No es el amor quien muere

Lucrecia Maldonado

Translation text: "It’s not Love that Dies "


Artwork by Miguel Bétancourt

 

 

 

 

 

Somos nosotros mismos

[Luis Cernuda]

 

         dónde estuvo tu ángel de la guarda tan parecido seguramente al que inventaste para mi infancia abuela dónde cuando abriste esa puerta y tus ojos que ya nunca pudieron despojarse del espanto vieron lo que vieron y corriste por este mismo corredor hasta el fondo buscando ayuda sabiendo que nadie podía dártela porque tendrías que callarte para siempre y esconderte en tu propio miedo dónde más abuela que en tu propio horror

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Quito, 28 de octubre de 1921.

Señor Doctor
Armando Ruiz
París

 

 

 

Armando:

         Te has ido, y quizá es lo mejor. Si no lo hubieras hecho, no me habría atrevido a escribirte esta carta, y las cosas, mal que bien, hubieran seguido por las mismas, sin resolverse para nada.

         desde entonces traes seguramente esa mirada que va como hurgando puertas y más puertas escondiendo silencios barajando misterios esos ojos siempre grandes asustados abiertos como si quisieran sacarse algún fantasma de adentro sin poder desde entonces abuela aun antes de confundir nombres y fechas aun antes de regresar a tu adolescencia pensando que mi madre era la tuya aun antes de cambiar de nombre al abuelo rafael y gritar y vociferar que se llamaba armando porque a vos nadie te quiso como él y nadie más podía dormir en tu misma cama ni comer a tu lado en la mesa si no era el armando tu primer novio el armando el armando el armando

         Creo que sabes lo que te voy a decir: esta relación inexplicable termina aquí. Casi puedo ver tu sonrisa irónica al leer esto; pero uno no puede ponerse a regular el melodramatismo de ciertos momentos sin caer en la estupidez, o lo que es peor, en la hipocresía.

         otro de tantos fantasmas que se te escondían entre las curvas del cerebro haciendo nidos y madrigueras hurgando y rebuscando abuela pobrecita de vos siempre tan asustada por todos esos monstruos con forma demasiado humana demasiado firme como para ser solo fantasías de tu vejez sustos de ya sabes a esa edad recuerdos más o menos amados más o menos odiados siempre angustiosos abuela siempre aterradores aunque los demás dijeran no qué va lo que pasa es que ya está viejita pero la que decía eso era tu hermana mayor que estaba mucho más viejita y que terminaba siempre mordiéndose los labios como para no dejar escapar el secreto terrible la leyenda negra la vergüenza de siglos atrapada entre las paredes y las cortinas oculta en los azucareros escondida en los baúles junto a cartas jamás franqueadas guardada en los cajones entre las sábanas olor a naftalina

         Quiero dejar claro, eso sí, que te quiero mucho, y que quizá esa es una de las razones que me dan fuerzas para poner fin a esta situación. Si algo no quise nunca, fue hacerte daño. Pero esta no es la única razón. Es que pienso en Margarita, y entonces todo este dolor que he aprendido, no sé cómo, a sobrellevar, se me vuelve insoportable.

         abuela olvidada de las muertes ajenas creyendo todavía que abajo en donde ahora es el cuarto de trastos viejos está el consultorio de tu hermano alfonso y llamándolo cada vez que te venía una tos o un desmayo abuela preguntando si ya llegaron sus alumnos de la universidad a resolver problemas y entregarle tareas mientras tu cara arrugada se asomaba por la cortina del balcón con esa falsa inocencia de la adolescente que dejaste de ser cuando las hadas te abandonaron y la curiosidad te empujó hasta esa puerta cerrada

         Estarás pensando que ya nada puede componerse, que entre ustedes las relaciones se han destruido hasta desaparecer por completo; y tienes razón, claro. Después de descubrir lo que descubrió es imposible que ella quiera (o pueda) olvidarse del asunto, pero esta me parece la única manera de reparar el daño que le hicimos. Además, Armando, tampoco entre nosotros puede suceder nada, por lo menos nada aquí y ahora, que es lo que interesa.

