Ese fantasma que tuvimos

Andrew Hood

Traducido por: Claudia Lucotti Alexander y sus estudiantes


Obra artística por Gabriel Seguin

La casa estará embrujada. Habrá un fantasma.

Anne lo había decidido en su primer julio como marido y mujer, poco después de que Eb comenzara a trabajar el turno de la noche en la planta Wald. Una mañana al salir de la regadera, dejando huellas oscuras y húmedas sobre el tapete del baño, Anne permaneció desnuda y goteando frente a un reflejo borroso. Con su dedo escribió FUERA en el espejo empañado del botiquín. El vapor cedería y el mensaje etéreo desaparecería sin dejar rastro alguno. Esa tarde cuando su esposo se bañara antes de irse a trabajar, mucho después de que ella se hubiera ido a la panadería, la advertencia reaparecería. No habría vapor que cubriera las exigencias espectrales y ante él aparecería un mensaje extraño de un lugar desconocido, queriendo ser visto, ser conocido.

Sí. Los acecharía un fantasma.

Habría un tercer habitante en la casa que haría crujir los pisos y garabatearía en los espejos. Anne y Eb adoptarían a este espíritu como una pareja de recién casados adopta a  un cachorro golden retriever. Si se esforzaban, si trabajaban en equipo, este asombroso fantasma sería suyo.

Entonces, el fantasma sería un juego. La única regla, decidió Anne, mientras se lavaba los dientes y veía desaparecer las letras, desangrándose en el vapor hasta que sólo quedó su cara en el espejo, era que ninguno de los dos tendría permitido hablar al respecto.  Hablar de un fantasma es borrarlo. No estaría permitido. Si Eb alguna vez le preguntara acerca de los diálogos en el espejo, ella se comportaría distante, encogiéndose de hombros, volteando los ojos y mordiéndose el labio inferior, murmurando una y otra vez Ah, no me digas y Mmm ¡qué raro! Sin duda, Eb estaría confundido al principio, como solía pasarle. Pero Anne estaba segura que poco a poco entendería la naturaleza del juego fantasmal y se uniría a él.

Anne trabajaba de día, Eb de noche. Durante ese tiempo, uno era para el otro sólo los sonidos de los pasos al salir o regresar del trabajo, música suave en el desayuno a las seis de la mañana, o el murmullo apagado de las repeticiones del programa de Leno a las cuatro de la madrugada.  Tal como Anne lo había imaginado, se comunicarían a lo largo de la semana por medio de su fantasma personal. Sería tan genial. Todas las mañanas, Anne escribiría algo en el espejo; Eb lo leería más tarde y luego escribiría otro mensaje escalofriante para que su esposa lo descubriera a la mañana siguiente. Por supuesto, al principio las cosas que escribieran tendrían que ser espeluznantes, pero con el tiempo, cuando el juego empezara a inventar sus propias reglas, el fantasma podría escribir lo que quisiera “T amo” o  “Besitos” o “No hay leche, ni huevos”.

El fantasma sería cosa de ellos. Sería su tácito y hermoso plan. Claro que tomaría tiempo acostumbrarse, pero una vez que se dejaran llevar por el ritmo, los mensajes se volverían algo natural. Anne creía que el motor de toda pareja necesitaba de algo seductor y tonto para hacerlo funcionar. Así como algunas parejas atesoran su canción, ellos atesorarían su fantasma. Con el tiempo se convertiría en algo real; un espíritu que existía en el encantador y silencioso espacio entre los dos. Éste  sería su íntimo y encantador embrujo. Sería suficiente para superar la cuesta del primer año.

Anne se imaginaba que cincuenta años después, cuando ya lo hubieran olvidado, la regla de no hablar al respecto ya no tendría sentido. Un día, desayunando juntos, cuando sus futuros hijos se hubieran independizado y tuvieran sus propias familias, Eb o Anne hablarían del tema. Al evocar el pasado, uno de ellos, sorprendido por el recuerdo, dejaría el periódico a un lado y diría: “Oye, recuerdas cuando apenas empezábamos y teníamos esos turnos de mierda... y ese fantasma. ¿Te acuerdas? Uy. Vaya, lo había olvidado por completo. Ese fantasma que tuvimos”.

