Chinook

Mélanie Vincelette

Translated by: María Eugenia Ghirimoldi

Original text: "Chinook "


Artwork by Lawren S. Harris, Decorative Landscape, 1917 *

 

Un día de primavera adelantada, Simon me contó que en 1648, en el arrebato de la conquista del cacao, el obispo de Chiapas, que había tenido varias relaciones ilegítimas, había muerto envenenado a manos de una de sus concubinas. En una taza de chocolate caliente había deslizado un líquido casi inodoro pero muy amargo. En la confusión de sus últimas palabras aturdidas, él le había sugerido, con una voz grave y débil a la vez, que aumentara la dosis de azúcar para atenuar la amargura del veneno. Para su próxima víctima.

Esa noche, la puerta del bodegón se abre por primera vez en mucho tiempo y el Chinook llega para barrer de todos los rincones de la habitación los recuerdos que el invierno tomó de rehenes. Y yo, con un lápiz negro en la oreja, hago el inventario de las botellas de agua mineral. El dueño, sentado al final del mostrador, el teléfono en la mano, chasquea los dedos para que le alcance una medida de Fine Napoléon. Parece contrariado. Nunca sé a quién le habla. Cuando habla con su madre, le dice Dulce. Cuando habla con su amante, le dice Dulce. Dulce, sabes lo que quiero decir… Y a veces, cuando habla con su mujer por teléfono, sobre su divorcio, también le dice Dulce, pero lo dice de otra manera, en las demás ocasiones, adopta otro tono, una voz rasposa, llena de odio. Cuando vierto el líquido ambarino en su vaso de agua, me gustaría agregarle una gota de cianuro.

El dueño nació en Salon-de-Provence. Le gusta hacer las compras en la pescadería judía donde uno encuentra todo lo que es extraño. Cada vez que me lleva para que lo ayude a transportar las bolsas, me tengo que apretar la nariz o retener la respiración cuando quiero hacerme la educada. Esa mañana, me puse azul frente a un salmón del Pacífico. Observo inquieta las alas de los peces voladores, las espinas rosadas de los erizos de mar y el costado destripado de un pez sierra que preside el centro del hielo molido. El pescadero, con gorro blanco, trocea las rayas con la habilidad del pescador de sardinas mientras que el dueño deja deslizar su mano grande y velluda sobre mi cuello. Solo en lo del pescadero el dueño se atreve a tocarme en público. En el bodegón, lo hace siempre entre las dos puertas vaivén, en la heladera grande donde cuelgan las reses, o al cierre, una vez disipado el rumor de los clientes. Y yo, me dejo llevar. Porque hay que vivir. Y me gusta mi trabajo.

Al dueño también le gusta hablar del pasado. Camino al bodegón, las manos cargadas de bolsas llenas de animales acuáticos, me habla de la casa de su niñez ubicada al borde de la ruta. Casi enfrente, está el cementerio donde está enterrado Nostradamus. Su hermana era la reina de belleza del lugar. Su cuñada se transformó en la vendedora de flores del cementerio. Su hermano es dueño del chiquero más grande de Francia. Su padrino y su madrina, que eran carniceros, lo llevaban al Parque de Diversiones una vez por mes y le daban un Saint-Raphaël por debajo del mostrador. Su tía Lucienne, la hermana del carbonero, nunca tenía más de dos pesos en el bolsillo pero le compraba siempre un Carambar cuando lo venía a visitar. Los vecinos de la izquierda se llamaban Grosvalet, a la derecha estaban los Lechat, debajo los Guérin, el padre era comandante de a bordo y tenía dos hijas rubias codiciadas por todo el vecindario. El dueño del edificio, bajo confusas presiones de la  mujer, creía en la astrología china. En el verano, los padres lo llevaban en autobús a la costa normanda. Pescaban peces de nombres compuestos y descansaban sobre los cantos rodados. Era su vida, resumida, luego de tres Fine Napoléon.

Hoy me dice que siente el desarraigo y entonces, prepara su mesa de anfitrión. Sobre una pizarra escribo con tiza el menú del día. Cassoulet tolosano, parrillada de pescado a la camargueña, puercoespín y filete de ternera con chalotes. El puercoespín, es,  sin dudas, para los turistas.

Y yo pienso en Simon que siempre tarda en venir. Simon que se sienta en mi barra todos los viernes a la noche pero que cada vez que nos despedimos nunca me dice “Hasta el próximo viernes”. No dice nada, pero de repente, está allí. Y creo que es solo por mí. Me cuesta creer que sea fanático de la cazuela. Pero aun así, por momentos, no me siento tan segura. Tengo ganas a veces de hablar de ese espacio impreciso que nos separa. De ese deseo que trepa colosal. Tengo ganas a veces de escucharlo hablar de la mujer. De escuchar hablar de sus peleas nocturnas. Del descontento. Pero solo me habla de su hijo a quien adora. De sus veladas en el club de degustación de vinos caros. Y de su perro que apoya el hocico en el reborde de su cama cuando mira las noticias. Su perro que apoya su baboso hocico sobre su edredón de plumas de ganso y que lo mira con ojos piadosos. Mirada que me esfuerzo por no tener nunca. Y yo, juego a hacerme la desinteresada. Cuando Simon está allí, me hago la sexy con los demás. Revuelvo el balde de hielo. Corto los limones a tal velocidad que me corto el anular y tengo que chuparme la sangre para que no gotee sobre los sobres de sacarina rosas y azules. A veces él me dice: “Te extrañé”. Y no sé qué responderle.

