Eldorado

Raymond Bock

Traducido por: Julia Zaparart


Obra artística por Natalia I. Spoturno

Un fortín construido por hombres de tres estaciones no podría protegerlos de la cuarta. Una simple tela sostenida por estacas hubiera tenido el mismo éxito contra el viento, las heladas, la nieve, las enfermedades. Entre las piedras, el mortero se reduce a polvo y el aire sopla copos que se acumulan sobre los muros, al pie de los muertos. Los vivos, los que pueden, con los hombros cubiertos con mantas de tela para tres estaciones, deambulan de una litera a otra para contar los dientes que caen, rogándole a Dios, incluso los calvinistas, que haga surgir del río France-Prime una carabela de acero capaz de resquebrajar los hielos. Hermanos humanos que vivirán después de nosotros, tendrían que ver lo que queda de Frotté, La Brosse, Pierrot y los demás para comprender: aquí no hay nada para nosotros.

Las pobres muchachas ya no pueden más, resignadas al celo de los libertos que han vuelto a convertirse en bestias. Dos están embarazadas, de todo el mundo, podría decir, y las demás ya no tienen fuerzas para defenderse. Hubo otro asesinato, antes de ayer, no se puede saber quién ha sido el autor de la puñalada. Todos tienen la misma mirada. Esta noche, tres hombres más han perecido por ese mal atroz que desfigura, demacra, y pudre cuerpo y alma irrevocablemente. Roberval perdió su autoridad aunque intentó exacerbarla en el otoño, para espantar a sus colonos dispuestos al pecado, con el sacrificio ejemplar de Frotté, La Brosse, Pierrot y los demás. Los más sensatos, los más industriosos, quienes sabían hacer crecer el trigo, rellenar los techados y reparar las carretas, no podían dejar que Roberval nos descuidara de esa manera y los bendije por eso, cuanto desprecio. El virrey y su entorno cercano ya solo se protegen entre ellos. Tienen el fuego de los arcabuces y el hierro de las armaduras, ocupan el pabellón de abajo del acantilado para espiar las llegadas por el gran río. Sospecho que preparan su deserción. Pactan con los locales. Yo me quedo con los débiles y los locos; si aún queda algún alma para rescatar, estará entre ellos. Puesto que la muerte se deleita con nuestra indigencia moral y carnal, mi ministerio es indispensable entre ellos.

Por su parte, los hombres que habían levantado el fortín, se habían cansado de este país y habían huido llevando en sus calas piedras que esperaban fueran preciosas. En alguna parte del mar de las Tierras Nuevas, los habíamos cruzado. Frotté y Pierrot habían subido a uno de los navíos para ayudar con el abastecimiento de bacalao. Habían visto los barriles de roca y la mirada del capitán Cartier que se había negado a dar media vuelta a pesar de la intimación de Roberval, y había extendido el velamen hacia Francia en plena noche. Seguramente quería rivalizar para su único provecho con los galeones que se apretujan en los puertos ibéricos, que vuelven del Nuevo Mundo recargados de oro, de plata, de cobre, de loros multicolores y de subhombres con la nariz agujereada que tan bien armonizan con las tapicerías de los palacios. Escuchábamos sus historias hasta en los campos. Más de un granjero me había dicho que quería atravesar el océano y cosechar frutos dorados en los jardines de Eldorado. Roberval tiene el mismo apetito que Cartier, hoy sufrimos su desmesura.

No solo estaba furioso, como nos lo había anunciado solemnemente sobre el puente de su navío, ataviado con su parafernalia militar, de perder en Cartier a un aliado que había visto las mejores tierras para colonizar. Estaba indignado por tener que empezar de nuevo las habladurías con los bárbaros que conocían la ruta del Reino de Saguenay, donde, según dicen, el oro irrumpe a vuestro paso. Era su único deseo, La Brosse lo había escuchado quejarse al artificiero Thévin en otoño, cuando ya nos faltaba todo y el frío se acercaba. ¿Qué hacer con el oro cuando hay vidas en juego? No se come como el cuero de los cinturones. Mi única preocupación es recolectar la más grande cosecha de almas, incluso viciadas.

