista y del niño.

Su máxima de los pies sobre el suelo, o “rregla”, como escribió Georgia en su diario, es solo el punto de partida. También está su insistencia en desear que los niños pinten con crayón en un solo y único sentido, lo que hace que trazar rayas desprolijas esté en el mismo nivel criminal que hacerle calzón chino a un compañero. Y cortarles las gomas de borrar de los extremos de los lápices para obligarlos a enfrentar sus “errores”; no voy a hablar siquiera de eso ahora. En lo que me gustaría concentrarme es en su afán de considerar que un dibujo no está terminado hasta que el niño no ha llenado el fondo.

¿Puedo dirigir su atención hacia el pintor de Toronto, Ronald Bloore? Bloore, famoso sobre todo por sus pinturas blanco sobre blanco de las décadas de los años 70 y 80, pinturas que él ha dicho que representan “libertad para el espectador”, es un maestro de la textura. El placer estético de estas obras radica en el mismo espacio blanco que usted dice aborrecer. El espacio en el interior de la textura es la imagen. (Estuve a punto de comprar un Bloore una vez en una subasta, pero mi esposo, muy parecido a usted, señorita Subramanium, no fue capaz de ver el valor de la expansividad límpida en la pintura y la llamó —casi me avergüenza escribir la frase por temor a que usted piense que habla así enfrente de Georgia— “una paja”. Podría ser que mi esposo estuviese celoso. Si ha visto fotografías de Bloore a sus 50 estará de acuerdo con que tenía un aire desenfadado, ese carisma natural del pícaro artista seguro de sus habilidades y capaz de atraer a las personas, concretamente a las mujeres, a su vórtice con facilidad. Es, a esa edad, el doppelgänger de mi odontólogo. El parecido es bastante impresionante, salvo que mi odontólogo no sostiene un cigarrillo entre los dedos mientras hace su trabajo).

Concentrarse tan atentamente en la ausencia de color. Confiar en que el espectador podrá distinguir entre distintos tipos de blancura, entre grados de blancura. Existe una carga erótica audaz en esta retención deliberada. El propio Bloore dijo una vez que el arte es “una palabra de cuatro letras”. ¿Puede comprender el rigor que conlleva la negación, señorita Subramanium?

Esto no quiere decir que un niño que entrega una hoja en blanco y dice que eso es arte debe ser recibido al grito de ¡bravissimo! (aunque sería bastante inteligente), sino que el arte es elástico y que su afán de pretender dibujos miméticos, completos con fondo, es más bien retrógrado.

Casi puedo oírla suspirar, señorita Subramanium. No acostumbro psicoanalizar a las personas, pero no resulta difícil imaginar lo que implica este temor a los espacios en blanco. No le gusta estar sola, ¿no es así? Pasar el rato en las horas libres la llena de un terror inefable, ¿cierto? Existen personas que pueden ser de ayuda en esto; Dios sabe que tengo una lista interminable de contactos. Solo avíseme.

El objetivo del arte, señorita Subramanium, radica en no satisfacer las expectativas. ¡Ajá! ¡Sí, ese es el objetivo! Me sorprendo incluso a mí misma con esta revelación. Así, Georgia, al no satisfacer las expectativas, es, de hecho, la mejor de su clase. El arte, y aquí incluyo la danza, la música, el cine y las belles lettres, es quizás la única actividad humana en la que no satisfacer las expectativas se corresponde con el éxito, no con el fracaso.

Y en una vida llena de desilusiones casi continuas, aunque intrascendentes, ante otros, ante nosotros mismos, en una vida llena de fracasos notables (conseguir una cita con Daryl Sawatsky para el baile de graduación del colegio secundario, ubicarse en el percentil más alto de la clase de estadística a pesar de estar demasiadas noches en vela estudiando a último momento y de tragar una cantidad de anfetas capaces de derribar un uro), esta habilidad de unos pocos para desafiar, para subvertir las expectativas nos da al resto de nosotros algo por lo que vivir; indirectamente, en tercera persona, por así decirlo.

Para ser sincera, debería decirle que su hábito de hacer autorreferencia al dirigirse a los niños se ha convertido en motivo de risa en nuestra casa. La señorita S. se está comenzando a enojar por el nivel de ruido en el aula. La señorita S. necesita que alguien vaya corriendo hasta la secretaría y le traiga unas aspirinas. La señorita S. necesita un minuto para terminar el mensaje de texto para su ex novio. “La señorita S. se parece a Dobby de Harry Potter”, dijo Georgia el otro día, y nos reímos juntas al imaginarla como el atormentado elfo doméstico, golpeándose la cabeza con una lámpara de escritorio luego de una u otra transgresión. De hecho, eso me hizo llorar de la risa. (Mi esposo salió en su defensa; sin duda los aretes con plumas y las remeras de algodón de rock pesado con aroma a pachulí todavía le revoloteaban por la cabeza).

