Isolettes

Neil Smith

Translated by: Mónica de la Colina

Original text: "Isolettes "


Artwork by Takao Tanabe, Nootka Sound, Late Afternoon, 1996 **

Isolettes

 

Tubo verde, tubo blanco, tubo gordo, tubo claro. Como una rima infantil de Dr. Seuss. Los tubos salen de los reyes magos robóticos que rodean la incubadora, reptan a través de huecos en la caja de plástico transparente y se entierran en la piel gris rosácea de la bebé. Un tubo sube por la fosa nasal izquierda. Un tubo baja por la garganta. Un tubo entra en un brazo no más ancho que un palo de paleta. Un tubo cava un túnel dentro de su pecho. La piel de su pecho es tan delgada. La madre de la bebé casi puede ver los pequeños órganos que están adentro, como se pueden ver los camarones por debajo del papel de arroz de un rollo primavera. La bebé no se mueve. No llora. Para la madre, la bebé, con sus ojos negro azulados, es un extraterrestre que se estrelló en este planeta. Escondida y mantenida con vida por agentes del gobierno mientras calculan qué riesgo puede generar esta pequeña visitante.

 

–¿Qué tipo de madre vas a ser? –preguntó Jacob. An y él estaban sentados uno junto al otro en un tapete trenzado, viendo una vela que parpadeaba en la mesita de café de An. –No voy a ser una de esas mamás que aburren al mundo con los retos y sufrimientos de la dentición –dijo An. Jacob no estaba de acuerdo: –Vas a ser como las mamás de los comerciales que se angustian decidiendo si deben comprar papel higiénico de dos o de tres hojas. –An levantó una taza azul de cerámica, como las que se usan para tomar espresso, de la mesita de café y se la dio a Jacob. –Sí, muy tradicional –le dijo–. Muy a la Norman Rockwell. –Jacob sonrió y se puso de pie, estirando sus largas piernas. Mientras estaba en el baño, An se levantó y colocó un CD de jazz en el estéreo. Luego, fue a su cuarto y se acostó en la cama. Jacob salió del baño antes de que terminara la primera canción. –Esta vez no te tardaste nada –dijo An. Jacob respondió que había estado practicando en casa. Le dio la taza de espresso y un beso en la frente. –No te amo –le dijo. –Yo también no te amo –respondió An. Después de que Jacob salió del departamento, An recolectó su semen con una jeringa. Se levantó la falda y se quitó la ropa interior. Luego se recostó en la cama, con dos almohadas acomodadas bajo el trasero. Era la primera vez que usaba las almohadas; la gravedad, razonó, podría ayudar.

 

Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales. También conocida como UCIN. Los doctores le dicen U de CIN, como si fuera una universidad. –Nuestro hijo está estudiando en la U de CIN –bromea Jacob con una enfermera que lo mira impasible. An ve la U de CIN como un criadero de bebés que huele a esa cosa que usan los dentistas para limpiar los dientes. Las incubadoras, una docena de acuarios, no están en líneas rectas, sino puestas aquí y allí, como arreglan los escritorios los profesores liberales. Los ventiladores zumban, los monitores parpadean, las alarmas suenan, un bebé hace un sonido como un pavo que gorgorea. Mientras tanto, los neonatólogos terminan sus rondas. Algunos derraman una sopa caliente de letras que forman acrónimos –RdP, DBP, PPCVR– en el regazo de An. Otros dicen, reposando una mano sobre su hombro: “Comprendemos qué estresante es esto para usted”. An quiere gritarles: “¡CINa tu madre!”. O mejor aún: “¡Váyanse a la CINada!”.

