La muchacha friolenta

Rebecca Rosenblum

Translated by: Micaela Bocchio, Iliana Franco, Analía Llanos

Original text: "Chilly Girl "


Artwork by R.S. Newton,

Había una vez una muchacha que casi siempre tenía frío. A nadie le gustaba tomarla de la mano. Usaba gorros de octubre a abril. Arruinaba las salidas por querer volver a casa al ponerse el sol. Podía acunar velas encendidas en las manos y nunca quemarse. Una vez estaba sentada cerca de una corriente de aire en un banquete de boda y los labios se le pusieron azules. Una vez olvidó ponerse un suéter para ir al cine y los dientes comenzaron a castañetear. Una vez miró su taza de té y luego al hombre que se la había comprado en un café y dijo: “Desearía poder estar en una taza de té en este momento”. Él no la volvió a llamar.

Una vez la invitaron a la fiesta de inauguración de la casa de la jefa. Era julio, y eso le dio coraje, entonces se puso su vestido preferido, que era amarillo, naranja y rosa. Todas esas cálidas tonalidades relucientes... pero la tela era de algodón fino. Con lluvia o viento era como estar desnudo. Si alguien la fotografiaba utilizando el flash, la imagen mostraría, ya sea el contorno de su sostén o sus pequeños pezones puntiagudos. Llevó un cárdigan en caso de mal tiempo o por si la fotografiaban y lo usó para cubrirse los brazos. Luego se fue al living, donde su compañera de cuarto estaba viendo una comedia británica bulliciosa. La compañera presionó el botón de mute cuando entró la muchacha.

—Tienes puestos tacones con medias.

—Sí —dijo la muchacha. Se puso nerviosa

—Con un vestido de verano. A una fiesta de verano.

—Es en el departamento de Emmy. Probablemente tenga aire acondicionado.

—Te ves ridícula. —La compañera subió de nuevo el volumen y observó a una señora caer sobre una pila de césped cortado. Así era ella.

La muchacha se escabulló de vuelta a su habitación. Se quitó los zapatos a patadas y se sacó las medias. Se puso sandalias en los pies descalzos y en puntas de pie pasó delante de la compañera por la puerta. Así era ella.

Era una fiesta grande pero tranquila. La muchacha no vio ningún equipo de aire acondicionado pero, de todos modos, sintió un escalofrío suave y artificial sobre los hombros. Se puso el cárdigan sobre su vestido de verano, triste al ver que los colores desaparecían. Se estaba acomodando el cabello fuera del escote cuando la anfitriona se le acercó precipitadamente.

—¡Oh, ahí estás! Temía que no vinieras.

—Estoy feliz de haber venido. Es un lugar tan bonito —dijo la muchacha.

—¿En serio? Algunos días, no lo sé. Ven conmigo y hagamos un recorrido. —La anfitriona dio un paso y se detuvo. La expresión de su rostro cambió un poco—. Pero... ¿podrías quitarte los zapatos? Lo siento, colocaron los pisos no bien nos mudamos, y fue todo un asunto, como sabrás entender... —La anfitriona parecía miserable, como si ella no hubiese querido pedírselo, pero alguien la hubiese obligado a hacerlo.

La muchacha observó el living. No había zapatos por ningún lado. Pies pálidos y peludos, pies con calcetines de nailon fino para pantalones, pies esbeltos de pedicura, incluso medias tres cuarto... ningún zapato. No podía haber excepción alguna a esta regla… Alguien podría resultar pisado… los dedos delicados y desnudos bajo la esmerilada suela de goma de un tacón.

La muchacha se quitó las sandalias. El suelo parecía cemento helado a pesar de que era parqué. Continuó con el recorrido. Posó los dedos sobre los rubios cuadros de parqué y caminó por los pasillos con forma de L y T.  La cocina tenía una mesada de carnicero en el centro cubierta de platos de habas y granos. Los mecheros estaban en el nivel de la estufa. Los pisos brillaban como una pista de hielo. Pasaron por ventanales cuya vista desembocaba en el puerto. Si se quedaba quieta, la muchacha podía sentir un ventilador invisible que soplaba los mechones de su cabello. La anfitriona brillaba ante ella, la iluminación del camino reflejaba las uñas filosas y brillantes, los dientes, el blanco de los ojos, la lengua. Era encantadora y elegante y su casa era encantadora y elegante y la muchacha se alegró cuando Emmy finalmente la dejó en un sofá junto al bar, donde también estaban sentados todos sus amigos.