Tal vez usted provenga de un hogar conflictivo, o incluso de un país conflictivo, si su apellido sirve de algún indicio. No está en mi esencia ser fisgona, pero su campaña por el orden me parece la manifestación de una necesidad obsesiva de ejercer un control total sobre su pequeño feudo. La palabra rigorista me viene a la mente. ¿Cómo podré saber, como madre, si un garabato inoportuno fuera de las líneas no desatará un episodio psicótico producto de un trastorno de estrés postraumático no diagnosticado, o que usted no sería capaz de aplicar formas de castigo medievales? ¿Cómo podré determinar que mi hija está a salvo en su clase, con sus reglas de comportamiento casi al estilo del dictador camboyano Pol Pot? ¿Qué sigue, señorita Subramanium, una pila de cráneos pulidos en el armario de los materiales?

¿Puedo tutearla y llamarla Shayana, señorita Subramanium? Señorita Subramaniun es, después de todo, casi un trabalenguas, y demasiado formal considerando que, técnicamente, tengo edad suficiente como para ser su madre. En cuanto a señorita S… bueno, difícilmente sea yo una de sus pequeñas cargas.

Hubo un tiempo, Shayana, en que usaba lo que para mi época sería el equivalente a tus atrapasueños y tus remeras rebeldes. Tenía aspiraciones. Me aturdía mi propio poder sexual: un simulacro de poder alimentado por las ilusiones de la juventud y por un tipo de belleza lánguida, pero una especie de poder al fin. Cada día traía consigo una nueva oportunidad para la aventura. ¿Imaginé en ese momento que pasaría gran parte de mis días, año tras año, en un pequeño cubículo de oficina frente a un monitor con una hoja de cálculo de Excel, la fotografía de una niña que sonríe sentada en un orinal como protector de pantalla y un saco de boxeo inflable en miniatura (un regalo navideño de mi amigo invisible de la oficina) con la figura existencialista de El grito de Munch sobre mi escritorio? Ni por un segundo. Yo iba a ser artista.

Tenía una ventaja sobre mis compañeros de estudio de la facultad de arte: podía ver las voces como colores y formas sin la ayuda de ningún psicotrópico. Siempre y cuando alguien estuviese hablando, yo tenía una paleta para trabajar. La monotonía nasal del Alto Canadá de mi profesor de dibujo con modelo vivo generaba la extraña urgencia de dibujar nalgas y pechos anoréxicos con manchas del color de la avena (podrás imaginar cuánto se molestó la modelo, que era bastante voluptuosa y de tez rosada, aunque los bocetos me valieron un reconocimiento instantáneo como iconoclasta). La risa ronca de fumador de mi compañera de cuarto me dio una serie de lienzos grandes con destellos de magma en rojos, naranjas y basalto. El sonido moteado de melancolía que producía mi casera estonia al hablar por teléfono con la hija, una pequeña joya umbría.

Las voces grabadas, las voces digitalizadas, las voces transmitidas de manera indirecta no tenían ningún efecto. Esta sinestesia funcionaba solo “en vivo”. Caminar por una calle llena de gente era una experiencia totalmente psicodélica. “Tu voz es un traje de baño roto”, le dije a un extraño que esperaba el autobús, un adolescente con granos en la cara cuya novia le hincó su pequeño codo puntiagudo en las costillas antes de que pudiera responder. “Su voz parece cemento fresco”, le dije a una camarera que recitaba el menú del día.

Estaba volando, así es como se sentía aquello. Hasta el día que me crucé con un hombre cuya voz no pude ver.

¿Alguna vez has tenido un amante diabólico, Shayana?

Olvídate de los chicos malos de la música o de los vampiros hermosos. Hablo del tipo de hombre que da vuelta sus platos sucios y, una vez que usó ambos lados, los desecha de una manera que es al mismo tiempo ceremonial y completamente despreocupada, y que te tiene total y absolutamente convencida de que esto es una “filosofía”. Un hombre que le agrega no una sino tres diéresis a su nombre para darle un efecto teutón devastador. Hablo de un carisma formidable y destructivo.

Disfrutó de la fama por un tiempo y luego cargó con la infamia. A mediados de los años 80, cuando el dinero fluía hacia los neoexpresionistas como fluye la sangre de una herida abierta en la cabeza. Basquiat. Fischl. Salle. Schnabel. Él era el líder no reconocido del movimiento Neo Geo, un ataque conjunto a los neoexpresionistas, a quienes consideraba unos Románticos incurables, y peligrosos. (O sea, un peligro para el arte). Es posible que hayas visto su nombre no hace mucho en algún lugar debido a un proceso judicial sin resolver, en Vanity Fair o en Interview (aunque, tratándose de periódicos, puede que te inclines más por Us y Hello! —cada loco con su tema, siempre digo—). Hay un grupo en Facebook, Mephisto’s Muses, dedicado a su memoria. (Dejo que juzgues por ti misma el grado de narcisismo colectivo que hay allí). ¿Solía esbozar una mueca cautivadora? Honestamente, no lo recuerdo.