Los cofres del rey estaban vacíos, sembró cizaña. Llegamos mal que bien en verano con tocino, cidra, algo de ganado, dos centenas de colonos, con el mandato de hacer germinar en la maleza una nueva y floreciente región de Francia. Para comprar su libertad, treinta asesinos, ladrones y violadores habían aceptado dejar sus celdas húmedas de París, en las que respiraban la orina, los excrementos y la podredumbre de sus codetenidos gangrenados por las heridas de los grilletes, para venir a encerrarse a otra prisión en la que el aliento se congela y cae como baratijas a vuestros pies. Sin embargo, la idea de desembarcar aquí no nos disgustaba. El tiempo era bueno, el aire estaba saturado de aromas cuya procedencia desconocíamos, el sol nos acariciaba como en los campos de Morbihan. Los locales nos recibieron bien, el laúd de Jeannot se mezcló con los cantos y los tambores durante cuatro días, comimos mucho y escuchamos largos discursos en esa lengua curiosa cuyas melodías son mucho más ricas que las que repetimos en nuestras iglesias. Creí en la alegría de la vida sobre la tierra.

Me olvidaba del virrey. Sabíamos que Roberval era un déspota. Quienes lo ignoraban, lo advirtieron cuando abandonó a su sobrina en una isla minúscula en medio del mar de las Tierras Nuevas, con su dama de compañía y el marino del que se había prendado. Seguramente merecía mejor suerte, sobre todo ella, que había ayudado a financiar el viaje de su tío, reconocido guerrero, un fanfarrón con presencia en la corte, pero arruinado por el tren de vida de alto rango y del que escuchábamos hablar hasta en el campo. La muchacha y sus compañeros seguramente están congelados hoy, sus cuerpos de hielo ruedan en el oleaje y se cortan con las salientes de la roca. ¿Tuvo ella un final peor que el nuestro? Hay que ver lo que queda de Frotté, La Brosse, Pierrot y los demás para comprender. Este país entero es la tierra de Caín, los frondosos bosques y el suelo fértil no son más que un maquillaje del Diablo para atraernos a sus redes. Hermanos humanos, que sus corazones no se vuelvan insensibles a nosotros. Hicimos lo mejor que pudimos. Cuando la gracia toca, transforma hasta a los espíritus más corrompidos. Pero ella es circunspecta. Se economiza. Las mujeres de malas costumbres que enviaron aquí no tienen el hábito de mantener un hogar y se estableció una jerarquía entre los hombres según la gravedad de sus crímenes. Mis pobres amigos todavía están en la horca en el patio interno del fuerte, este cadalso que Roberval los obligó a construir con sus propias manos antes de colgarlos. Están ahí atados, cinco, seis, devorados y podridos hace tiempo ya, pero ahora petrificados por las heladas en horribles y retorcidas posturas. La cuerda de uno de ellos se rompió. Hace tanto frío que, del cuerpo que se estrelló en el piso, una pierna bastante picoteada ya por los buitres se desprendió bajo la rodilla. Se ve el talón negro que emerge de la nieve, junto al despojo que, boca abajo, tuerce de manera incongruente sus otros miembros hacia el cielo. Dios no escucha nada de la imploración. Sus huesos no se convierten ni en cenizas ni en polvo, sino en cristales de hielo. Parece negarles la paz en la muerte.

No fueron muertos por justicia. Al virrey poco le importa la justicia. En otoño, cuando la tierra apenas nos daba un pan que cocinar por día, las reservas se pudrían en los barriles bajo la lluvia y los locales nos hostigaban perpetuamente, en lugar de intentar sustentarnos de alguna manera, había enviado un navío a París para averiguar el valor de las piedras de Cartier y otro a descubrir un pasaje al Norte hacia las Indias rodeando los acantilados del Labrador. En el puerto solo quedaba el Marie, estábamos solos, reincidentes, prostitutas, hombres de oficio, marineros y yo, único capellán de la colonia, contra sus alabarderos y su pequeña corte. Había hecho encadenar y exiliar en un islote a un hambriento que había robado un dedal que no valía ni media libra tornesa. Había hecho azotar a dos mendigos y a una mujer que se peleaban por pequeñeces. Si hubiera querido encauzar la desconfianza de los justos y la hosquedad de los criminales habría hecho exactamente lo contrario.

Las hojas caían de los árboles, el viento anunciaba nuestros sufrimientos de hoy. La Brosse vino a hablarme, con Pierrot y Frotté, del plan que habían preparado con dos hombres cercanos a Roberval, Gallois y Jean de Nantes, para recuperar la colonia, que no sobreviviría a una gestión tan arbitraria y tiránica. Habían perdido mucho peso. Pierrot me explicaba sus frustraciones y tenía que detenerse para toser y escupir gargajos opacos. Los tres estaban agotados. Estábamos tan lejos de nuestro país, de los nuestros. Roberval se convertía en enemigo. Había que luchar para vivir. Primero me negué a apoyarlos, pero cuando el virrey firmó el perdón de un gentilhombre de su entorno cercano que había matado a un marino por una historia de cama, comprendí que el Señor tenía que pronunciarse en estos lugares corrompidos. ¿Por qué importar los vicios de Europa? —me dije. ¿No es este país virginal una trama donde el hombre purificado de sus pecados podrá empezar de nuevo? El destino de los buenos es reinar en algún lado. Nuestros libertos comulgaron en Jesucristo, y Canadá, por sus rigores, hará de ellos unos honestos y valientes servidores.

Hoy ya no creo en eso. Esta tierra está podrida por dentro.

Antes de que hayan podido siquiera intentar un golpe, el virrey los esperaba una mañana en el patio con su traje de combate, con sus oficiales armados y sus cortesanos con los jubones manchados de barro. Les leyó una declaración según la cual se los condenaba a muerte por ahorcamiento por haber urdido un motín, en cuanto construyeran el cadalso con sus propias manos. Mis exhortaciones resultaron inútiles. Estoy convencido de que Roberval no se había convertido al catolicismo para atraerse los favores del rey, como escuchábamos hasta en el campo. Me ordenó que me ocupara de los asuntos de los cielos mientras él tenía el poder sobre la tierra. Sin embargo, ¿no es el cielo el que hace caer sobre él, sobre nosotros, el frío que ahora agrieta el suelo y nos paraliza uno a uno?

El otoño se adelantó y la lluvia lavó los cuerpos que no pudimos descolgar para ofrecerles una sepultura decente. La tierra todavía estaba blanda y a solo una legua nuestra gente descubrió el cementerio donde Cartier enterró a sus muertos. Roberval nos impidió hacerlo, para que todos vivan con eso, encima de la cabeza, lo que les espera si se meten entre él y el oro del Nuevo Mundo. Pájaros de razas desconocidas socavaron los ojos de los torturados y descarnaron su barba y sus cejas. El viento los había arrastrado a gusto, pero como viene del río y sopla sin parar, al menos nos había salvado del olor. Las primeras noches de helada no tardaron en seguir la ejecución, y las primeras nieves. Una condena, que percibí en silencio como soberbia, lenta, silenciosa y terrible.

Comimos el ganado, pero la saciedad solo calmó a los hombres por dos semanas. A pesar del hambre que comenzaba a ahuecarnos el estómago y las mejillas, el virrey organizó nuevas expediciones en los ríos de los alrededores, con los locales que se habían vendido a su cuchillería y lo proveían abundantemente de carne y de remedios misteriosos. La cesura se hizo naturalmente: los buscadores de oro saludables en barricada en el pabellón de abajo, cerca del río grande; los demás, en el pabellón de arriba, deambulando de aquí para allá en los bosques adyacentes, atrapando liebres y peces los días de suerte, muy enfermos y con diarrea el resto del calendario.

