Los delfines de Sainte-Marie

Sandra Sabatini

Translated by: Viviana Papa, Facundo Pallero, Magdalena Ratto & Luján Vitale

Original text: "The dolphins at Sainte-Marie "


Artwork by Franklin Carmichael, La Cloche Landscape, 1930-1935 *

Esperó los delfines todo el día. Caminó bajo el sol sobre gravilla compacta que se le metía entre los pies y las sandalias, las nuevas, cuyas tiras le ampollaban los costados de los dedos. Deambuló por el estúpido asentamiento, a través de los hogares comunales, la capilla, los patios deprimentes entre las construcciones donde el padre Jean de Brébeuf y el padre Gabriel Lalemant habían bautizado bebés y habían hablado con los hurones, cuyo nombre verdadero era wendat (pero ya nadie lo recordaba), acerca de Dios. A la guía rubia le encantaba decir Gitchi Manitou. Se lo hacía decir a todos juntos en voz alta. Les corregía la pronunciación. Tenía los dos botones superiores desprendidos y todos los muchachos a su lado comentaban cómo les gustaría un poco de ese gitchi manitou. Era muy desagradable.

Penny había tenido la certeza durante todo el día de que este lugar espantoso era solo el aperitivo de la frescura que salpicarían los delfines, las orcas y los leones marinos en su espectáculo extraordinario. Esperaba, se movía cuando se lo pedían y trataba de ser respetuosa, pero la estaba mareando.

Les había vendido barras de chocolate, naranjas horribles de Florida, masa para galletas y trozos de pollo congelados a todos los agobiados vecinos de su madre para poder ir al último viaje de fin de curso de la Escuela Primaria Sir John A. MacDonald. Les dijo a todos que iba a ir a Marineland. En las Cataratas del Niágara. Habría marsopas y delfines, y ella podía diferenciar unos de otros. Habría focas y leones marinos y les explicaba cuál era cuál mientras tomaba el dinero, buscaba el cambio y decía que les deseaba un buen día o buenas noches a todos. Era un lugar al que la pensión de su madre viuda nunca les permitiría ir, ni siquiera si su madre pudiera conducir y, de milagro, hubiesen comprado un coche. Iba a ir con la escuela. Todo lo que tenía que hacer era ahorrar unos dólares, por lo que había trabajado mucho: sus deberes de  matemática ahora eran perfectos. Había cortado cartulina cuidadosamente, había medido y doblado lengüetas  para pegar y hacer un dodecaedro blanco. Había coloreado las carátulas. Los trazos de los lápices de colores eran suaves y paralelos. Los rojos y azules pálidos y constantes anunciaban la verdadera  historia de los coureurs de bois, a quienes detestaba.

Pemmican. Su maestra había llevado la única receta que pudo conseguir y la había preparado para la clase. Seis hamburguesas de pemmican, hechas de carne picada seca, de vaca en lugar de búfalo, unidas con arándanos secos y grasa. La Srta. Maddocks les había hecho probar un poco a todos y Penny se había atragantado y había vomitado en el piso junto a su pupitre. Después de que se lavó la cara y se secó los ojos y la nariz, le dijeron que no hubiera llegado a ser una exploradora muy buena. Ella pensó que podría haber sido una exploradora grandiosa, solo que habría tenido que elegir su territorio con un poco más de cuidado, un lugar donde hubiese comida por todos lados y que no estuviese deshidratada, sino envuelta con hojas para tener un acceso rápido. Habría elegido Marineland, donde sabía que había puestos de helado, lugares para comer hamburguesas y vendedores de algodón de azúcar justo en los caminos entre las atracciones.

En este momento la estaban empujando como a punta de hacha, la estaban reclutando para asistir al Santuario de los Mártires Jesuitas. No tenía idea de cuán lejos estaba de Marineland. Suponía que quizás tardaría veinte minutos en autobús. Pero el tiempo corría.

