Ciudad de perros

Suzanne Myre

Traduzido por: Ana María Gentile


Obra de arte Natalia I. Spoturno

Parque Baldwin. Diez aficionados de taichí forman un bonito mosaico movedizo bajo los árboles centenarios. Se mueven al unísono, sin ningún ruido, apenas rozan el césped al desplazar los pies calzados con zapatos chinos. Contemplarlos obedece a un absoluto encanto, aunque ligeramente soporífero. No se entiende estrictamente nada, pero la distensión que gana al espectador parece tan poderosa como la del participante. Qué mejor entonces que quedarse en el banco, cosa que demanda menos esfuerzos.

Desde hace una semana, en lugar de ir al espacio para perros, Maryse pasea su perro salchicha, Hygrade, en las alamedas del parque. Ha atado en su cinturón una bolsita de lona que contiene a su vez varias bolsas destinadas a lo que nadie quiere hacer, pero que hay que hacer, no es cierto, si no quiere uno encontrarse con la caca hasta el cuello. Espía a los dueños de perros que creen poder desentenderse mirando hacia otro lado mientras el pichicho hace su popó. Se acerca a cada uno sutilmente, saca una bolsita y se la ofrece con una sonrisa inocente. No se le escapa nadie. 

Hygrade tira de su correa, tiene ganas de corretear libremente. Hace “¡guau, guau!” con su hermosa voz de perro salchicha para agradecer a Maryse cuando desata la correa. Semejante carita nunca molesta a nadie, sino que atrae simpatías, los “oh” y los “ah” y los “¡Qué lindo perrito!”, pero esta vez es al perro al que molestan. Mientras Maryse está ocupada coqueteando con el cócker Spaniel de Jacques, o más bien con el Jacques del cócker Spaniel, Hygrade, habitualmente tan pacífico, se lanza sobre un practicante de taichí y le muerde el tobillo, tobillo que sostenía el movimiento de “la grulla que toma vuelo”. El perrito es tenaz, muerde el pantalón de algodón negro, reconoce el gusto de esa tela recién lavada con perfume Tide de almendras peladas, el mismo jabón en polvo que su dueña usa para sus prendas interiores. Le gusta husmear en las prendas íntimas de Maryse, revolcarse en el encaje y el fino algodón. Mordisquear el algodón es su pequeña travesura.

Hygrade se encuentra de golpe suspendido en el aire; la grulla es fuerte y el vuelo sigue su curso a pesar del incidente. Desestabilizado, el hombre cae para atrás y aplasta a Hygrade bajo su poderoso trasero de karateka. El perro desaparece bajo el pantalón-paracaídas, gime un poquito y luego se calla. Se hace el muerto o lo está. Maryse se precipita hacia el grupo cuya uniformidad se quebró en diez pedazos contrariados por esta distracción, diez individuos que sin embargo se inclinan con curiosidad hacia Marc —es así como se hace llamar el asesino del kimono. Maryse se abre paso hacia el lugar del accidente con tal desesperación que los otros se separan en bloque. Es encantador de ver. Lo que ve Maryse no lo es menos: más allá de la salchicha en forma de perro que Marc le tiende tartamudeando: “No está muerto, está vivo, en fin, eso creo”, hay ojos de amor. Y pensar que desde el nacimiento de Hygrade, se caga de aburrimiento frecuentando parques para perros que apestan a mierda, con la esperanza de encontrar su alma gemela. Hygrade está un poco atontado, ligeramente despeinado, quizá tenga una o dos costillas rotas, una pata quebrada, quizá esté traumatizado de por vida, a punto tal que hará sus necesidades por toda la casa que ya no querrá dejar, pero a ella le da igual; gracias a él, ella por fin encontró a un hombre atractivo. 