Los amigos se alegraron de verla, pero la gente que le presentaron retrocedía cuando estrechaban su mano de hielo. Alguien le dio un trago. Los cubos de hielo tintineaban cada vez que la muchacha gesticulaba o temblaba. Estaba preocupada de que la mano se le congelara con el vaso. Se sentó en el sofá, pero el cuero beige crema era resbaladizo y lustroso, y sentía frío en los muslos a través del algodón barato del vestido.

Los amigos le dijeron que una mujer llamada Maya, que tenía el pelo caramelo y solía salir con la muchacha, estaba en algún lugar de la fiesta. Se puso de pie. Todos estaban interesados. Ella explicó que su ex novia seguía siendo su amiga, pero era tan reciente la ruptura que hasta la amistad era un desperdicio en ese momento. Sobre las cabezas y los hombros creyó ver un destello de cabello de mantequilla y azúcar, lo cual hizo que se le retorciera el estómago. Se acercó a la ventana, donde esperaba que pudiera infiltrarse un poco del verano. Pero no había calidez alguna que pudiera escaparle a la calle. Las ventanas eran tan firmes y gruesas que el cielo a través de ellas se divisaba tormentoso y lejano. Los marcos de acero liso no tenían presillas ni bisagras. Ellos nunca darían o admitirían ninguno de los elementos. Este frío provenía de otro lugar, y la atrapaba de todos modos.

Un hombre se le aproximó. Vestía un traje de lino con las mangas y los puños remangados, sin zapatos ni calcetines. Era muy alto y tenía el pelo peinado hacia atrás como los estadounidenses. Se veía feliz y confiado y tostado. Sonrió. Ella le devolvió la sonrisa, y él recorrió la ventana con su mano grande.

—¿Te gustaría tener una vista como esta?

La muchacha observó el rostro bronceado.

—No. El muelle se parece al fin de la tierra en invierno, todo congelado.

La boca del hombre pareció detenerse en una media luna perfecta antes de volverse real otra vez.

—Quizá, quizá. —Él ya no la miraba y parecía que hablaba consigo mismo, por lo que ella hizo un movimiento para alejarse. —¿Estás bien? Te ves... tus uñas están azules. —Y señaló la mano que sostenía el vaso.

Ella sentía que estaba llegando al punto de congelarse, cubierta de hielo, incapaz de moverse. Suspiró como una ráfaga.

—Tengo frío. No sabía que tendríamos que quitarnos los zapatos.

Su voz sonaba como el gemido del viento. Odiaba eso. Ambos miraron hacia abajo. Las uñas de los pies también estaban azules.

—¿Quieres usar mis calcetines?

La voz de él sonaba como si estuviese preguntando por las variedades de pizza por teléfono.

Alzó la mirada de golpe del piso a la amplia boca de él.

—Los metí en el maletín. No tenía ganas de andar con calcetines. Quería ser Miami Vice, ¿entiendes? No van a combinar con tu vestido, pero si quieres, con gusto te los doy…

De cualquier manera, se había olvidado de su vestido de colores cálidos, hacía demasiado frío. Estaba atrapada en un departamento-iglú. Si se retiraba temprano, el lunes la jefa le preguntaría al respecto. Otro sorbo de whisky y ginger ale podría solidificarle la garganta y no hablaría nunca más. Las ventanas del departamento estaban selladas contra el verano exterior como si estuviese en la parte ártica del Biodomo. Siguió al hombre hasta el vestíbulo. Él hurgó en una pila de cordones y correas de carteras y encontró un viejo y voluminoso bolso marrón. Sacó los calcetines por separado, arrugados.