Aquí está el cáliz, alto, pesado y gastado, que los padres jesuitas usaban para la sagrada comunión. Aquí está la cruz de madera torcida en la pared de madera. Aquí está el histórico altar cubierto con un manto rojo suntuoso, seis candeleros altos con largas velas inclinadas de cera de abeja histórica y genuina. No eran fabricadas sino hechas a mano de la manera tradicional. A Penny le dolía la parte de atrás de las rodillas. Cuando permanecía de pie mucho tiempo en el mismo lugar, las paredes comenzaban a girar y la respiración se le volvía corta y rápida. Una vez se lo dijo a su madre, quien le respondió que no se preocupara. Pero a Penny no le sorprendería morir joven.

Los jesuitas tenían una oficina, un hospital, ventanas que se trababan con clavijas que pasaban a través de un agujero. Colgaban sus vestiduras con vista a las casas comunales de los wendat, justo sobre una barra: históricos rastrillos jesuitas apoyados contra las paredes de madera. Esos jesuitas sí que eran ordenados.

Bajó la mirada para observar el folleto arrugado en su palma húmeda. «El encanto de Saint Marie entre los hurones yace en la misma tierra donde se encuentra».

Champlain estuvo aquí.

Los wendat estuvieron aquí primero: matriarcas, comerciantes, chamanes y agricultores. Los jesuitas llegaron con Champlain para educarlos.

¿Educarlos para qué? En el calor y el encierro de la habitación, a Penny le pareció que ya estaban muy bien educados. Era probable que, a su edad, un niño wendat supiera la distancia entre su aldea y Marineland, lo cual superaba el conocimiento de Penny. Permaneció quieta mientras la guía les enseñaba muestras de lo que habrían sido muchas de las cosas útiles que a su edad los niños hurones habrían sabido hacer con arcilla. La guía sujetó el palo de lacrosse y lo agitó un poco en el aire, mientras hablaba de la gran importancia del lacrosse para el pueblo hurón. Hizo que probaran hacer fuego con una piedra y que deslizaran los pies dentro de raquetas de nieve.

Todo era deprimente y gris. El sol petrificaba la madera desgastada y las cercas y las canoas volcadas, todas sus imperfecciones y su vejez cobraban un relieve marcado: muerte por doquier. Incluso el agua del canal de canoas parecía haberse dado por vencida, quieta y estancada mientras que la sangre hacía latir los labios de Penny y atravesaba la arteria de su cuello caliente. Penny pensaba que la estaban arreando hacia una lápida. Eso podría ser interesante. Pero se estiró sobre Marta, la apestosa, cuyos padres consideraban demasiado joven para que usara pendientes y desodorante, y leyó, no acerca de muertes brutales y deslumbrantes, sino acerca de la restauración minuciosa de la primera fuente de calor de los hurones, la cual representaba la primera mampostería que aún seguía en pie en Ontario. En algún momento entre 1630 y 1649, se construyeron con destreza al menos tres hogares de piedra en el ala norte del patio. Bueno.


En Navidad, la Srta. Maddocks hizo que la clase armara casitas de pan de jengibre para vender en la reunión. Llevó bolsas de pastillas de chocolate Smarties, caramelos de regaliz, tubos de glaseado de color para usar de morteros
cuadrados de pan de jengibre viejo que se doblaban cuando se presionaba demasiado fuerte para unir dos paredes. Camino al gimnasio, los padres tuvieron que someterse a  una carrera de baquetas de veintiséis casitas solemnes, chillonas y basculantes, antes de poder sentarse en sillas de madera contrachapada a escuchar al coro navideño cantar «O Holy Night» y «Kum Ba Ya». Los padres de los niños que iban a otros grados pasaron como una brisa pero los padres de sexto grado, del primero al último, se detuvieron y de buena gana (o no) le entregaron sus cinco dólares a la Srta. Maddocks, quien sonreía con labios rojo París y sangre que se le filtraba entre las grietas del herpes en la comisura de la boca.

