Dos días para olvidar

Marie-Célie Agnant

Traducido por: María Sierra Córdoba Serrano

Texto original: "Deux jours pour oublier "


Obra artística por Philippe Amrouche

Son unos asesinos, unos asesinos, unos ase…

Me desperté con la cabeza ardiendo, con un dolor innombrable recorriéndome el pecho y estas palabras martillándome las sienes: son unos asesinos, unos ase…, unos.

La habitación está oscura, el silencio se intensifica y me traga. Dormir, dormir… la misma cantinela desde hace dos días, única compañera de mi angustia.

Heme aquí dos días enclaustrada en este apartamento… como si con ello bastara…

Me recuesto en la almohada. Enciendo un cigarro.

La habitación me da vueltas. A los pies de la cama: Back to Eden, medicina botánica, de Jethro Kloss. Tiendo la mano, me tiembla. El libro, no lo cojo, no lo cogeré.

Dentro hay un papel azul, esa carta que no cogeré, que no quiero leer más, que no leeré más. Más de cien veces la leí, releí. Línea tras línea, deletreé todas las palabras, todas las sílabas. No lo entendía. Como un ciego aturdido, busqué, con el corazón delirante, en cada línea, cada palabra, una señal, nada.

Sigo sin comprender.

He bebido tantas infusiones que tengo la cabeza en blanco, como mis tripas, vacía.

Desde hace dos días, flores de naranjo, toronjil, tila, mi mal no tiene remedio. Gracias, Jethro, como si estuviera hambrienta, he devorado tu libro, sin encontrar una poción que calme esta tormenta en mi vientre, mi cuerpo abandonado y desdichado.

Back to Eden. Mi habitación es un barcucho, sin puerto, bogo. ¿Estoy llorando? No, es el cigarro.

A los pies de la cama, el libro me acecha, el socarrón cobra vida, viene hacia mí. Aquí está, lo atrapo, lo abro, lentamente, como una puerta a la que se le empuja despacio, despacio, por miedo a algo, ahí… detrás… «Página 347: menta, manzanilla, verbena —déjelo reposar— calma el dolor de estómago, el nerviosismo». ¿Y para el dolor de entrañas?, me oigo dar alaridos. Nada, nada en absoluto.

El papel azul está ahí, en la página 347. Y si… otra vez, una última vez, sólo para ver, por fin, saber. Ha de haber una frase, una línea, una palabra olvidada, o leída al revés, un detalle. En esa letra apretada y nerviosa de tía Célia, seguramente haya algo que deba encontrar, que deba leer, para poder al fin comprender… Rápido, tiene que ser así… No. Ahora no. Demasiado tarde ya. Amanece. Cinco de la mañana, dentro de una hora, me tendré que vestir, salir de mi tumba, esperar el autobús en la esquina con toda esa gente demasiado comedida, esos extranjeros que me mirarán, que no me verán o más bien fingirán no verme para no traicionarse.

Porque lo saben, cómo no, todo el mundo lo sabe, ¿cómo no saber que Robert ya no está con nosotros? ¿Cómo no saber que estábamos juntos allí el verano pasado? En el porche, con el vigor que dan veintiséis años, regalaba al sol su torso de rapadou(1). Claro que lo saben, pero tienen miedo de decir que lo han encontrado muerto en el porche, así, como si nada, como una rata, el cuerpo agujereado.

Eran las seis de la mañana, mamá se iba a la iglesia, algo bloqueaba la puerta, mamá la empujó más fuerte. Robert estaba allí, detrás de esa puerta muda.

Los vecinos vinieron, consolaron a mamá, le secaron las lágrimas, hicieron entrar en calor sus manos sudorosas. Todo el mundo susurraba. Al parecer, el hijo de Adèle también había desaparecido. Y André, habían encontrado su cuerpo en el barranco, André tenía dieciséis años, su guitarra iluminaba las noches del barrio. André, muerto con sus sueños, en el barranco, su cuerpecito de poeta cubierto de piedras blancas. Las bocas susurraban, la ira bramaba.