 

***

Avenida del Mont-Royal. Sylvie hace las compras, muy temprano, antes de que los habitantes salgan de sus departamentos, todavía medio dormidos, con la campera mal puesta pero con estrategia, con los ojos hinchados por las consecuencias de la noche anterior, en busca del café que les lavará la cara de destruidos. Ubica la mercadería que figura en liquidación, desempleo obliga, y entra en las verdulerías interesantes, que abundan, crecen como hongos, pareciera que cada local súbitamente vacante encerrara una verdulería en germen bajo la alfombra, que solo espera la quiebra del dueño anterior para crecer. Es grande el misterio de las frutas y verduras en el barrio Plateau. 

Un perrito salchicha insignificante bloquea la entrada de Yoga-fruits. Ella lo empuja con la punta del pie y el perrito trata de morderla. No pero, ¿quién se cree que es esta morcillita engrupida? Ante la góndola de productos bio, un tipo vestido con una especie de pantalones negros bastante grandes como para hacer una carpa, acaricia sensualmente la nuca de una rubia excitada. Sus cabezas se unen mientras descifran la lista de ingredientes de un yogur. Él ríe al leer una palabra complicada, ella lo besuquea para felicitarlo, él le devuelve su besuqueo, y no terminan más. Sylvie detesta a ese tipo de gente que expresa su libido en público. Sin embargo, no puede evitar observarlos mientras elige unas manzanas. Su examen le confirma algo: el chico tiene una erección. El ancho pantalón con múltiples pliegues está estirado adelante por lo menos... muchos centímetros, evalúa Sylvie, y el tipo no tiene calzoncillo, es obvio. Ella toma un kilo de bananas y se dirige hacia la caja, asqueada.  A ella nunca podría pasarle eso. Al salir, empuja nuevamente al perro salchicha, convencida de que es pariente del tipo de adentro. No hay posibilidad de error, ambos tienen las mismas proporciones.

 

***

Segundo round. Sylvie decide tomar un café para reponerse de sus emociones. No todos los días se cruza uno con un pene erecto en un comercio destinado a otros fines. Deposita sus bolsas y se masajea los puños. Tiene la sensación de que sus brazos se le estiraron unos centímetros, que un día, de tanto transportar paquetes tan pesados, se encontrará con las manos a la altura de las rodillas, como un chimpancé. Pide una taza de café con leche, una medialuna de almendras y elige un asiento cerca de la ventana. Sabe que esas medialunas, que no puede dejar de comer a razón de una por día, contribuyen a la masa que se desarrolla poco a poco alrededor de su ombligo, pero bueno, es cuestión de elección: alimentarse (agradablemente) o morir (miserablemente). Está bien, las frutas y verduras, pero ninguna le llega a los tobillos a la panadería cuando se trata de colmar el vacío afectivo. No tuvo suerte, los amantes libidinosos necesitan también un café, para calmar sus ardores o encenderlos más. Se sientan muy cerca de ella. Por más que murmuren, ella escucha cada palabra.

— Siempre tienes una erección cuando no es el momento.

— Siempre es el momento.

— Salvo cuando estamos en la cama, aparentemente.

— Odio hacer el amor en la cama. Hygrade está siempre metido ahí, mirándonos con esos ojos de ternero degollado, es molesto. Se me baja.

— No hables así de Hygrade. Gracias a él nos conocimos. De hecho todavía renguea.

— Siempre le das mucha importancia a ese perro de mierda con nombre ridículo.

— Eh señor “tai-chistoso”, un poco de respeto.

— ¿Tu café está bueno?

— Le falta un poco de azúcar, ¿irías a buscarme?

Ah, así que se llama Hygrade. Sylvie está colmada de felicidad. Está feliz de no estar en pareja y de haber pateado al pequeño aborto. Muerde su medialuna y deja caer algunas migas al suelo. En la vereda, el perro la mira fijo con sus ojos tiernos, implorando. Tira al máximo de la correa atada a un parquímetro y se acerca a Sylvie, tiende su cuello por la puerta ventana hasta tocar su tobillo. Ella arranca un pedazo de medialuna y se lo da, esperando que tenga alergia a las nueces.