Los calcetines eran de color hielo eléctrico, un azul pálido y brillante que ella nunca antes había visto. Era un color nuevo. Apoyados en la palma de la mano, se sentían gruesos y algodonosos, para nada húmedos a pesar de haber sido usados durante todo el día. Se preguntó si olerían de la misma manera en la que lucía él, como un verde campo de golf al sol, como agua de lago descongelado... El hombre la miraba y ella se dio cuenta de que su rostro estaba demasiado cerca de los calcetines, demasiado cerca para olerlos. Sentía que un color cálido le penetraba por las mejillas, lo cual era agradable, pero mientras se inclinaba todavía se sentía avergonzada. Con la cabeza cerca de sus canillas suaves y afeitadas, fue capaz de inhalar profundamente, pero todo lo que olía era el olor del algodón horneado, el limón de cera para pisos.

—Estos calcetines son magníficos. Son de un color maravilloso —dijo al enderezarse.

—Gracias. Me encanta ese azul. También tengo un abrigo en ese tono, quiero decir... —Apretó los labios con fuerza por un momento—. En invierno, mi abrigo de invierno hace juego con los calcetines. —En la pausa él contempló las pantorrillas envueltas de la muchacha y la música se detuvo—. Se ven estupendos en ti. —Luego, en el enorme equipo de música alemán en el living, un quejido nasal se filtró—. Es “American Without Tears” de Elvis Costello —dijo él.

Ella escuchó y asintió. Un minuto entero transcurrió antes de que dijera:

—Está en tiempo de vals. Eso ya no es tan común.

Los labios de él se alejaron de sus dientes y sus manos se extendieron.

—Bueno, entonces no debemos desperdiciarla.

Un brazo se disparó directamente; el otro, en forma de gancho, se aproximó a la cintura.

Ella dio un paso hacia sus brazos de lino. Cuando él la hizo girar hacia el living, el viento se apoderó nuevamente de su cabello y la falda amarilla giró alrededor de las rodillas y los suaves calcetines azules se deslizaron como cuchillas en la pista de madera lustrada. La anfitriona pasó con una bandeja de canapés de huevas de pez volador, miró por un instante, y alteró su recorrido para no interrumpir a los bailarines. Los amigos, sorprendidos, se aferraban a sus bebidas. Maya se apoyó contra una pared y pensaba en los saunas.

La canción terminó. El hombre le apretó la mano y luego se apartó. La había hecho girar tan deprisa que su pálida piel estaba sonrojada y su corazón palpitaba. Incluso sintió una pequeña gota de sudor deslizarse por debajo del cuello de su suéter. Quería quitarse el suéter. No sentía frío.

—Me tengo que ir —dijo él.

Señaló la puerta, donde tres jóvenes en trajes con mangas y puños remangados estaban de pie, encorvados. Parecían impacientes.

—Te devolveré los calcetines. —Se inclinó y levantó un pie.

Él puso una mano sobre su hombro y la detuvo.

—Está bien. Consérvalos para la fiesta, así no tendrás frío.

—¿Pero cómo...?

—Ahora tendrás que buscarme, y podré verte de nuevo.

Se marchó.

La muchacha había pasado un momento agradable en la fiesta una vez que había entrado en calor. Comió canapés cubiertos con diminutos huevos de pescado salado y los acompañó con whisky y ginger ale sin hielo. Habló y se rió, aunque no con Maya, que se fue temprano. Y la muchacha les preguntó a todos con los que habló sobre un hombre estadounidense, alto y de traje costoso. Pero nadie sabía quién era ese hombre, ni siquiera la anfitriona. Fue muy extraño. Ni siquiera la anfitriona.

La fiesta terminó. Regresó a casa, pasó en puntas de pie al lado de su compañera de cuarto, que estaba viendo dibujos animados sobre las amebas, y se fue a la cama. Por la mañana la muchacha se levantó y lavó su ropa. Lavó los calcetines invernales en el ciclo delicado y los secó con un suavizante de telas de pino. Luego los enrolló en un bollo apretado que colocó en un rincón de su bolso.