 

A los cuatro meses de embarazo, Jacob se mudó a un departamento en el piso superior del edificio de An. Le decía el depa de la depre porque, según An, los inquilinos anteriores, unos esposos enojones, eran también depresivos. Para exorcizar a los demonios que dejó la pareja, Jacob deambulaba entre las pilas de cajas de mudanza rociando un eliminador de olores con aroma a cítricos. –Por algo matrimonio rima con manicomio –dijo. An se preguntó si eso era un recordatorio, disimulado, de que ella y Jacob no eran una pareja, de que no eran unos sujetalibros que sostenían el libro de cuidado infantil de Dr. Spock. De cualquier forma, mudarse al edificio de An fue idea de Jacob. Aunque An estuvo de acuerdo. Cercanía sin intimidad: sonaba bien. En realidad no le interesaba vivir con Jacob o con cualquier otro hombre. La deprimían los hábitos de limpieza de los hombres, los cotonetes llenos de cerilla en el lavabo. Cuando era una joven ingenua, en sus veintes, compartió un estudio con un novio que tenía tanto buen humor, como un cachorrito, que a An le daban ganas de llevarlo en el coche a las afueras de la ciudad y dejarlo ahí. –Tal vez más matrimonios sobrevivirían por más tiempo si las parejas no vivieran juntas –le dijo a Jacob, que estaba desempacando un procesador de alimentos del tamaño de una sonda espacial–. Tal vez las parejas deberían comprar dos casas semi-independientes y vivir cada uno en una de ellas –añadió. Jacob soltó su risa de trompeta. –Por eso nunca te va bien en el amor, An –le dijo–. Eres demasiado semi-independiente.

 

Entre las semanas veintitrés y veinticuatro del embarazo de An, la placenta se empezó a separar de la pared del útero. Separada, semi-independiente, pensó An, cuando le dijo el doctor. Para entonces, estaba acostada bajo un reflector en la sala de emergencias del Hospital Royal Victoria. Las contracciones venían cada minuto. –¡Cuello uterino completamente borrado! –gritó la enfermera que antes le había inyectado unos antibióticos. El líquido amniótico tibio escurría por los muslos de An, y pronto se escuchó la voz del obstetra: –Puedo ver la corona –anunció, como si An fuera la misma Reina Victoria. Luego vino el deseo, enorme e irresistible, de pujar. Cuando el neonatólogo levantó a su hija recién nacida, An vio a la bebita agitar un brazo en el aire, como diciéndoles a todos que salieran del lugar, a los doctores, a las enfermeras, e incluso a su exhausta y aterrada madre.

 

Aunque An no quería un baby shower, Jacob le organizó uno de todas maneras. El tema, apropiadamente, fue el agua: la iban a inundar de regalos. El clima cooperó con una ligera llovizna. Primero, vieron la obra musical Los paraguas de Cherburgo, con la madre de An, Lise, como coprotagonista, interpretando a la dueña de una tienda de sombrillas en Normandía que se entrometía en la relación de su hija con un mecánico bondadoso. La hija quedó embarazada del mecánico, pero terminó casándose con un importador de diamantes a quien no amaba pero llegó a respetar. Durante los aplausos, Jacob susurró: –Sólo los franceses pueden hacer que una comédie musicale sea deprimente. –Tras bambalinas, Lise arrastró a An a su camerino y cerró la puerta. Su maquillaje teatral estaba tan cuarteado como un Rembrandt. Lise se sentó en el tocador, le quitó los pasadores al soufflé disfrazado de peluca que llevaba en la cabeza y le habló al reflejo de An sobre el tema de la obra. –No se trata sólo de pasión y amor verdadero, sino también de formas más sutiles de amor y devoción y apego –dijo en voz muy alta, como si aún estuviera en el escenario. –¿Quieres que me case con un importador de diamantes? –bromeó An. Lise le aventó la peluca. –Lo que quiero decir es que estoy tratando de entender. –An le agradeció a su madre el esfuerzo; un esfuerzo que sólo duró hasta que An abrió la puerta del vestidor. En el pasillo, Jacob hablaba con el mecánico, con su mano reposando en el muslo del actor. –Cuidado con ése –le gritó Lise al mecánico–. Se viene en cualquier cosa.