Saco mi cuerpo de la cama. Hace dos días que me he refugiado aquí para tratar de enterrar mi desaliento.

Mi jefe ha sido generoso. «Dos días para olvidar —me había dicho sonriendo y empujándome por los hombros hacia la salida—. Dos días de permiso, mi bella Élise, para recuperarte. Nunca se muere uno antes de tiempo». El jefe había hablado, el debate estaba zanjado, la vida continuaba. Dos días para olvidar la risa de Robert, el rumor de nuestra infancia, los recuerdos y los perfumes, la carta de tía Célia. Dos días para olvidar a mamá, su inmensa pena, su cabello gris y sus manos temblorosas.

¿Nunca antes de tiempo? No lo entiendo. Me visto tambaleándome, ebria de impotencia. Los recuerdos se arremolinan en mi mente, me duele tanto.

Rápido, ahora mismo, hay que ir enseguida, al metro, al autobús, hablarles, decirles: «Escuchen, escúchenme, no saben lo que allí hay, no tienen ni idea. Estaba Robert y el verano todos los días. Estaba la vida, los amigos, los colores, las risas y la música que se adueñaba de nuestros cuerpos. Todo esto se terminó. La isla vomita sortilegios. La isla ruge, nadie la oye. El futuro está sitiado, sólo hay muertes. Matan todos los días, a todo el mundo, a cualquier hora. Nos matan como si nada, como a ratas. Hace tres años le tocó a papá, después al vecino, al que tenía una linda barba y se reía con mucho brío. Y después, una noche, fue el turno de Maribelle, que adoraba la vida pero no al general. Por orden del general, le sajaron los pechos. Anteayer, les tocó a todos esos labradores que amaban demasiado su tierra y ayer, a Robert, pero Robert era mi hermano». Mis entrañas dan a luz un grito demente: Robert era mi hermano… amaba tanto la vida, la tierra de ese país, a la que se aferraba con todas sus fuerzas. Cuando papá desapareció, yo me fui. Pero Robert decía: «Espera un poco más y ya verás, no tardarán en irse al diablo esos cabrones». No se han ido todavía, los muy cabrones, pero yo me estoy volviendo loca.

¿Uno no se muere antes de tiempo? El jefe mintió. Rápido, tengo que ir a decírselo, a decírselo a ellos, en los pasillos del metro, allí donde el eco resuena más fuerte, para gritar que allí morimos antes de tiempo, así de simple, en pleno sol, como ratas. Morimos todos en cualquier momento, en cualquier lugar. En los porches como Robert, degollados en el campo como Gasner, fusilados en el cementerio como Milou y Marcel ante los ojos de espanto de los colegiales convocados al espectáculo, de inanición, torturados… a fuego lento como mamá y la tía Célia, y el tito Max y los otros, de rabia, desesperación y odio inútil como yo.

Salgo en una mañana glacial. La carta en el bolsillo. Pronto la cogeré. La leeré. Cual ola que rompe en el arrecife gritaré: son unos asesinos, unos asesinos, unos ase…

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(1) Palabra en criollo que hace referencia al azúcar en bruto. En español se utiliza normalmente el término raspadura. 

Marie-Célie Agnant

Marie-Célie Agnant est une écrivaine québécoise née à Port-au-Prince, auteure de poèmes, romans, nouvelles et contes. Cette nouvelle est tirée du recueil Le silence comme le sang, publié par Les Éditions du Remue-ménage en 1997 et réimprimé avec l’autorisation de l’auteur et de l’éditeur.

 
María Sierra Córdoba Serrano


M
aría Sierra Córdoba Serrano est professeure adjointe au Monterey Institute of International Studies. Sa thèse de doctorat, Cartographie socio-traductionnelle des transferts littéraires Québec-Espagne (1975-2004), s’inscrit dans le sous-champ de la sociologie de la traduction et porte sur la fiction québécoise traduite en Espagne. Elle a publié des articles portant sur ces questions dans META et TTR, ainsi que dans d’autres revues et ouvrages collectifs.