De ser planeado y ejecutado apropiadamente, este fantasma sería como encontrar un billete de veinte dólares olvidado en tu chamarra favorita en una primavera en la que necesitaras dinero extra. El fantasma sería tantas, tantas cosas.

Al principio a Anne le encantó el proyecto. Estaba muy entusiasmada. Durante todo el primer día, mientras amasaba y horneaba, sólo podía pensar en el fantasma. La emoción, el cosquilleo que sentía, era una presencia dentro de ella; el fantasma, una pelota de caucho que rebotaba contra su interior sepulcral y que lo hacía reverberar queriendo salir, buscaba ser correspondido. Cuando despertó a la mañana siguiente, se bañó de prisa, sin lavarse detrás de los orejas ni entre los dedos de los pies para poder ver más rápido el nuevo mensaje del fantasma. Estaba segura de que estaría ahí, esperándola. Pero al asomarse por detrás de la cortina, lista para hacerse la espantada con un grito teatral o un sobresalto dramático como de película, sólo vio el mismo primer mensaje.

Allí, entre el vapor, estaba la brusca exigencia de un fantasma: FUERA.

Anne pasó de puntitas junto a Eb, quien estaba sumido en el sofá-cama y al salir cerró la puerta sin hacer ruido.

Así que Eb no había entendido. Anne dejó las primeras palabras en el espejo y esperó. Y cuando después de una semana la mitad del fantasma de Eb seguía sin aparecer, Anne probó con un nuevo mensaje. Escribió: VETE O MORIRÁS, invirtiendo las letras “E” como imaginaba que lo haría un fantasma de los de verdad.

Pero nada...

Tres días después, el siguiente mensaje decía: LA CASA ES MÍA. El que le siguió: SUFRO, ME DUELE LA PANZA. Pero aún nada.

Con todo esto del fantasma falso, Anne había logrado invocar un verdadero fantasma: una nada que se resistía a usar los trajes que ella le había hecho, una nada que permanecería fría y distante. Sólo un ente horrible acechando la casa.

El último mensaje que el fantasma habría de dejar fue: MI ALMA PERMANECE FATIGADA. Esa advertencia final, grabada en el espejo empañado con una sobrecogedora letra fantasmal en mayúscula, nunca fue borrada. Las últimas palabras del fantasma estaban ahí en el espejo cada vez que Anne se bañaba, la acompañaban mientras se vestía y salía de la casa, siempre tratando de no despertar a Eb que dormía en el sofá-cama para no despertarla cuando llegaba tarde a casa.

MI ALMA PERMANECE FATIGADA.

La casa estaba embrujada. Había un fantasma. Anne lo entendió perfectamente y esto la asustó un poco. Pero la regla era que no podía hablar al respecto.

Andrew Hood
nació en Canadá y estudió en la Universidad de Concordia, donde ganó su primer concurso literario: el Irving Layton Award for Undergraduate Fiction. Su primer libro Pardon Our Monsters (2007), fue galardonado con el Danuta Gleed Literary Award. En 2012, publicó su segundo libro de cuentos titulado The Cloaca. Vive en Halifax, Canadá, donde trabaja en una fábrica de cerveza y en su primera novela.
Claudia Lucotti Alexander y sus estudiantes
El cuento "That Ghost We Had" por Andrew Hood se tradujo durante el curso de Traducción II impartido en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México por la Mtra. Claudia Lucotti Alexander. Los alumnos que participaron fueron: Adán Arias Arias, Valeria Becerril Fernández, Octavio Alejandro De León Parra, Martín Ernesto Galván Stellino, Ruth Daniela García López, Olga Garzón Morales, Nayeli Guerrero Sánchez, Juan Manuel Landeros Huerta, Danae Donaji Martínez Melgarejo, Arturo Moreno García Alma Liliana Sánchez Rosas. También se contó con el apoyo de la Mtra. María Antonieta Rosas Rodríguez.