 

–¿Cómo se llama tu bebé, cariño? –le pregunta la mujer corpulenta. Tiene el cabello rizado con permanente y brazos rollizos. –Aún no he pensado en un nombre –murmura An. La mujer se sienta junto a An en la sala que está junto a la U de CIN. La silla cruje bajo su peso. Sheila dio a luz a un bebé de veintinueve semanas. –Queríamos llamar Alek a nuestro hijo –explica–, pero nació todo rosa y gimiendo y pequeñito como un canguro recién nacido, así que le pusimos Joey. –An ha visto el letrero pegado a la incubadora: HOLA A TODOS, ME LLAMO JOEY. Muchas de las incubadoras están personalizadas con letreros. Incluso es posible meter muñecos de peluche mediante una ventanilla en la incubadora, como cuando uno pone un cofre del tesoro en el fondo de un acuario. An le dice a Sheila que tiene miedo de ponerle nombre a su bebé, de que darle nombre sea de mala suerte. Está sorprendida consigo misma: por decir algo así (no es supersticiosa) y por haberle revelado algo a una extraña. Debe ser el cansancio, o demasiados chocolates con crema de cacahuate de la máquina de dulces. Sheila toma la mano de An y la aprieta. –No, no, no –insiste–. Darle nombre a tu bebé le dará ánimos para vivir. –Encima de la cabeza de Sheila hay un cartel con unos borreguitos. A la beee, a la baaa, los borreguitos a bailar. –¿Qué tal B? –dice An. –¡Be! –grita Sheila, y continúa–: Diminutivo de Beatriz. Como Beatrix Potter. ¡Nunca pasa nada malo en los libros de Beatrix Potter!

 

El nombre de An, de hecho, comenzó siendo Anne Brouillette-Kappelhoff, el apellido era la unión del franco-canadiense de su madre y el alemán de su padre. Cuando An estaba en la preparatoria, firmaba sus trabajos Anne B-K para domar su huraño nombre. Para cuando llegó a la universidad, también le había cortado dos letras a su nombre de pila. –A-N –deletreaba–. Como el artículo indefinido en inglés. –Era algo que llamaba la atención. Sugería que An era excéntrica, y eso era lo que ella quería cuando tenía veintiún años, pero parecía de catorce. Mientras sus amigas se vestían de negro, ella usaba vestidos floreados Laura Ashley, que complementaba con sus botas Doc Martens verdes de agujetas. En su clase de creación literaria presentó el cuento “Caramba, tu cabello huele sensacional”, sobre una vendedora de Avon enloquecida que ahogó a una ama de casa de los suburbios en una bañera con burbujas. A un chico de la clase, que usaba un collar de perro con púas y una camiseta polo con logo de cocodrilo, le gustó mucho el cuento. Era diferente, le dijo, de “la chatarra lírica, etérea y ñoña” que entregaban las otras chicas. El resto de las chicas empezaron a odiar al muchacho, cuyo nombre era Jacob.

 

Jacob le canta “Supercalifragilisticoespialidoso” a B porque dice que B y él son muy talentosos. Saluda a su hija de cuatro días de edad desde el otro lado del plástico. Ella es del largo de su antebrazo y pesa 520 gramos, más o menos el peso de los dos camotes que An compró la noche anterior para la cena. Cada día, B aumenta el peso de una moneda de un centavo. –Sacó tu frente arrugada –le dice Jacob a An, que está sentada en una silla de plástico moldeado junto a la incubadora, alisando la bata amarilla que usan todos los padres y jugando con el brazalete de plástico que dice MADRE 87308. Frente a ellos, Sheila está sentada con la bata abierta y la blusa levantada. Joey, que ahora tiene dos meses de edad, se acurruca contra su estómago, recibiendo así el contacto directo que está permitido para los bebés prematuros de más edad y que las enfermeras llaman “cuidado canguro”. Sheila está tarareando “You Are The Sunshine of My Life”, porque Stevie Wonder también fue prematuro. Jacob camina para allá. –Qué cejas tan frondosas tienes, pequeño Joe. Eres igualito a José Stalin. –Sheila le responde: –¿Estás diciéndole comunista a mi hijo? –Pronto tiene a Jacob sentado en la silla, con la camisa desabotonada y Joey presionado contra su pecho. –No eres un déspota comunista –le susurra Jacob al bebé, que no trae más ropa que un pañal–. Tú eres un pequeño cabeza de nabo. Un huevito tambaleante. –Sheila le dice a Jacob que su esposo carga a Joey con tanta comodidad como cargaría una bolsa de mano. –Pero usted, señor –le dice–, tiene talento natural. –An los escucha alabar las virtudes del cuidado canguro hasta que ya no puede más. Sale por la puerta de la U de CIN y entra al elevador y baja al lobby y sale por la puerta principal. Una mujer embarazada entra balanceándose. De cabeza pequeña y panza grande, es como un signo de interrogación inicial: ¿. Un sollozo solitario escapa de la garganta de An y la mujer la mira sobresaltada. An camina al estacionamiento de bicicletas y se sienta en una bicicleta morada de diez velocidades con asiento banana. No es suya, pero se parece a la que tenía cuando era niña. Es un día de primavera, soleado pero fresco. An respira lenta y profundamente por la nariz, como en la clase de yoga. Después de media hora, se siente casi serena. Sube de vuelta a la U de CIN, donde PADRE 87308 se ha convertido en actor shakespeariano. –B o no B –le declama a su hija.