Te voy a contar una historia, Shayana, y no te asustes si al principio no tiene sentido. Con las buenas historias raramente sucede.

 

Érase una vez una joven que se encontró con un hombre. No importa cómo se conocieron. En un momento estaba en las nubes, al momento siguiente caía a la tierra, pero no importaba. El hombre no era lo que se dice buen mozo o joven: tenía el cabello duro y apelmazado, la barriga suave, el aliento sulfúrico; los ojos tenían ranuras en lugar de pupilas, como los de una cabra. Pero cuando hablaba, todo lo que ella podía ver u oír era su voz. Podía sentir su voz, sabía que podía encontrarlo en cualquier lugar por medio de ecolocación. Era como si se hubiese convertido en un murciélago, un pequeño murciélago frugívoro lleno de carencias.

Él la llamaba por el nombre con frecuencia, y cada vez que lo hacía, era como si la estuviese clavando en una pizarra de corcho: cada vez que pronunciaba su nombre era como una reivindicación. ¿Por qué la deseaba así? Esto continuó durante un tiempo, esto de vivir ciega en una cueva con la sola compañía de esa voz, raramente aventurándose al exterior en forma humana.

Cerca del final de esa etapa de luna de miel, se encontraban en un sótano cualquiera luego de una larga noche de ir de discoteca en discoteca. ¡A él le gustaban tanto las discotecas! El calor corporal, los ritmos insistentes, los sentidos obliterados, el reconocimiento adulador por parte de criaturas sensuales. Se mostró molesto con la luz sobre la mesa de billar que le daba en los ojos. Desenrosca la bombilla, le dijo. Ella así lo hizo, directamente con las manos, casi sin reflejar dolor, mientras los espectadores contenían la respiración. Para este entonces él había adquirido el hábito de palmearle la cabeza cada vez que hacía algo que le agradaba, como si ella fuese un perro fiel. Él ya no le acariciaba el pelaje castaño claro; ella llevaba zapatos de cuero que ya no querían quedarse en la cueva. Él pasaba más y más tiempo con una mujer que tenía un lobo de la estepa en el lavadero. Ella advirtió, incluso entonces, que la dueña del lobo era el tipo de mujer que ella nunca podría ser.

Puedo concederte cualquier cosa que desees, le dijo la noche que ella se quemó los dedos. ¿Realmente lo dijo o solo lo dio a entender? ¿Será que había invocado a este, su demonio, como Teófilo o Fausto, o incluso como Robert Johnson en la encrucijada? Se había conformado con vivir ciega, comer ciruelas fermentadas, respirar profundo; el mundo se reducía a sombras breves que titilaban sobre las paredes húmedas de la cueva cuando él encendía su pipa de agua. ¿Qué más le quedaba por desear?

Ser artista o ser musa: eso era lo que la desgarraba por dentro. El hechizo que la envolvía le hizo creer que ser su musa sería la opción más gratificante. Y vivieron felices para siempre. O eso pareció, por un tiempo.

 

Como verás, artistas frustrados puede haber en todos lados, Shayana. Hay arte en la ira de Georgia, en el espíritu filisteo de mi esposo, tan cuidadosamente cultivado, incluso en tus remeras minúsculas con héroes de escenario incoherentes y símbolos satánicos falsos. Hay arte en cómo mi odontólogo lleva a cabo la limpieza de mis premolares (sí, él mismo hace las limpiezas). Y cuando me habla, usando solo términos estrictamente técnicos, mientras me sostiene el maxilar colapsado con su mano suave cubierta por un guante de nitrilo, es como si volviera a escuchar colores. (Creo que él podría ayudarte con tu sobremordida, de veras. Estoy dispuesta a hacer esto, a compartir. Avísame cuando quieras). Mi obra maestra sombría cuelga sobre el bidé, para el descontento de mi esposo, un recordatorio de cuánto se ha perdido y cuánto se ha ganado, y de la distancia casi incalculable que existe entre ambas cosas.

Déjame hacerte una pregunta, Shayana: ¿podemos decir honestamente que alguno de nosotros tiene los pies firmes sobre la tierra?

Atentamente,

Anne (la madre de Georgia)


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Zsuzsi Gartner

Zsuzsi Gartner es autora, periodista y editora; nació en Winnipeg y vive en Colombia Británica. Su colección de cuentos, Better Living Through Plastic Explosives, estuvo en la lista de finalistas del Scotiabank Giller Prize de 2011.

Sabrina Ferrero y Emilse Vargas Radboone

Sabrina Solange Ferrero es traductora pública en inglés por la Universidad Nacional de La Plata y se desempeña como colaboradora en el Proyecto de Investigación “Escrituras de minorías, heterogeneidad y traducción. Perspectivas y enfoques diversos”, del Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales, UNLP-CONICET. Emilse Vargas Radboone actualmente cursa el último año del Traductorado Público en Inglés en la Universidad Nacional de La Plata.