La casita de Penny se había derrumbado, por lo que su hermanito incrustó un bombero Lego en el glaseado blanco y grumoso  al lado de la puerta principal rota. La alegre guirnalda de caramelos de regaliz se iba desenroscando al lado del muñeco de nieve hecho con hongos. Luego, su madre, respirando con dificultad por la caminata hacia el salón de actos y por los minutos que había pasado sin un cigarrillo, no pudo sino decir: «¿Solamente cinco dólares? Una ganga».

Con las casitas de jengibre y el concierto habían recaudado más de cien dólares para el viaje a Marineland. Habían estado el año entero juntado fondos para este viaje. Penny había visto los comerciales de Marineland en la tele. A todos les encanta este lugar. Agua y cielo azules. Todos limpios y sonrientes. El agua que salpica para todos lados sin que a nadie le moleste. Este lugar gris, todo seco y caluroso, debe ser una parada en el camino. Penny tenía calor, los pies le ardían. La madre le había puesto atún con mayonesa para el almuerzo. Moriría si lo comiese. Y, ¿dónde estaban los delfines?

Suficiente sobre el Padre Brébeuf. Y él era el afortunado.

Después del puré de papas con salsa de crema de maíz, después del picadillo y de la ensalada con vinagre, después de las galletas con leche, la madre de Penny volvía con lentitud al sofá, con las piernas despatarradas a causa de los enormes muslos blancos que se desparramaban y se extendían hacia las pantorrillas a la altura de la rodilla. Sentada era casi tan alta como parada. Su trasero chocaba contra los resortes ruidosos del sofá muchísimo antes que el resto de su cuerpo. A veces, cuando  la frazada le había cubierto el estómago y las piernas, dejaba que Penny se acurrucara detrás de sus rodillas, contra la cadera. Penny descansaba allí, quieta y silenciosa, escuchando el arrullo que resoplaba el pecho atareado de su madre al inhalar y exhalar.


A Brébeuf le dieron una cálida bienvenida los hurones. No pudo en verdad convencer a los adultos de que abandonasen sus ideas sobre el cielo, el cual consideraban un buen lugar para los franceses, pero creían que sería incómodo para un hurón que deseara pasar la eternidad cazando y pescando con sus ancestros. El cielo cristiano les parecía demasiado perezoso, aunque el mismo Brébeuf, robusto, apuesto y encantador, era un buen argumento a su favor. Lalemant, por el contrario, era escuálido, débil y estaba casi famélico en la misión. Si los hurones aceptaban o no el cielo cristiano pronto se volvió irrelevante. Cuando los iroqueses, cansados hasta el hartazgo de los hurones sumisos y de las sotanas negras que propagaban enfermedades y acarreaban muerte y angustia por doquier, atacaron la misión en Sainte-Marie, mataron o capturaron a muchos de los hurones y torturaron a los padres jesuitas.

Todos los chicos del viaje voltearon para mirar a la guía.

 