 

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En el escenario había un stripper con un abrigo amarillo de bombero y botas de hule. El disfraz dificultaba el baile, pero él hacía su esfuerzo, deslizándose hacia atrás y hacia adelante al ritmo de una canción de rap con el coro: “A mí qué si tu edad mental es tres”. Catou, la amiga bibliotecaria de An, frunció el ceño y le preguntó: –¿Cómo pudiste acceder a esto? –Se refería a la Parte II del baby shower, que se llevaba a cabo en un club de strippers llamado “Wet. En el centro del escenario había una ducha de paredes transparentes donde el bombero, ahora desnudo, enjabonaba su cuerpo mientras lo rociaba el agua. Jacob había reservado un espacio junto al escenario. Ahí, ocupando dos mesas juntas, estaban ocho amistades de An, un par de colegas y algunos académicos de la universidad en la que Jacob daba clases de letras rusas. En medio de la mesa se apilaban los regalos para bebé: mordederas, pijamas con los pies integrados, un móvil de patitos. Jacob sostenía su regalo por encima de la cabeza: un payaso de juguete del tamaño de un muñeco de ventrílocuo con la nariz abultada y una corona de cabello del color del arcoíris. Se llamaba Mr. Pinkelton. Jacob apretó el estómago del muñeco y Mr. Pinkelton emitió una tos flemosa de fumador. –Sólo Jacob compraría un regalo que mataría del susto a un bebé –dijo An. Catou le contó a An que esa semana conoció a un payaso de verdad, un trabajador social que se disfraza como el payaso Bozo para leerles a los niños en la biblioteca. –Es soltero y le encantan los niños –dijo Catou–. Te lo puedo presentar. –Tengo seis meses de embarazo, por amor de Dios –contestó An. En el escenario, el stripper agitaba sus genitales como un payaso armando un perro salchicha con globos de fiesta.

 

En el pasado, cuando An accedía a las citas a ciegas de Catou, a menudo veía algo en los ojos de los hombres. No era pasión, sino más bien el deseo de sentir pasión. Sin embargo, ella nunca lograba sentir el mismo entusiasmo. Todo eso de las citas siempre le sonaba a actuación, como en esas téléromans histriónicas que protagonizaba su madre. Una vez Lise le presentó a un actor melodramático llamado André, con el que An salió por unos meses. Siempre la estaba molestando sobre el tiempo que pasaba sola. Durante la inauguración de una galería de arte, se puso histérico cuando la encontró en la calle de atrás acariciando a un gato callejero. –¿Te sientes Greta Garbo? –le gritó enfurecido. –Greta Escarbo –contestó An, porque había estado hurgando en la basura buscando sobras para darle de comer al gato. Cuando André y ella terminaron, An le dijo a Jacob que había perdido las esperanzas en las relaciones sentimentales. Jacob insistió en que realmente nunca las había tenido. La comparó con una fumadora que se había librado de la gran adicción de fumar dos cigarros al día.