         que no fue la única porque después vino otra puerta cerrada al regresar de tu luna de miel casi feliz y dispuesta a olvidarte de todo o por lo menos a hacer el intento pobre de vos abuela frente al cuerpo ya frío junto al frasquito de quién sabe qué tus voces que a veces todavía resuenan entre las paredes y las carreras de todo el mundo y vos repitiendo como en los últimos instantes de tu agonía que está muerto que agarró y se mató y entonces mamá convenciéndote de que todo es una pesadilla un mal sueño un recuerdo inoportuno un fantasma abuela solo eso nada más uno de tantos fantasmas que te vienen a visitar de vez en cuando y vos ya medio tranquila medio cuerda diciéndonos que nunca viste un entierro tan concurrido porque a pesar de todo él era un buen médico porque sería lo que quiera menos un materialista interesado como estos de ahora

         Es tonto, Armando: en los peores momentos, desde que descubrí lo que me pasaba hasta hace unos pocos días, siempre tuve entereza, siempre traté de no aflojar, de aprender a vivir en este contraluz de lo que conocemos como “normalidad” y lo que llamamos “defectos”; pero ahora, al releer esta carta, siento que ya no puedo seguir así, que no puedo, que nunca debí poder más.

         dónde se fueron tus hadas madrinas abuela princesa de cuento dónde tu ángel de la guarda abuela pobrecita niña indefensa dónde por qué nadie te advirtió por qué nadie te dijo por qué ningún enanito del jardín se apiadó de vos en ese segundo y tiró de tu falda para llevarte a dar un paseo y quizá contártelo todo pero de a poquito explicarte que a veces pasa introducirte en la realidad sin violencia hacértelo entender sin dolor

         ¿Por qué la vida no puede ser normal para todo el mundo? ¿Por qué a algunos algo nos arrastra y nos arroja a lugares tan pequeños, Armando, tan oscuros? ¿Y por qué nos tenemos que comer solos el dolor y la angustia de tratar de ser pero nunca ser del todo, de buscar respuestas y solo encontrar preguntas cada vez más cerradas y angustiosas?

         abuela alfonso abuela armando abuela miedo en los ojos abuela gritos en la madrugada abuela pobrecita ya está viejita abuela quién es este de la foto abuela cómo se murió tu hermano mayor abuela armando abuela alfonso abuela terror en toda la cara abuela pesadillas cada noche abuela frasquito vacío junto al cadáver abuela silencio abuela secretos abuela mentiras abuela armando abuela alfonso abuela puertas cerradas abuela desconcierto abuela de pronto silencio tras la extremaunción

         Ojalá, Armando, la vida te devuelva toda la paz que yo te he quitado. Ojalá puedas olvidarte de mí y volver a tu vida de siempre. Bien sabes que te deseo lo mejor del mundo, y aunque esta despedida sea tan definitiva como la muerte, yo no quiero perder la esperanza de que por lo menos tú y Margarita sí podrán seguir adelante en todo lo que se propongan y alcanzar algún día esa felicidad y esa paz que yo solamente he conocido por el nombre, pero de la que no sé el color, ni la música, ni el aroma.

abuela armando abuela alfonso abuela muerte abuela abrazo armando abrazo armando muerte armando alfonso abuela alfonso muerte alfonso paz abrazo armando abrazo alfonso abuela muerte abuela calma al fin abuela paz

          Por ahora, disfruta de esa hermosa ciudad que es París –sé cuánto te va a gustar, pues yo también estudié ahí –, y quema esta carta en cuanto termines de leerla.

         Recibe el fuerte abrazo y el adiós de alguien que hubiera querido ingresar en tu vida por una puerta muy diferente:

 

Alfonso

 

Lucrecia Maldonado

Lucrecia Maldonado was born in Quito. She is the author of short stories, novellas, poetry and essays, including No es el amor quien muere, Mi sombra te ha de hacer falta, Todos los armarios, and Como el silencio.  In 2005, she was awarded Ecuador’s National Prize in Literature for her novel Salvo el calvario. This piece was originally published in No es el amor quien muere by Eskeletra Editorial in 2005 and reprinted with the permission of the author and publisher.