Son las siete y el salón parece un juego de ajedrez. Las mozas, vestidas de negro, lavan las copas de tallo largo con grandes lienzos blancos, de pie sobre el piso de baldosas encerado. Bromean, chismean acerca de los clientes y a veces tengo la impresión de que hablan de mí, cuando no las miro. Sara, mientras saca brillo a los cubiertos, parece decir que se fue el viernes pasado con uno de esos actores estadounidenses de paso en la ciudad. Aquellos que obligamos a firmar con fibra indeleble en un plato blanco para que el dueño lo exponga como un trofeo en la vitrina de atrás. Tratamos de tirarle de la lengua. Son siempre las mismas las que tienen suerte.

Me ocupo de mis quehaceres, respondo a los chasquidos de los dedos del dueño. Falta Perrier. Corro rápido a comprar a lo de Majdid, el almacenero de la esquina y, de paso, me consigo un chocolate que trago sin masticar en el camino de regreso. Un turista estadounidense quiere un cigarro cubano, me precipito nuevamente en el aire renovado de la tardecita y compro un cigarro argentino que hago pasar por un cigarro enrollado de manos de una mamá habanera. Ser. Parecer. Sobornar.

En el almacén, en fila detrás de un anciano que va a comprar un boleto para la lotería, me quedo pataleando. Tengo miedo de perderme la gran entrada de Simon. De no sentir el viento debajo de mi delantal cuando abre la puerta. Impregnado de él. Seguro. Saludando a la gente a su paso como un pequeño pachá hindú. Pero mientras espero, está el dueño que roza el ruedo de mi pollera con su mano de papel de lija justo allí donde comienzan las medias. Me pregunta si esta noche, luego del trabajo, podría ayudarlo con el inventario de la cocina.

Me rescata uno de los amigos de Simon, un falso artista que está sentado en la barra y que agita un ala de pato confitado en mi dirección. Me recita su último poema ya que en la mesa que está detrás de él hay un editor. Me saca las ganas. Un artista que paga la tarifa más cara para hacerse ver en público. Y yo, solo tengo ganas de escuchar hablar de la mujer de Simon. De saber cómo y porqué ella es irremplazable. ¿Por qué no atraviesa el mostrador para venir conmigo? Son preguntas prohibidas para mí. Preguntas que deben ser calladas. Siguiendo los ritmos en sordina de la música árabe ante la cual no puedo dejar de mover las caderas y los hombros, destapo aguas minerales, ensartándoles una rodaja de limón delante de la hilera de clientes que están en el mostrador. En los ritmos insolubles que me hacen olvidar, el bodegón es como una iglesia protectora. Allí, donde surge mi única fuerza. Allí, donde soy dueña. Dueña de los elixires, servidora de las servilletas de mesa de papel. Distribuidora de pepinillos y otros antojitos. Distribuidora de encendedores. La que enciende los cigarrillos. Celosa de la vida verdadera. Frente a aquellos que desean otra con la nariz en el fondo de su vaso de scotch.

Y cerca de las diez, Simon entra en el bodegón con el aliento tardío de la primavera recién nacida. Llega tarde y estira el cuello para ver si estoy allí. Su pelo vuela al viento y, con el corazón en la garganta, hago como si no lo hubiese visto. Pero tengo ganas de decirle que vayamos a buscar su auto último modelo, de que me lleve lo más rápido posible a un motel de cucarachas al borde de la ruta y hacer lo que  tiene que hacer. Un motel tan lleno de cucarachas que sonaría como una maraca si se lo sacudiera. Bebería champán falso  servido en un balde de cartón. Pasaría la velada en la bañera en forma de corazón, la espuma hasta el cuello. Y allí, terminaría.

Pero hago como si estuviese ocupada. Lo ignoro. Olvido que existe. Por miedo. Me doy vuelta hacia Xing quien parece no tener ganas de hablar esta noche. El padre de Xing es un criador de gusanos de seda jubilado que vive en el límite de la provincia de Kunminh. A Xing le gusta beber whisky con hielo y con una cereza al marrasquino. También le gusta verme tomar una cereza del cabo y envolverla con los labios. Me pregunto a veces porqué hago esas tonterías. Llego a la conclusión de que es por las propinas.