 

En una de sus citas a ciegas, su pareja, un inmigrante coreano que aún no dominaba las frases hechas, le preguntó: –¿Cómo le ganas a la vida? –Al hablar con extraños, usualmente se rompe el hielo mencionando el trabajo. Así que con eso empieza An cuando finalmente se inclina sobre la incubadora y se presenta ante B. –Me llamo An y soy traductora –susurra. Le confiesa a B que siempre tuvo la esperanza de trabajar en algo creativo. –Dibujar, escribir, actuar: tengo un poco de talento –dice–. Pero a veces es mejor no tener talento. Así, ni siquiera intentas. Cuando tienes un poco de talento sigues adelante pase lo que pase y te decepcionas cuando no eres suficientemente buena. –Le explica a B que primero estudió Literatura Inglesa en la universidad. Pero los profesores eran tan ferozmente inteligentes, que la velocidad de sus mentes dejó rayones en su ego, así que mejor se cambió a traducción. Ahora trabaja de forma independiente desde su casa, escribiendo subtítulos para documentales de televisión, principalmente. En su trabajo, reduce las palabras de las personas y crea oraciones concisas para que quepan en la pantalla. –Pero, B, ¿quién soy yo para ponerles palabras en la boca –susurra–, si la mayor parte del tiempo, apenas comprendo lo que yo intento decir? –Del otro lado del cuarto, Sheila observa a An hablando con B y levanta su pulgar. Traducción: ¡por fin!

 

An no puede evitar sentir simpatía por Sheila. La mujer cría labradoodles, una mezcla de labrador y poodle, en una perrera de patio a la que llama Villa Doodle. Le enseña fotos de la perrera y de los perros a An y luego pega una foto de su bungalow en los suburbios en la incubadora de Joey, con la imagen volteando hacia el plástico. –Para que se sienta en casa –le dice a An. A su bebé flaco y marsupial le promete: –Algún día tendrás la panza cervecera de tu papá y mi gran trasero. –Hace sus rondas como los neonatólogos, visitando a los otros padres y haciendo preguntas. En el Salón de los Borregos (como lo llama An), se refiere a Jacob como el marido de An. Así que An tiene que explicar. Los ojos de Sheila se ven cada vez más redondos detrás de sus lentes de fondo de botella. Un padre que está sentado cerca, y que le dice “la esposa” a la madre de su hijo, murmura: –Eso no suena muy natural. –An está demasiado cansada para discutir, pero Sheila no. Se levanta y abre de golpe la puerta de la U de CIN, exponiendo la serie de máquinas que mantienen vivos a sus bebés. –¡Muéstrenme una sola cosa ahí dentro que sea natural!

 

El aire natural tiene 21% de oxígeno. Eso es lo que les dice el Dr. Amelios, el neonatólogo, a An y a Jacob. B reposa en su incubadora, con una diminuta gorra tejida ajustada a su cabeza para ayudarle a conservar el calor. El tubo transparente que baja por su garganta es el tubo de oxígeno. B sacude la cabeza hacia los lados como para liberarse. –Esta bebé es de tecnología de punta –dice el Dr. Amelios. Hasta el momento en que pone una mano sobre la máquina del ventilador, An piensa que se refiere a B. –Oscila muy rápido, así que causa poco daño a los pulmones –agrega el doctor. –¿Poco daño? –pregunta An. El doctor explica que el oxígeno es peligroso para los prematuros, ya que sus pulmones aún no están desarrollados. Demasiado oxígeno puede dilatar los vasos sanguíneos, separar las retinas. An dice, un poco impaciente: –Siempre he pensado que el oxígeno se sale con la suya muy fácilmente. Claro, le echamos la culpa de todo a los gases de invernadero, pero tal vez es el oxígeno el que nos está matando a todos. –El doctor Amelios la mira perplejo. Jacob la mira avergonzado. Por tercera vez en tres días, Jacob dice: –An, no es tu culpa. –Nunca creí que lo fuera –le responde bruscamente. Pero eso es una mentira. Meses antes, dijo la verdad cuando Jacob le preguntó por qué quería tener un bebé. Se sentía un poco a la deriva, le dijo. Criar un bebé le ayudaría a tener un ancla que la detuviera. Ahora siente que tiró el ancla por la borda sin amarrarla al barco.