El verano fue demasiado corto. Las hojas se pusieron crujientes y el viento aprendió a morder. La moda de ese año dictaba casimir, que era suave como un pétalo en la piel delicada, pero que el frío atravesaba. La muchacha compró ovillos de 100% de lana y se tejió una gorra y una bufanda gruesas. Trató de tejerse unos mitones, pero se quedó atascada en los pulgares, por lo que usaba dos pares de casimir en su lugar.

El viento soplaba trozos de hielo en su piel. De sus ojos brotaban agua salada y tristeza. Había luces de Navidad en la ventana del restaurante indio, el cual se suponía era el mejor de la ciudad. Abrió con entusiasmo la puerta de vidrio empañada, ansiosa por la comida, los pimientos, el vinagre, la pimienta de cayena y la canela. Amaba el vindalo. Le encantaban las comidas que la hacían sudar.

El camarero la condujo hacia un perchero para que pudiera colgar la chaqueta pescadora, el cárdigan encrespado, la bufanda torcida y el sombrero achispado. Metió todo en la manga de su abrigo y lo puso en una percha de madera que parecía lo suficientemente fuerte como para sostenerlo todo. En el perchero contiguo había otro abrigo. Este abrigo era del color del puerto en una tormenta de mediodía, o una luna de enero o el corazón de una llama. Un abrigo del color de los calcetines que había en su bolso.

Cuando los sacó, los calcetines estaban un poco deslucidos tras haber estado apretados durante los últimos meses entre las listas del supermercado, los lápices y las monedas sucias. Se sentía culpable por eso. El cálido bollo redondo descansaba en las manos ahuecadas, como un pollito o una vela. Ya podía sentir la niebla del invierno arrastrándose por debajo de las puertas y alrededor de los cristales de las ventanas para colarse a través de la camisa y de la piel. A pesar de que el restaurante estaba colmado del aliento de muchas personas, el vapor de la pimienta ardía en sus fosas nasales. Deslizó el rollo de calcetines azules azules en el bolsillo de la chaqueta de color azul azul. Al alejarse del perchero, un destello de pelo muy largo y despeinado por el viento llamó su atención desde la puerta. El camarero le señaló una mesa en la esquina del fondo, con la corriente de la puerta bloqueada por un biombo, cerca de la calefacción. La muchacha estaba a punto de dirigirse hasta allí, pero en ese instante la canción de amor hindú del equipo de música cambió por otra, una canción de Navidad. Se trataba de "Fairytale of New York", de The Pogues. Estaba en tiempo de vals. La muchacha se apartó del lugar cálido. Se dirigió a la única otra mesa vacía, que estaba junto a la ventana helada, pero con vista a la puerta, el perchero y la ardiente cocina abierta. Se sentó y esperó a ver qué sucedería después.


Hewton, R.S. Benedicta, c. 1931, McMichael Canadian Art Collection, Kleinburg Ontario, MicMichael Canadian Art Collection, Web. 27 March 2015.

Rebecca Rosenblum

Rebecca Rosenbaum is a Canadian author best known for her short stories. With a BA from McGill University and a MA in Creative Writing from University of Toronto, Rosenblum received many accolades for her work. In 2007, she was awarded the Metcalfe-Rooke Award for Once, and was a finalist for the Writers' Trust of Canada / McClellan & Stewart Journey Prize in 2008.  

Micaela Bocchio, Iliana Franco, Analía Llanos

Micaela Bocchio e Ileana Franco Alvarenga son estudiantes avanzadas del Traductorado Público en Inglés en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina. En el presente, Ileana trabaja en la traducción de literatura escrita en guaraní. Analía Llanos es profesora de inglés y traductora (Inglés/Español) por la Universidad Nacional de La Plata y actualmente trabaja en A & G Sinapsis en La Plata, Argentina.

 

Micaela Bocchio and Ileana Franco Alvarenga are advanced student of Translation (English/Spanish) at Universidad Nacional de La Plata, Argentina. At present, Ileana is working on the translation of literature written in Guaraní. Analía Llanos holds a degree in Translation (English/Spanish) and EFL Teaching from Universidad Nacional de La Plata and currently works at A & G Sinapsis in La Plata, Argentina.