Una vez servido con prisa, Simon hace revolotear los hielos de su copa. Finge mirar las lindas jovencitas que entran. Se levanta demasiado a menudo para ir al baño. Cada vez que lo miro, no tengo nada para decirle. Tengo demasiado para decirle. Me gustaría estar encerrada en una torre de marfil junto a él como contramaestre. Que construya una casa de sueño para nosotros. Vitrinas, frescos modernos pintados por sus amigos. Y yo, bien en el centro. Las comodidades y el dinero que él gana.

Pero el dinero lo barro del mostrador con el revés de la mano para que las monedas caigan en lo más recóndito de mi delantal blanco. A mi alrededor hay: diamantes de Sierra Leona, visones negros, silicona y medias rejilla. Y lo único que hago es enamorarme de él. Quiero ser su mujer para tener los beneficios marginales a pedir de boca. Quiero comer los morrones asados que él prepara minuciosamente el sábado a la tarde para su hijo. Quiero ser la que está allí. Quiero que me atraquen de morrones asados y luego correr hacia una de mis compañeras para mostrarle el anillo de diamantes que me puso en el dedo.

Para comenzar la conversación, decide contarme que fue a ver una jaula de mariposas exóticas en el Jardín botánico el fin de semana pasado. Sé que estaba allí con la mujer, el hijo y el perro. Me hubiese gustado estar allí. Estar allí, entre dos petunias, una mariposa brasilera en mi hombro derecho. En silencio. Observando sus rituales amorosos. Dejamos de hablar. El compañero de Simon que pretende ser poeta viene a interrumpir nuestra conversación.

Mathieu, el joven cocinero, acaba de preparar dos platos de profiteroles que fueron rechazados por la mesa número 10 porque estaban demasiado dorados. Aún están calientes y me invita a comerlos. Nos chocamos los hombros, sentados en la barra, y me habla de sus cursos en el instituto culinario. Los profesores que lo intimidan con su acento francés. Las compañeras. Mathieu es muy joven. Lleno de utopías. De esperanza. Un futuro Simon.

 

El dueño tiene malas costumbres para facturar. Con caries hasta la médula. Tuteador famoso. Me paga un salario inferior al mínimo. Pero su arroz a la Valenciana es tan rico y, a veces, cuando realmente hay muchos clientes, me pasa dinero por debajo de la mesa. Al inclinarse para tomar su botella de Fine Napoléon acerca sutilmente la cadera contra mi costado. Me sirve un Limoncello, me hace estremecer tan intensamente que se me escapa la botella de un color amarillo vivo sobre las baldosas blancas y negras. Silencio. Todas las miradas apuntan hacia mí. Oigo aplausos. Todos me ven. Las mozas miran directo a mí, chismorrean y susurran mientras se tapan la boca con el hueco de las manos. Me largué a llorar y corrí al baño del subsuelo. Bajé rodando las escaleras y me desmoroné sobre el teléfono público entre los afiches de diferentes representaciones teatrales y rostros de autores conocidos y desconocidos. El dueño enternecido por mis lágrimas bajó a buscarme y me tomó de la cintura, dibujó con su índice una V en el escote de mi blusa y me dijo:

—Dulce, no hay de qué preocuparse. Solo es una botella más de Limoncello.

Y me dejo besar dentro del dolor y del riesgo, pegada a la pared, su lengua en mi garganta, su cuerpo que aplasta el mío, sus manos que entran en mi pollera por el costado. Abro los ojos y veo a Simon, gira sobre sus talones y vuelve a subir las escaleras de dos en dos, toma su abrigo del perchero que vacila sobre una pata, y sale del bodegón raudo como el viento. 


* Artwork by Lawren S. Harris. Decorative Landscape, 1917, National Gallery of Canada - Galerie Nationale du Canada. Web. 7 novembre 2015

Mélanie Vincelette

Mélanie Vincelette est une romancière canadienne née à Montréal, au Québec. Elle reçoit de nombreux prix et distinctions pour son œuvre littéraire, parmi lesquels le Prix Anne-Hébert et le Prix littéraire Radio-Canada, en plus de diriger sa propre maison d’édition, Marchand de feuilles. Elle a jusqu’à présent publié quatre livres.

 

Mélane Vincelette is a Canadian writer, born in Montréal, Québec. She has received numerous awards and distinctions for her work, including the Anne-Hébert and the Radio-Canada Awards; she is also the director of her own editing house, Marchand de feuilles. She has published four books between 2001 and 2011. 

María Eugenia Ghirimoldi
 

María Eugenia Ghirimoldi es profesora y traductora en lengua francesa (Universidad Nacional de La Plata, Argentina), magíster en Ciencias del Lenguaje (Universidad de Rouen). Docente-Investigadora de la UNLP en Lengua-Cultura Francesa en nivel secundario y universitario.

 

María Eugenia Ghirimoldi est professeure et traductrice en langue française (UNLP), master 2 en Sciences du Langage (Université de Rouen). Enseignante-chercheuse de l’UNLP en langue-culture francaise au secondaire et à l’université.

 

María Eugenia Ghirimoldi, French Teacher and Translator (UNLP). Master’s degree in Language Sciences (Rouen University). Researcher from the UNLP in French Language-culture at secondary and university level.