 

A las veinticuatro semanas, un bebé recién nacido tiene 70% de posibilidad de sobrevivir. Hay 20% de probabilidad de que haya discapacidades graves. A las veintitrés semanas, la tasa de supervivencia cae a 40% y la de discapacidades salta a sesenta. An trata de memorizar estos números de la misma manera en la que estudiaba para sus exámenes de matemáticas. Se pregunta quién tiene más edad: ¿un bebé nacido a las veintitrés semanas que ha vivido dos semanas y media fuera del vientre o un bebé que nació hace tres días a las veinticinco semanas? Sentada en la silla de plástico, observa a una enfermera que esparce una plasta de Vaselina en la piel de un bebé para mantenerla humectada. Frente a An, le están poniendo un aparato respiratorio a Joey; parece que lo están preparando para ir a bucear. El aparato se llama PPCVR. ¿Qué significarán las letras? Concéntrate, se ordena a sí misma. Sólo resuelve este estúpido acrónimo y todo estará bien. Se siente mareada, con náuseas. Se agacha y cruza los brazos bajo sus rodillas, la posición que hay que tomar en un aterrizaje de emergencia. Su cabeza se siente tan pesada, su cráneo es un corral para bebés tapizado con las nuevas palabras que ha aprendido. Los bebés extremadamente prematuros son microprematuros. Las incubadoras se llaman isolettes. Luego está toda la letanía de palabras sobre las cosas que pueden salir mal: bradicardia, apnea, displasia broncopulmonar, diplegia espástica, traqueotomía, retinopatía del prematuro.

 

Jacob le trae un caffe latte de una cafetería cercana. Con las manos rodeando el vaso desechable caliente, murmura: –No quiero esto. –Jacob le responde que es descafeinado. –Todo este alboroto, los tubos, el oxígeno asesino –dice An–. No quiero nada de esto. –Jacob suspira, voltea hacia arriba y mira las luces fluorescentes, voltea hacia abajo y mira a B, quien lleva un antifaz sobre los ojos, como los que dan las aeromozas a sus pasajeros. –Se moriría sin ellos –murmura Jacob. –Si mi vientre la rechazó, tal vez así debía ser –dice An con calma, sin mirar a Jacob o a B, examinando la canela espolvoreada sobre su café. Siente la mirada fija de Jacob. –Estás cansada, An –le dice–, no es bueno tomar decisiones apresuradas cuando estás cansada. –Escúchenlo. Tan adulto, tan poco Jacob. ¿Qué haría si An desconectara las máquinas, sacara los tubos y dejara descansar a su bebé? Eutanasia. Cuando era niña, pensaba que la gente decía “Está en Asia”. Se imaginaba niñas chinas recién nacidas envueltas en cobijas y abandonadas a su muerte al borde de la montaña.

 

La madre de An está divirtiendo a las tropas. Así lo ve An. Lise está parada en medio de la U de CIN, rodeada por los otros padres. La reconocieron, claro. Deben pensar que tienen suerte de que esté ahí. En los años setenta, Lise era el Ratón Negro en el programa para niños Les souris dansent. Ese personaje se volvió su pesadilla más oscura porque, cuando cancelaron el programa, le fue muy difícil conseguir trabajo en programas para adultos. Lise les platica a los padres sobre el bebé que perdió cuando se acercaba a los cuarenta años. An, sus dos hermanas menores y sus padres iban en coche por Chicoutimi cuando su madre empezó a sangrar. –Después de perder al bebé, no podía dejar de llorar –dice Lise–. La enfermera empujó mi silla de vuelta a la sala de espera, vio a mis tres niñitas y dijo “¿Por qué tanto alboroto? ¿No te basta con tres hijas?”. –Los otros padres sacuden la cabeza y Sheila pone una mano en el brazo de Lise con compasión. An recuerda cuando su madre estaba  embarazada y sacudía cabezas de dientes de león en la cara de An diciendo: “Mami tenía un bebé y su cabeza salió volando”. An mira a su madre ahora, con los ojos húmedos y gozando de la atención. Fue una buena madre, piensa An, de verdad. Aunque a veces, cuando Lise jugaba con An y sus hermanas, disfrazándolas con pelucas y trajes de Caperucita o de Heidi, An tenía la inquietante sensación de que su madre estaba ensayando un papel.

