Hierba en la garganta

Ying Chen

Translated by: María Sierra Córdoba Serrano


Artwork by Patricia Pamula

Aquella fue una mañana como otra cualquiera. Se despertó sobresaltado. Su habitación aún estaba a oscuras. La luz blanca seguía resplandeciendo fuera. La abuela tosía en la otra habitación. Un ruido aterrador, parecido al borboteo de una sopa espesa, circulaba en su angosta garganta. Sabía que la abuela se había instalado en esta casa para toser. Tosería hasta el anochecer, hasta que mamá empezara a dar gritos agudos y papá lanzara botellas contra el suelo. Tosería hasta el último momento porque, aunque la abuela se callara, papá no volvería a casa sino para cambiarse y mamá se pondría a gritar de todos modos. 

Salió de la cama de un salto. Como entraba más claridad por la ventana que por la puerta, corrió hacia ella. Trepó a una silla de plástico. Apartó el estor vertical que le caía encima y lo golpeaba. Frunció el ceño y apretó los labios. Se le humedecieron los ojos de recién levantado. Pero vio que la nieve había llegado hasta el alféizar de la ventana. Se rio. Ya se imaginaba el placer de arremeter contra esa suavidad fría, golpeándola, destrozándola y mordiéndola, como había visto hacer a papá y a mamá en la sábana blanquecina. 

Salió disparado de la habitación. Papá lo detuvo en pleno vuelo. Sin pronunciar palabra, lo cogió del cuello del pijama, lo levantó del suelo, dio un par de zancadas y lo arrojó a una silla en la cocina. Se mareó ligeramente. Se avergonzaba de sí mismo, de que lo arrojaran así a una silla como si fuera una bolsa de basura. Durante algunos instantes, miró fijamente el rostro iracundo de papá y se creyó en un sueño lejano. Mamá estaba atareada en la encimera. Buscaba en vano su mirada. La abuela ya estaba en la mesa. Siempre llegaba la primera sin hacerse de rogar. Se untaba mucha miel en el pan. Y después se guardaba el tarro cerca de su plato. Él pensaba que seguramente la miel estaría muy buena. Tendió la mano y le pidió el tarro en voz alta. 

—Tú tienes el resto de tu vida para comer —protestó la abuela—, pero a mí me muy queda poco tiempo. 

Se esforzó por entender la relación entre el tiempo y la miel. Al ver que no había ninguna, insistió y reclamó el tarro de miel con todas sus fuerzas. Mamá lanzó al fregadero un cuchillo que vibró de forma prolongada tras hacer un ruido violento. Y la abuela se puso a toser de nuevo. Papá golpeó la mesa con su mano gigantesca y gritó: 

—¡Te callas o te vas a tu cuarto! 

Él no sabía exactamente a quién se refería papá. Quizás a todo el mundo porque, de repente, el silencio había reinado en la mesa. Incluso la garganta de la abuela parecía haberse aclarado, haberse curado. Deseó poder crecer muy rápido para poder dar un golpe en la mesa, callar a mamá como papá hacía con la abuela. Y entonces se puso a comer a grandes bocados. 

Después de desayunar, papá fue a darle un beso a la abuela y luego se acercó a él. Lo tomó de la barbilla, le buscó la mirada: 

—Vas a ser bueno hoy, ¿verdad? 

Percibió algo amenazante en su tono y se apresuró a asentir con la cabeza: 

—Sí, papá. 

Papá se dirigió a la puerta. Mamá lo siguió. Papá no le dio un beso. Que él recordara, papá no le había dado nunca un beso. Mamá abrió la puerta y papá hundió un pie en la nieve, después el otro. Se sacudió las migajas de nieve que tenía pegadas en las rodillas. Se volvió y dijo: 

—Hace años que nieva.

—Así es —confirmó mamá. 

Papá se fue. Él lo siguió con la mirada. Como siempre, la espalda intimidante de papá le hizo sentir una pena muy dulce. Esperó hasta que las huellas de sus pasos se alargaron infinitamente en la calle. En ese preciso instante, recobró sus fuerzas y prorrumpió en sollozos. 

Mamá miró por turnos a la abuela, a su reloj y a él. Deambulaba de un lado para otro del vestíbulo: 

—No puedo más –dijo apretando los dientes–. Voy a buscarme a otra. 

Mamá esperaba a la niñera, que venía a ocuparse de su hijo y de su suegra. Pero desde que había empezado a nevar, la niñera parecía tener que ocuparse primero de sí misma. Por la mañana, cuando llegaba tarde, tenía el cabello y las cejas blancas, y las mejillas al rojo vivo. Y le salía agua transparente de cada orificio de su rostro. Respiraba con dificultad. Antes de refugiarse una hora interminable en el baño, se esmeraba en encender el fuego. De vez en cuando, el humo la echaba para atrás y las chispas le caían encima. Enfurruñada, miraba fijamente al fuego con odio. Cuando la abuela pedía un vaso de agua en ese mal momento, le decía: 

—¿Por qué no se ha muerto usted todavía? 

O bien le ordenaba al pequeño que lo hiciera él. 

—Dale agua a la vieja —le pedía con tono autoritario, sabiendo que la vieja no les diría nada a los señores de la casa. 

Esperaba esta orden impaciente. Se subía entonces a una silla, luego a la encimera. Abría el armario de la cocina. Habría preferido sacar todos los vasos bonitos, pero era razonable. Solo cogía uno, el que tenía tallado un gran pez rojo. Se bajaba de la encimera. Iba a abrir el grifo y dejaba correr el agua, cuyo efecto le gustaba. Le fascinaban el impuso de las salpicaduras y la sensación de caída. Le hacían pensar en la gran cascada a la que le habían llevado sus papás. Tenía curiosidad. ¿Por qué se le escapaba siempre el agua entre los dedos? Quería aprehender lo inaprensible. No quería dejar huir lo huidizo. Llenaba el vaso, lo vaciaba y empezaba de nuevo. La abuela tosía cada vez con más fuerza. Y él daba gritos de júbilo. 

Mamá decidió no esperar más a la niñera. Podría haber llamado a la oficina y pedirse un par de horas de permiso. Pero esa mañana, estaba enfadada con su marido. Para bien o para mal, la abuela no era su madre y su hijo también tenía padre, ¿no? Tenía que ser capaz de tener la sangre fría de dejarlos solos, como hacía su marido. Ya era hora de que se espabilara y mirara más por sí misma. Se puso su abrigo gris y quiso tranquilizar a ambos con una voz medio alegre: 

—Tiene que estar al llegar, esta dichosa niñera. ¡Que tengan un buen día! 

La abuela suspiró aliviada. 

—Vete ya —dijo—. No necesitamos a nadie. 

Mamá le dio un beso a su hijo y lo tuvo en brazos un buen rato. Él se la quitó de encima bruscamente. Mamá lo miró preocupada. Dudó un segundo, se ajustó de nuevo la bufanda. Al salir, cerró la puerta con fuerza. El portazo la tranquilizó: todo iba a salir bien. 

Ahora se quedaba solo con la abuela. Estaba sentado en un rincón del salón, en su silla de plástico. Observaba con atención a la abuela, que estaba echada en el sofá y no dejaba de toser. Estaba aburrido. De pronto, como si quisiera entretenerlo, la abuela le dijo que tenía hierba salvaje en la garganta. Y él la creyó, puesto que la hierba salvaje ya había crecido, o al menos eso parecía, en la cabeza de la abuela. Se le iluminaron los ojos. Examinó el cuello de la abuela. Se olvidó de la abuela. Solo veía un palo que se alargaba rápidamente. Un día, al cortar por la mitad un palo, papá había descubierto una lombriz. 

Corrió hacia la cocina, se puso de puntillas y cogió el cuchillo que mamá había lanzado al fregadero. Volvió al salón y, para no coger a su presa por sorpresa, aguantó la respiración y se acercó lentamente al sofá. Pero el trozo de madera se volvió de pronto hacia él. Se sobresaltó. El cuchillo cayó al suelo estrepitosamente. La abuela alzó los párpados y sonrió: 

—No se juega con el cuchillo, cariño. 

Como el pequeño no se movía, exclamó alterada: 

—¡Recógelo y ponlo en el fregadero ahora mismo! 

Le hizo caso. Se sintió decepcionado durante algunos minutos. Después se olvidó de la madera y la lombriz. Volvió a la cocina. Ahora le interesaba la llave del agua. Sabía que no la debía abrir. Buscaba un pretexto. Le preguntó en voz alta: 

—Abuela, ¿quieres agua? 

—No, no, mejor sal de la cocina. 

—Porfa, abuela… 

Pero la abuela ya no respondió. Cerró los ojos. Cuando volvió a plantarse delante ella con un vaso de agua, la abuela ya estaba roncando, boca arriba y con la boca medio abierta.

En ese momento se dispuso a echar agua dentro de esta misma boca. Oyó un ruido extraño en la garganta de la abuela. Sabía que estaba inundando la hierba salvaje. Se puso loco de contento. Correteó entre la cocina y el salón. La abuela empezó a toser con frenesí. Se le salía el agua por las comisuras de los labios. Se le ocurrió taparle la nariz para que el agua se deslizara hasta el pecho sin mayor obstáculo. Es lo que le había hecho mamá cuando estaba enfermo y no quería tomarse aquel jarabe repugnante. Pero la abuela, cuyo rostro se había vuelto tan oscuro como el jarabe, no dejaba de toser. ¿Cómo podía parar ese ruido insoportable? Buscaba a su alrededor. Reparó en la bolsa de plástico donde guardaba los juguetes. Pensó en los peces que papá había pescado y había puesto en bolsas. Vació la bolsa, metió la cabeza temblorosa de la abuela dentro y se esmeró en hacer un nudo impecable. Mamá le había enseñado mil veces cómo atarse solo los zapatos. Y le habían reñido mil veces por su torpeza. Ahora tenía la impresión de haber hecho un buen trabajo que le gustaría poder mostrar a mamá y a papá. De vuelta a su silla, los esperaba. 

Los brazos y los pies de la abuela se agitaban ante sus ojos. Él mismo levantó un brazo y lo agitó tres o cuatro veces. Seguía oyéndola toser en la bolsa. El ruido, aunque cada vez más atenuado, seguía siendo desagradable. Pero estaba cansado. Ya no se movió más. Oía al mismo tiempo el ruido del agua en la cocina. Se preguntaba si no era más bien una cascada. Apoyó la cabeza en la pared fría y se durmió en los brazos de papá. 

La gente corría por la casa, con la cámara colgada al cuello. La niñera hablaba con todo el mundo. La puerta estaba abierta de par en par. Ya no nevaba. Habían limpiado la acera. Una luz cegadora había invadido el salón.  Una luz ideal para tomar fotos. Él alcanzaba a ver a la abuela tendida tranquilamente en el sofá. Ya no tosía. La hierba salvaje de la garganta había muerto. La de la cabeza estaba enredada en una bonita maraña, y abierta como una flor blanca. Él quería mucho a su abuela, pensaba, cuando no tosía. Seguro que mamá y papá estarían de acuerdo. Pero ahora estaba muy solo en medio de todos aquellos desconocidos. Sin papá ni mamá. Sin la abuela. 

Sacaron a la abuela de la casa y la subieron a un camión. 

—¡Abuela! —la llamó— ¡Abuela! 

Nadie le hacía caso. Ni siquiera la niñera. El camión arrancó silbando a voz en grito. 

Lloró de impotencia.

Ying Chen

Ying Chen est née à Shanghai en 1961. Elle s’est installée à Montréal en 1989, où elle a obtenu une maîtrise en création littéraire de l’Université McGill. Son roman L’Ingratitude a été en lice pour le prix Femina 1995, et lui a valu un grand nombre de prix en plus d’avoir été traduit en plusieurs langues.

María Sierra Córdoba Serrano

María Sierra Córdoba Serrano est professeure adjointe au Monterey Institute of International Studies (Californie) depuis 2009. Ses publications les plus récentes sont Le Québec traduit en Espagne : analyse sociologique de l’exportation d’une culture périphérique (Presses de l’Université d’Ottawa) et la traduction espagnole du roman Nikolski (Txalaparta, 2012), de l’auteur québécois Nicolas Dickner.