En Marineland hay un parque de ciervos. Cruzas las puertas y te encuentras directamente con ciervos de verdad que se te acercan para que los acaricies y les rasques el lomo y la cornamenta. Hay docenas, mansos y amigables. Penny nunca había visto un ciervo de verdad: ni en un campo, ni muerto en la carretera, ni siquiera en el zoológico. Hay bisontes y uapitíes Hay belugas y raras focas grises. Hay armoniosos leones marinos de California y delfines saltarines que pasan a través de aros y dan vueltas en el aire, tocan bocinas y hacen girar pelotas rojas y azules en el aire. Los había visto en comerciales con niños rubios riendo bajo las miradas de hombres y mujeres complacidos. Su madre nunca podría ir. No podría pasar por el molinete. Aunque tuviese todo ese dinero, no cabría. No podría ir a Marineland en pantuflas. Penny nunca pidió que la llevasen. En lugar de ello, en el invierno helado, había llamado a la puerta de la Sra. Moore y  había escuchado su charla de anciana acerca de sus sobrinas y sobrinos, de sus sobrinas nietas y sobrinos nietos, de la primera vez que alguien vio un televisor en el pueblo, de los viajes en avión  y de la radio que escuchaban cuando lanzaron las bombas en Japón. Penny no sabía qué bombas ni por qué alguien atacaría Japón. Le podría haber dicho a la Sra. Moore que Hitler era uno de los malos, pero no podría haber nombrado ni a Churchill ni a Franklin D. Roosevelt. Ni a Stalin o Hirohito. Y decididamente tampoco a William Lyon Mackenzie King. Finalmente (¡por fin!), la Sra. Moore le había dado dos dólares a cambio de una barra de chocolate, de los cuales cincuenta centavos estaban directamente destinados a financiar el viaje de Penny para ver los delfines, que, si bien no estarían en su hábitat natural, al menos estarían más cerca de lo que jamás hubiera podido esperar.  

Penny había faltado a dos ensayos del coro y ya no le permitían cantar, ni siquiera con los desafinados y silenciosos contraltos. Le había mentido a la Srta. Hepburn la segunda vez. Su madre necesitaba que fuera al banco al mediodía. Tenía que cobrar el cheque de indemnización por accidente laboral del cual vivían porque su padre había muerto en el trabajo, no sin antes haberla llamado monita porque le encantaban las bananas, no sin antes haberle cubierto la cara frente a los terribles monos voladores de El mago de Oz. La madre necesitaba que fuese. Estas fueron las cosas que Penny dijo, usando a su  padre muerto, a su madre gorda y su pobreza contra la maestra perfumada, presuntuosa y acicalada para salvarse de que la expulsasen del coro navideño, en el que todos los de sexto tenían que estar, solo porque estaban en sexto grado y tenían que recaudar dinero para el viaje de junio. No dijo que se había olvidado, que, como siempre, había ido a casa a almorzar sus dos emparedados de mantequilla de maní. Que una vez que atravesaba la puerta principal de vidrio de la casa y se sumergía en la neblina de humo azul que envolvía la cabeza de la madre y en el olor a café quemado de la cocina, la escuela ya no existía; se evaporaban la crueldad de la ropa bonita y los buenos modales de Jennifer y el horror de los chicos que corrían y la tiraban dándole patadas en los pies para que se diera un porrazo contra el hielo, de la terrible certeza de los juegos de saltar la soga de otras personas.


Los iroqueses atacaron la misión de Sainte-Marie como una estampida y capturaron a Brébeuf y a Lalemant, entre otros, cuyos nombres la guía no mencionó. Los arrastraron hasta Saint Ignace, la cual ya habían ocupado. Cuando llegaron allí, los iroqueses los estaban esperando con piedras y garrotes listos para golpear a los padres antes de atar a Brébeuf a la hoguera, la cual se dice que besó. Prendieron fuego bajo sus pies, le tajearon el cuerpo con cuchillos, le tiraron agua hirviendo sobre la cabeza como burla del bautismo y le decoraron el cuello con un collar de hojas de hacha de guerra al rojo vivo. Le metieron un hierro incandescente por la garganta y le desollaron la cabeza a jirones. Brébeuf permaneció inmutable y se informó que, mientras todavía podía hablar, dijo que Dios era el testigo de su sufrimiento y que pronto sería su recompensa suprema. Su tortura acabaría junto con su vida pero la de ellos continuaría por toda la eternidad. Obligaron a Lalemant a mirar durante cuatro horas mientras apaleaban y quemaban y cortaban a su hermano. El propio Brébeuf ni se encogió de dolor ni gritó. A causa de su coraje, lo mataron en un lapso relativamente breve y le arrancaron el corazón. Se dice que los guerreros iroqueses se pasaron el corazón de mano en mano para poder beber la sangre de un hombre tan valiente.