 

La tacita azul de espresso, la que Jacob llenó al masturbarse, reposaba en la pared de concreto del balcón de An. Para entonces, An tenía dos meses de embarazo y vomitaba todas las mañanas en el fregadero. Jacob decidió que romper la taza les daría suerte. Había que aventarla para que se estrellara en el estacionamiento, diez pisos abajo. Estaban hablando sobre la paternidad y Jacob describió a sus propios padres, que vivían en el oeste. Su padre era un quejumbroso constante, con la costumbre de hacer berrinches. Cuando descubrió el botín de Barbies robadas de Jacob, las llevó al cobertizo y las decapitó. –Me acuerdo de cómo le gritaba para que al menos le perdonara la vida a la muñeca negra. Era única: era la Barbie Afro. –An mencionó a sus propios padres, cómo su padre y su madre seguían tan enamorados que aún tomaban baños de burbujas juntos, con velas aromáticas sobre el tanque del baño. –Su profundo amor creó expectativas que ninguno de tus novios podrá alcanzar –le dijo Jacob, bromeando. –Gracias, Dr. Fraude –contestó An y luego empujó la taza azul por el borde del balcón.

 

An le está contando a B sobre Jacob. Habla sobre su cinismo fingido, sobre cómo simula que rechaza las convenciones con su cabello pintado de negro azulado y con su lagartija tatuada en la cadera. Ha amenazado con echarle éxtasis al garrafón de agua de la sala. Tocar un poco de música trance en el sistema de sonido. ¡Un rave en la U de CIN! Los padres angustiados relajándose. Las mamás bailando con los ventiladores de sus hijos. –Pero la verdad, B, es que Jacob es más ingenuo que mis hermanas y mis amigas. En el camino para recoger la ropa en la lavandería, se enamora una o dos veces. –La poco convencional, admite An, es ella. –Yo no me enamoro, pero me pueden caer bien las personas. Es posible que alguien me caiga apasionadamente bien. –Mira la cara de B, deformada por el tubo de oxígeno atascado dentro de su boca. Se acuerda de Jacob bromeando con su madre, preguntando por qué el francés no distingue entre amar y agradar. Por qué aimer es suficiente. Lise le contestó que para los franceses, agradar es amar. –¿Tú que opinas, B? –le pregunta An a su bebé. Luego mete la mano por una de las ventanillas y toca el codo de B con su dedo índice.

 

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Cuando An abre la puerta principal de su departamento, todavía huele a marrón. Ése es el color con el que pintó su recámara dos semanas antes. En el pasillo de la entrada están las bolsas llenas de regalos que recibió en el baby shower la noche en la que empezaron sus contracciones. Mr. Pinkelton asoma su cara de payaso, maliciosa, desde una de las bolsas. El teléfono interrumpe su fantasía de aventar todas las bolsas por el ducto de basura. No contesta. Toda la semana ha estado hablando con amigos y familiares, repitiéndoles a todos el estribillo de la canción de Cole Porter: “Son cosas que pasan”. En el balcón, abre una botella de Cabernet Sauvignon y piensa que al menos ahora puede tomar. Mientras bebe, mira los invernaderos en el techo del edificio de agricultura de la Universidad de McGill, a unas cuadras. Tanto verde tan lejos del suelo es milagroso y reconfortante. En la torre de departamentos en contra esquina con su edificio, una mujer lleva una silla al balcón y se para sobre ella. Por un desconcertante momento, An cree que va a saltar, pero la mujer simplemente cuelga una maceta con hiedra.