Desde que los barriles de bacalao salado están vacíos, el mal atroz se expande. Perdemos nuestros dientes, las vísceras suben infectas a nuestra garganta, estamos congelados. Los más enfermos ya no tienen fuerzas y sus piernas están hinchadas, salpicadas de gotas de sangre púrpura, con los nervios ennegrecidos como el carbón. Y nosotros, en ningún momento estamos sentados, porque en cuanto nos quedamos inmóviles dejamos de sentir los pies, nos arrastramos de una litera a otra. Mi vida me parece una perpetua procesión, recibo la confesión caminando, administro la extremaunción como si diera apretones de manos. Los que todavía pueden, con su manta de tela para tres estaciones sobre los hombros, cortan árboles para alimentar la chimenea, que sin embargo se guarda todo para ella, y la linde del bosque retrocede a tal punto que se vuelve peligroso ir a buscar leña.

El invierno acabó con lo poco de humanidad que los arrepentidos habían recuperado. En crisis, Jeannot rompió su laúd con el pie y lanzó los pedazos al hogar. Las peleas estallan por raíces, carcasas de ratas y de pequeñas aves cuya putrefacción fue detenida por el congelamiento. Todos llevan con ellos objetos que encontraron, varas de metal, baratijas, herramientas de navegación del Marie. Los más valientes se los dan a los locales a cambio de pedazos de pescado congelado. Algunos se amenazan con ellos durante las reyertas. Otros, que todavía le atribuyen cierto valor a semejantes intercambios, los usan para pagarse una mujer. El único tesoro al que los colonos guardaron cierto respeto fue la mitad del último tonel de cidra. Le arrancaron las chapas y partieron el bloque en cubitos que chuparon cada uno en su rincón, en silencio, todos con la misma mirada, fieles prendidos a las ubres de Lilith. De un grupo de ociosos que habían huido a los bosques, solo uno volvió, para expirar en medio de sus alucinaciones esa misma noche. Pusimos su cuerpo junto a los de los demás, detrás del muro. Ya hay unos cuarenta. ¿Cómo vamos a hacer? El hambre, el mal, perturban nuestros pensamientos. Muchos me cuentan historias de aparecidos y de animales fantásticos que surgen de las sombras. Yo también pierdo la compostura, yo que tan bien conozco a mi rebaño e intento no perder la cabeza a pesar del estado extremo al que estamos reducidos. Esta mañana, no reconocí a uno de los hombres que se paseaba insuficientemente vestido con una joya de cobre en la mano; debió tratarse de una debilidad porque desapareció delante de mí. Hace instantes, en el bosque, una disputa degeneró y un marino terminó con una mano cortada de un hachazo. En qué mundo hemos encallado, no lo sé. La sangre, que enseguida brotó de su puño, se congelaba sobre la nieve aplastada. Todos los días rezo con los que aún tienen fe. Muchos sueñan con el calor del infierno. Se equivocan, tengo miedo. El infierno no es de llamas sino de hielo. Hasta que un milagro nos salve o que una última desgracia acabe con nosotros, rezamos, rezamos para que Dios nos conceda la absolución.


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Raymond Bock

Raymond Bock nació en Montreal en 1981. Su primera colección de cuentos, Avatismes, fue publicada en 2012 por la editorial Le Quartanier y recibió el Prix Adrienne-Choquette.

Julia Zaparart
María Julia Zaparart es traductora en lengua francesa y profesora en letras (Universidad Nacional de La Plata, Argentina). Ha realizado una maestría en Traducción Literaria en la Universidad de Vincennes-Saint-Denis (Paris 8, Francia). Se desempeña como docente de Traducción Literaria II (IESLV “Juan Ramón Fernández”) y Literatura francesa contemporánea en la Universidad Nacional de La Plata.