A Lalemant, débil y flaco, no le fue tan bien, y su tortura se prolongó durante casi diecisiete horas. No hay registros de que los guerreros iroqueses hayan bebido su sangre.

 

En su casa, Penny comía emparedados de pan blanco unidos con una capa gruesa de mantequilla de maní. Le rascaba el lomo al perro, comía sus sándwiches y veía dibujos animados hasta que miraba la hora (era demasiado tarde), y corría con el abrigo abierto y flameando al viento hacia el apestoso gimnasio donde la Srta. Hepburn le enseñaba al coro la armonía del «Huron Carol».

La segunda vez que llegó tarde mintió acerca del cheque y el banco y las necesidades de la madre. La Srta. Hepburn le pidió que se quedara después del ensayo.
─Penny, querida, has faltado a dos ensayos.

No había respuesta para eso. Sabía que no era querida.

─Tengo una tarea especial justo para ti.

Y Penny le creyó. Había una tarea que solo ella podía hacer. Se imaginó cantando un solo. Los coros de ángeles. Las estrellas que se atenuaban. Penny podía hacerlo. Podía hacerlo perfectamente.

─Me gustaría que te sentaras a mi lado en el banco del piano y que me pasaras las páginas de la partitura. ¿Lo harías? —La Srta. Hepburn, puro cuello de acordeón y ojos saltones, inclinada y sincera─. ¿Lo harías?

De todos modos, Penny tenía que ponerse la blusa blanca y la falda negra. Continuaba siendo miembro del coro. Iba a pasar las páginas de la partitura. No era un solo pero era muy importante. Una niña sin padre con una tarea importante que realizar, una tarea que mantendría la música viva. La madre había embutido sus dos anchos pies en unos zapatos de hombre y los llevó en taxi a lo largo del trayecto de cinco minutos a pie que las separaba de la escuela la noche del jueves del concierto. Con un golpe, había dejado sobre la mesa los cinco dólares para el conventillo de pan de jengibre y había ocupado dos asientos en el gimnasio. Y Penny se había sentado justo debajo de la luz brillante, atenta a las señas que la Srta. Hepburn hacía con la cabeza. Pasaba las páginas de la partitura sin el menor error.

Camino a Midland, Penny vació la bolsa de compras en la que había puesto su almuerzo esa mañana. Sostenía la bolsa estrujada en su mano caliente, lista para llevársela a la boca. Podría vomitar. Lo hacía bien. Vomitaba con discreción, en silencio, sin arcadas ni gemidos. Si esperas lo suficiente, con los labios apretados y respiras por la nariz, se acumula la fuerza necesaria. Con un movimiento fluido puedes acercar la boca abierta de la bolsa a tu rostro, separar los labios y dejar que salga lo que tenga que salir. Lo hacía bien, y el autobús traqueteaba sobre las carreteras tranquilas, y el viaje era largo y el miserable cielo azul en la ventanilla cuadrada era despiadado.

¿Cómo mantienen contentos a los delfines? ¿Cómo los sacan de leguas de mar abierto (la sal que brota y la brisa que sopla), para encerrarlos en piscinas con revoque azul, confinados a un espacio circular, con sal de mesa en el agua mantenida cuidadosamente al 3%. ¿Les importa a los delfines si los arenques están vivos o muertos cuando se los comen? ¿Al escuchar a los leones marinos tocar las bocinas y hacer malabares con pelotas, haciendo equilibrio sobre una aleta brillosa, se babean los delfines? ¿Se imaginan los huesos y los tendones crujiendo? Marineland parece un lugar tan feliz en todas las fotografías: todo es leones marinos y corderos, todo es harmonía y juegos. Los delfines nadan en parejas. Se elevan y se lanzan, son criaturas aéreas, vuelan a través de aros, hacen muecas y besan las mejillas de los niños afortunados y, en todo momento, sonríen y la gente sonríe también.