 

An camina de vuelta al hospital. El sol abrasa su cabeza. Sigue secando el sudor de su frente al entrar a la Sala de los Borregos. Ahí, Sheila se levanta de su silla y se avienta con un salto hacia An, quien se siente arrastrada por la pesadez del cuerpo de la mujer, y por su calor; huele la grasa de su cuero cabelludo. Sheila empieza a sollozar, el sonido se parece a la tos llena de flemas de Mr. Pinkelton. An trata de frotar la espalda de Sheila y poner distancia al mismo tiempo. –¿Joey? –pregunta An.

 

Jacob está en un cuarto privado al final del pasillo de la U de CIN, en una silla de plástico, acurrucando a B con una pequeña colcha casera de cuadros verdes y amarillos. Sólo se ve la cara de B. An observa que, sin el tubo de oxígeno, la boca de la bebé tiene los mismos labios en forma de capullo que tiene Jacob, quien ahora está cantando. Suave, lentamente, como si su canción fuera una canción de cuna, cantando sobre el verbo más largo que nunca oyó. An lo eligió como el padre porque creyó que no se iba a encariñar. Pero ahí está, meciendo a su hija y cantándole. An se sienta a su lado, en una camilla. Pasa su mano sobre la colcha. El hospital se las regala a los padres como recuerdos: colchas y mechones de cabello y las huellas de los pies de sus bebés muertos. Se pregunta si, bajo la colcha, los pies de B están ya ennegrecidos con tinta. –¿Quieres cargarla? –dice Jacob. Pero An sólo toca la cabeza de B, ese punto suave en el que se puede sentir el latido del corazón de un bebé, pero donde ella no siente nada. Jacob continúa con su canción, ahora casi un susurro. An mira fijamente a B, acurrucada en los brazos de Jacob; recuerda a la bebé alejando a todos con su mano en la sala de partos. Después de un momento, dice: –No te amo. –An espera el acostumbrado “Yo también no te amo” de Jacob, pero cuando él voltea a verla, su cara está pálida: entendió lo que An realmente quería decir. –¿Por qué? –dice con una mirada llena de dolor y confusión. –Ah, pero me caía bien –dice An casi suplicando–. Me caía tan bien. –Jacob comienza a llorar. Sin sonido. Cuando termina, murmura: –Bueno, al menos es algo. –Y An, con los brazos alrededor del cuerpo, sosteniéndola, espera que sea verdad.

 

* Translated with the support of the Banff International Literary Translation Centre (BILTC) at The Banff Centre, Banff, Alberta, Canada.


** Tanabe, Takao. Nootka Sound, Late Afternoon, 1996, National Gallery of Canada - Galerie Nationale du Canada, Web. 4 November 2015

Neil Smith

Neil Smith is a Canadian fiction writer and translator. Bang Crunch, his first collection, was published in 2007; he published a novel, Boo, in 2015. Smith is a three-time nominee for the Journey Prize, and Bang Crunch was chosen for best book of the year by the Washington Post and the Globe and Mail. Neil Smith now lives in Montreal.

Neil Smith est un écrivain et traducteur canadien. Son premier recueil, Bang Crunch, paraît en 2007; il publie en 2015 un roman intitulé Boo. Nominé trois fois au Journey Prize, Smith a également vu son recueil Bang Crunch nommé meilleur livre de l’année par le Washington Post et le Globe and Mail. Il vit maintenant à Montréal. 

Mónica de la Colina

Mónica de la Colina estudió la Licenciatura en Letras Modernas Inglesas con especialidad en Traducción en la UNAM. En 2012, recibió una beca para participar en una residencia de un mes en el Centro Internacional de Traducción Literaria de Banff, en Canadá. Actualmente, trabaja como traductora independiente en la Ciudad de México.

Mónica de la Colina has a B.A. in English Literature, with a specialization in literary translation, from Universidad Nacional Autónoma de México. In 2012, she received a scholarship for a month-long residency at the Banff International Literary Translation Centre, in Canada. Currently, she lives in Mexico City, working as a freelance translator.