Un dado de madera de roble

Suzanne Jacob

Traduit par : María Leonor Sara


œuvre de Riopelle, Jean Paul*

Caía el día, un día de invierno, toda la nieve había caído, yacía caída, yacía en el suelo, los cristales se amontonaban unos con unos, otros con otros, caía el día tras la caída de la nieve, la nieve vacía y azul, el viento y la noche también cayeron uno tras otro.

A la mujer, el silencio de los animales la inquietaba. Quería dar media vuelta. Al hombre, el silencio de los animales lo tranquilizaba. No quería dar media vuelta. El hombre y la mujer se detuvieron en medio del camino para ponerse de acuerdo. “Vamos a llegar tarde al teatro, alegó la mujer. ─Ya te aseguré que este camino del bosque conduce directamente al teatro, tanto hacia un lado como hacia el otro”, contestó el hombre.

Eran una mujer y un hombre que habían cultivado el hábito de ponerse de acuerdo. Podía caer el día, la nieve, luego el viento, y finalmente la noche, el acuerdo entre la mujer y el hombre no caía. Cuando discrepaban sobre qué dirección tomar, recurrían a un dado de madera de roble que habían encontrado a orillas del río una mañana en su primer viaje por el río. Qué curioso ese dado que habían encontrado por azar, un dado que tenía seis lados pero una sola cara, la del tres, con dos ojos bien redondos y la boca que hacía “¡Oh!”. Se ganaba si el dado caía de cara al cielo, se perdía si el dado caía de cara a la tierra. Eran las reglas del juego que el hombre y la mujer habían determinado.

Eran una mujer y un hombre de teatro. Hablaban la misma lengua. A ella le pasaba que hablaba sola. Era un poco irritante para el hombre. Siempre es un poco irritante escuchar a una persona hablar sola. Uno se pregunta a qué desconocido, a qué ausente se dirige esta persona, esta persona que habla sola, con la mirada dirigida hacia una ventana, hacia un cielo, hacia una escalera, hacia el mar. Pero los actores deben repetir a menudo los textos como si fueran muchos en momentos en los que se encuentran solos. El hombre estaba convencido de que la mujer ensayaba para sí misma antiguos roles, donde los que le respondían en aquel entonces estaban hoy ausentes o desaparecidos.

Entonces, la noche había caído tras la nieve vacía y azul, tras el viento, tras el atardecer, a la mujer, el silencio de los animales la inquietaba, y al hombre, el silencio de los animales lo tranquilizaba. Tras haber hablado pisoteando la nieve del estrecho camino, decidieron recurrir al dado de madera de roble. Le tocaba tirarlo a la mujer. Apretó el dado en el puño cerrado. Hizo el gesto de tirarlo, pero la mano no se abrió. El puño quedó cerrado sobre el dado en el extremo  del brazo levantado, caída ya la noche. “No lo hice a propósito”, se excusó la mujer. Estaba sorprendida. La sorpresa la hizo reír. El hombre reaccionó  levantando la voz: “¿Qué estás haciendo? ¿Estás escribiendo el texto? No puedes escribir el texto, somos actores, somos intérpretes del texto, ¿lo olvidaste?”

Era una mujer que jamás  había olvidado nada, que no olvidaba nada. El hombre era igual. Su trabajo así lo exigía. Su trabajo les exigía ser fieles a la memoria de cada uno de los personajes a los que prestaban el aliento, la voz, la vida. “No, dijo la mujer inquieta llevando el puño cerrado contra el pecho, sabes bien que no escribo el texto. Simplemente mi mano se niega a abrirse y el dado se incrusta cada vez más dolorosamente en mi palma. ─Hiciste trampa, interrumpió el hombre, vamos, dame el dado.”

En el teatro, el texto exige a veces que los personajes se interrumpan unos a otros. En la vida, la vida misma interrumpe a veces, interrumpe en pleno aliento  para adueñarse del aliento que le quita a una mujer, a un hombre, en pleno día, en plena noche, en pleno camino en el bosque. A ese poder que tiene la vida de interrumpir, la historia lo llama muerte. A lo largo de los años, la mujer y el hombre, deseosos de no interpretar el rol de la muerte el uno para el otro, habían logrado no interrumpirse jamás. La mujer ofreció su puño cerrado a la mano extendida del hombre, pero el puño se mantuvo cerrado sobre el dado. “Tengo miedo, dijo la mujer, ayudándose del aliento que le quedaba, te lo ruego, si no encuentras sentido a lo que nos pasa, un sentido que pueda abrir mi mano sellada por el dado, encuentra al menos una plegaria que haga retroceder a la muerte que acaba de interrumpirme”. Una palidez extrema había invadido el rostro de la mujer, palidez de la que ni el hombre ni nadie hubiese podido tomar conciencia, ya que ese día había caído con la luz, con la nieve, con el atardecer, y en la noche, hasta el camino que conducía directamente al teatro parecía caer abruptamente al final de la mirada. “Bueno, ya basta, concedió el hombre riendo fuerte, media vuelta, tienes razón, los otros van a preocuparse”.

Era la noche después de la nieve, del viento, del día, del atardecer y el hombre se apresuraba por el camino a través del bosque. Hablaba en voz alta, hasta saltaba, luego gritaba sin mirar atrás: “¿Me sigues?” Pero la mujer seguía pisoteando la nieve a la espera de una plegaria, y era de esa plegaria, de la que el hombre se escapaba como un hombre que tiene miedo y que habla muy fuerte en el camino del bosque, como un hombre que lanza gritos para asustar la plegaria que surge del fondo de sí mismo, de una fuente prohibida, que de no ser tapada por los gritos, brotaría de su boca inmediatamente. Y el hombre se sublevaba, ah, debería haber previsto la irrupción de ese momento en el que la costumbre de esa mujer de hablar sola a un ausente, a un desaparecido, revelaría lo que descubría cuando se irritaba. ¡Ah, ella reclamaba una plegaria! ¡Ahora veía claramente de qué ausente, de qué desaparecido se trataba!

Durante ese tiempo, la mujer permanecía en el silencio de los animales que estaban escondidos a su alrededor, permanecía allí. Ahora, ella también caía, había llegado su hora, a cada uno le llega su hora, sobre la nieve pisoteada, bajo las estrellas tan lejanas y tan antiguas, lejos de las luces de la ciudad que se habían puesto en camino y que se dirigían hacia el rostro del hombre orientado hacia el teatro en el límite del bosque.

El hombre encontró la puerta de su camarín, maquilló su máscara, se puso el traje, subió al escenario. Cuando abrió la boca para decir la letra, lo primero que surgió fue la plegaria que creía haber frenado: “…como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. La sala estalló de risa. En el mismo instante, en el bosque, cuando la mujer caía en la nieve pisoteada y distinguía las estrellas tan lejanas y tan antiguas, la muerte abrió su mano. El dado se deslizó, rodó sobre la nieve pisoteada, rodó y dejó de rodar, de cara al cielo, su boca exhalaba un fino vaho.


*Riopelle, Jean Paul. Sur les traces, 1958, McMichael Canadian Art Collection, Kleinburg Ontario, MicMichael Canadian Art Collection, Web. 27 March 2015

Suzanne Jacob

Suzanne Jacob es música, compositora y autora de novelas, poesía, obras de teatro y obras críticas. Ha recibido numerosos premios por sus obras individuales y el Prix Athanase David por su obra completa.

María Leonor Sara
María Leonor Sara, traductora, profesora de lengua francesa. Investigadora en literaturas y culturas francófonas en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina.