Es descuidado con sus juguetes

Pedro Lipcovich

Translation text: "Il néglige ses jouets "


Artwork by Don Ménard @ www.don-maynard.com

Es descuidado con sus juguetes

 

De noche, en su caja, los muñecos juegan a los muñecos. No se los puede ver desde afuera pero cuando el oído se aguza en el silencio absoluto, intolerable, cuando el oído se aguza es posible, por momentos, escucharlos. Los muñecos chicos han de hacer de muñecos para que con ellos jueguen los muñecos grandes. Pero esto no se puede ordenar bien. Por ejemplo, hay una muñeca muy grande con figura de bebota y, muchísimo más chico, un soldadito veterano de guerra: ¿cuál debería jugar con cuál? El soldado, valiéndose de su experiencia militar y por su carácter irascible, toma la iniciativa de atacar a la bebota pero fracasa, atrapado en la blandura inmensa y porque, además, el mismo pundonor que lo ha llevado a tomar la iniciativa le detiene el brazo antes que dañar, él, soldado de mil batallas, a una beba. Ella hubiera querido reaccionar pero cómo podría, con sus brazos cortos, de trapo, beba cuyo cuerpo fue creado para ser tenido en brazos, cómo podría luchar. Los muñecos terminan por pedir una intervención de afuera de la caja, pero no para establecer la paz sino para imponer la destrucción que ellos mismos no están en condiciones de lograr, como lo prueba el hecho de que a la mañana, pese a los conflictos agotadores de la noche, los muñecos amanecen intactos, temprano, antes del desayuno, cuando la luz por las ranuras de la persianas viene a traer un alivio sucio. Así los muñecos, todos, son crueles porque, cuando llegue la destrucción, el dolor no ha de ser de ellos sino del que, por último, tendrá que acceder a su pedido. 

Tiempo de duelo

Después de la muerte del tío Martín, el local donde había estado su negocio quedó abandonado por mucho tiempo. Como no se había hecho limpieza antes de cerrar, sin duda habían llegado ratones, atraídos por la comida abundante. El alimento debía haberles alcanzado para unos meses y claro que después mantuvieron sus nidos allí, en la protección que les ofrecía ese lugar vedado a los hombres. Cartones y otros restos de la actividad del tío les habían sido útiles para hacer más cómodos los nidos. Naturalmente los ratones, por cañerías, tragaluces y grietas, se aventuraban hacia otros lugares en la misma manzana y quizás aún más allá. La seguridad del escondite los alentaba a tener muchas crías. Si bien algunos caían atrapados por trampas o venenos, la población, seguro, había aumentado a lo largo de los meses y los años. Cuando falleció el último de los tíos, el conflicto familiar que había impedido la gestión de la herencia perdió importancia y el local fue abierto con palancas, ya que se había perdido la llave. Había un solo ratón, que escapó enseguida, pero el lugar negreaba de cucarachas.

El mimbre ardiente

  Los padres le han prohibido hacer ruido con la sillita de mimbre, que delata los menores movimientos, a la hora de la siesta. Por su insistencia le quitan su sillita y la queman en el patio. A través de las llamas y de las lágrimas, él presencia la trasmutación de la sillita en un ser hecho de gruesas líneas negras, que se mueve lento en el interior del fuego.

Esa misma noche, muy tarde, con un pedazo de la carbonilla que le regaló su padre dibuja el recuerdo del mimbre ardiente. A la mañana mientras él duerme, la madre encuentra el dibujo sobre la mesa de la cocina. A la hora de la siesta, ella de pronto se cubre con la sábana y dice que el dibujo del hijo, deforme, la aterra; el padre le explica que el dibujo es fiel a la forma que retrata, hasta que ella se calma y permite que la sábana se deslice.

 

Pedro Lipcovich

Pedro Lipcovich est né à Buenos Aires en 1950. Il est l’auteur de El nombre verdadero (1989), ainsi que de Muñecos chicos (2005) et Unas polillas (2009). Ces trois mini-contes sont tirés de Muñecos chicos, publié par El cuenco de plata SRL en 2005, et sont réimprimés avec l’autorisation de l’auteur et de l’éditeur.