— ¡Eh, no hagas eso! No tolera los alimentos con harina y azúcar. Lo descomponen, vomita por todos lados.

—Lo siento. Es tan bonito. No le di nada, no te preocupes.

— Es bonito, ya sé. Es irresistible, todo el mundo lo dice, bueno, casi todo el mundo.

Mira como boba a su amigo que vuelve con un sobrecito de azúcar negra. Lo abre y vierte el contenido en la taza.

— ¿Qué haces? ¡Es demasiado! ¡Es intomable eso! ¡Ah! ¡Eres de no creer!

Sylvie se hunde en su café, se seca los labios y se levanta tomando sus bolsas con una sola mano. Al pasar delante del perro, abre la otra mano y deja caer un pedazo grande de medialuna. Es todavía agradable, a esa hora de la mañana, caminar en la ciudad. No hay demasiada gente, pero la suficiente como para vivir experiencias totalmente inusitadas, como el envenenamiento de un perro salchicha. Baja por la calle De Lorimier, gira en la calle Rachel y, al pasar por el puesto de panchos, reprime una risita.

 

***

La Caja Negra. El sábado a la noche es el momento más ingrato de la vida  cuando uno es soltero. La ciudad vibra por todos sus poros, ocupada por las parejas, que andan abrazadas por todos lados, en los restaurantes, en el cine, en las terrazas, imposible salir solo a un lugar público sin sentirse nobody, digno de piedad, reject. Con las manos en el agua de lavar los platos, Sylvie trata de consolarse volviendo a pensar en los dueños del engendro de perro salchicha, que tal vez murió en su vómito ahora. Recuerda los intercambios insípidos, inspirados por una familiaridad que, inevitablemente, genera desprecio. Una taza se le resbala de las manos, cae sobre un plato que golpea una copa. Sylvie arroja su trapo en la pileta llena de astillas de vidrio, toma su cartera y sale antes de que las paredes y la soledad la aplasten. Tiene que eyectarse de su mundo estéril y lleno de pretensiones de autosuficiencia. Le hace falta una película, la salida de emergencia por excelencia, la puerta de salida de un mundo chato y la entrada a otro, coloreado, atractivo. Recorre las calles animadas demostrando un humor alegre, simula la despreocupación recorriendo con una mirada falsamente interesada las vidrieras llenas de objetos inútiles. Hizo la prueba, con los objetos: no funciona.

En el videoclub, es recibida por un empleado cuyo mentón pronunciado le recuerda algo, ¿pero qué? Todo le recuerda algo, pero nunca sabe qué, es cansador. Su vida parece un vidrio agujereado, tiene la desagradable impresión de no poder extraer nada de lo que le pasa, como si el resultado de los acontecimientos, de las experiencias, de los encuentros, se le escapara sin llegar a ocupar un espacio positivo, a colmarla por un instante. Es como el momento fugaz que sigue a la visión de una película, justo antes de que el sentimiento que brinda se evapore completamente.

Ignora qué le daría placer esa noche. La cara de mentón prominente podría aconsejarla, tiene cara de cinéfilo total. Discute de manera agitada con un gentleman más bien seductor. Este último la mira de reojo con curiosidad, como si le pareciera bonita, o intrigante. Ella le devuelve la mirada, agrega una sonrisa y ejecuta una pantomima para indicarle al hombre que desea hablarle al empleado. Bien logrado. Él se acerca sin perder un segundo, con el mentón hacia delante como un timón. Aprovecha que ella no sabe lo que quiere para llevarla al fondo, donde están las películas de terror serie B. Para nada su tema. Attack of the killer hot dogs, Attack of the tai-chi killer, Attack of the Saturday Night singles killer. Ella relee los títulos dos veces, se trata seguramente de una broma. Excitado, él le propone otros videos, con portadas de criaturas absurdas, tentaculares, sanguinolentas. Gesticula, salta en el lugar, le encantan esas películas, las vio todas, las volvería a ver, seguramente va a ver de nuevo una de ellas, esta misma noche. Agradece al empleado, cuyo endiablado entusiasmo la incomoda, y abandona la idea de una película. Hojea un catálogo de fotos de estrellas de los años sesenta, se detiene en el extraño rostro de Anthony Perkins. ¡Qué cara predestinada! El señor se acerca a ella, con pasos sigilosos, como un gato, un tigre. ¡Qué flema! Parece recién salido de la revista de celebridades. Ella reprime un estremecimiento; el aire acondicionado, odia eso, sobre todo con ese corpiño blando y que le marca. Aprieta el libro contra su pecho.