Penny sintió la madera áspera de la cerca del hogar comunal y la capilla. El polvo  que flotaba debajo de ella ahora le recubría la piel. Lo podía sentir en la lengua. La guía continuaba hablando y descontaba así minutos de la vida de Penny; seguía hablando para arrebatarle esos minutos. Estaba pensando en las palabras Midland, Marineland, todas las emes y eles y des que se confundían en sus oídos ansiosos, anhelando escaparse de un lugar y llegar al otro,  hasta que se sentó con náuseas. Nadie había dicho Marineland. Nunca nadie excepto ella había dicho esa palabra. Había recaudado dinero para un lugar con m-l-d, pero era el lugar equivocado. No iba a ir a Marineland. Midland. Midland. Sainte-Marie entre los hurones. Eso era todo. Te dejaba sin aliento. La garganta se le cerraba ante la dura marca de estupidez. De la desafortunada mezcla de letras y de los horribles resultados. Vio todo: sus propios ojos redondos a través de los vidrios biselados y los vecinos mirando los pisos de sus cocinas con la cabeza gacha antes de dirigirse por el recibidor hacia su puerta principal para escuchar el discurso de Penny sobre el viaje de sexto grado. Nadie había dicho nada. Nadie se percató de la incongruencia entre su fervor, su impaciencia incontenible por recaudar el dinero y subirse al autobús. La madre había firmado la autorización sin leerla.

Después del concierto, Penny se deslizó rápidamente hasta la parte de atrás del gimnasio, rosada y tibia, para preguntarle a la madre si le había gustado el espectáculo.

—Pensé que estabas en el coro. No pude verte.

—Estaba en el piano al lado de la maestra. Necesitaba que le pasara las páginas de la partitura.

—¡Ay, por el amor de Dios!

Cómo la había arrastrado Penny del hueco en el extremo del sofá —los resortes sin rebotar por tanto tiempo—, del espacio que contenía su grosor en expansión. Cómo, para variar, se había puesto ropa y zapatos y lápiz labial y se había presentado para enorgullecerse de esa desgraciada. ¿Y para esto? Penny oyó todo: los tonos y matices, la gradación completa de la decepción de su madre. Había venido, había comprado una casita de pan de jengibre y una entrada para el concierto para ella y otra para el hermano de Penny, y todo el dinero  le permitiría a Penny ir a ver a los delfines.

Sin embargo, no habría delfines para Penny. Solo el pobre padre Brébeuf, valiente y fuerte, cautivador y amable y tan muerto como su propio padre, como sea que haya sido.


* Artwork by Carmichael, Franklin. La Cloche Landscape, c. 1930-1935, National Gallery of Canada - Galerie Nationale du Canada. Web. 7 novembre 2015

Sandra Sabatini

Sandra Sabatini is a Canadian writer born in Guelph, Ontario. She has a PhD in English Literature fromt the University of Waterloo and currently teaches at the University of Guelph. The Dolphins at Sainte-Marie is her second collection of short stories.

 

Sandra Sabatini est une écrivaine canadienne née à Guelph, en Ontario. Elle détient un doctorat en Littérature anglaise de l’Université de Waterloo et travaille comme professeure à l’Université de Guelph. The Dolphins at Sainte-Marie est son deuxième recueil de nouvelles.

Viviana Papa, Facundo Pallero, Magdalena Ratto & Luján Vitale

Viviana Papa y Facundo Pallero son traductores públicos nacionales en lengua inglesa por Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Magdalena Ratto y Luján Vitale son estudiantes avanzados del Traductorado Público Nacional en Lengua Inglesa en la misma Universidad.

 

Viviana Papa and Facundo Pallero hold degrees in Translation (English/Spanish) from Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Magdalena Ratto and Luján Vitale are advanced students of Translation at Universidad Nacional de La Plata.