— ¿Tendrías una película para proponerme? Tengo pocas ideas y mi amigo ahí está desconectado, vive en otro mundo.

— Me pareció.

— Entonces hago esto, pregunto a la gente, es interesante y a veces se tienen sorpresas agradables.

— Yo también tengo pocas ideas. Incluso no estoy segura de querer ver una película.

— ¿Por qué no vamos a tomar algo?

— Sí. ¿Por qué no?

Le faltaba eso a su vida. Imprevistamente, dejarse llevar. Finalmente, ¿de qué se queja? Su barrio desborda de posibilidades para los solteros. Basta con salir de su casa. Caminan un poco por la calle Saint-Denis, no encuentran un lugar que les guste, está repleto en todos lados y ruidoso, tanto adentro como en las terrazas. Él le propone ir a su departamento, no muy lejos de ahí, cerca del parque Jeanne-Mance. Hace calor, podrán instalarse en el balcón, mirar la gente pasear, luego volver al videoclub si tienen ganas.

Rápidamente, se siente ebria. ¿Qué había en esa bebida ácida que él le sirvió? La cabeza le da vueltas, no es desagradable, ella está siempre tan tensionada, tan en vigilia. Su ropa se confunde con la del hombre sobre el piso de su habitación, que solo tiene una cama. Él la voltea suavemente sobre el colchón y la da vueltas, con la cara sobre el acolchado mullido. Con una sola mano, él aprieta sus dos puños y con la otra... (es posible, ella hizo eso a la mañana, tomó dos bolsas con una sola mano y con la otra le dio un pedazo de medialuna al perro. ¿Qué se hizo ahora el perro? Un pedacito tan chiquito...)... con la otra mano aprieta una almohada contra su cabeza. Ella no ve la utilidad de resistirse; de todas maneras, sus miembros tomaron la consistencia de la guata, son blandos blandos blandos, casi inexistentes. Ella tiene la impresión de estar encerrada en una especie de caja oscura, donde comienza de pronto la proyección de su día en tecnicolor: el perro salchicha, la pareja excitada por el estudio del yogur, el pantalón negro deformado por la erección (justamente, el hombre la penetra, pero quizá solo se trata de su imaginación, porque ella no siente casi nada, todo es tan vago, aparte de las imágenes que se aceleran sobre el fondo negro), el café, la inocente medialuna asesina, los estallidos de vidrio en la pileta, las vidrieras desbordantes de cosas, la cara con mentón prominente que habla (¿de ella?) al señor, los videos serie B con títulos insólitos, Anthony Perkins...

Un clamor ahogado le llega de la ciudad, el rumor lejano y habitual de la ciudad. Pareciera que ella se evapora tranquilamente.   

Suzanne Myre

Oriunda de Montreal, Suzanne Myre es autora de cinco colecciones de cuentos y dos novelas, B.E.C. y Dans sa bule. Ha recibido el Grand Prix littéraire Radio-Canada y el prix Adrienne-Choquette. 

Ana María Gentile
Ana María Gentile, traductora, profesora de Traducción Literaria francés/español, investigadora en estudios de traducción en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina.