Encuentro en Dzibilchaltún

Elvira Sánchez-Blake

Translation text: "Encounter at Dzibilchaltún "


Artwork by Angel Oswaldo Serrano Borja

El 21 de septiembre me levanté antes de las cuatro. Tenía que llegar al templo de las siete muñecas para observar la aparición del sol por la ventana central. No podía perderme dicho fenómeno que por siglos se repite inexorable ante los ojos de turistas, estudiosos y comerciantes, para el asombro de todos quienes no cesan de admirar la extraordinaria capacidad de los mayas en su cálculo astral. 

No bien llegué al sitio arqueológico de Dzibilchaltún al norte de Mérida, me sentía un poco obnubilada por la modorra del brusco despertar. Me llamó la atención no encontrar el lugar lleno de turistas ni estudiosos del citado fenómeno astronómico. ¿Me habría equivocado de fecha? No, si lo tenía bien presente. Mi palm me lo había recordado con su obsesivo timbre: cita en Dzibilchaltún: equinoccio solar. 

Al entrar al sitio arqueológico me apresuré a revisar el mapa para orientarme. Hacia el norte por el sak bé principal está el templo de las muñecas. No hay pierde. No obstante, me falló la orientación. No encontré el sak bé o camino maya, en cambio observé una sucesión de chozas ─palapas─ las llaman aquí. Los habitantes que iniciaban las faenas del día me miraron extrañados. Traté de preguntar algo, pero no comprendieron lo que dije. Sin decir una palabra volvieron a sus labores y yo continué mi camino. El sol se perfilaba en el horizonte, pero ya ni siquiera me importaba observar el fenómeno solar, sino encontrar algún camino de regreso a casa.

Avancé hacia el sur y descubrí la plaza central. Allí me pude ubicar al reconocer entre la penumbra la capilla en medio de la explanada. Siempre me había asombrado la particularidad de su fachada: un arco de templo católico empotrado en una plataforma maya. Al acercarme se hizo evidente que algo estaba mal, muy mal, pues el templo se cernía majestuoso ante mí sin rasgos de ruina ni desgaste. Al frente se veía una construcción de palapa que hacía las veces de nave central de la capilla.

─ ¿Quién sois?, preguntó una voz.

Entre las sombras del guano que cubría el cobertizo distinguí a un fraile, es decir, lo que semejaba un franciscano que surgía de entre la niebla mañanera ataviado con sotana de color grisoso  y una capucha que ocultaba su cabeza y parte de su rostro.

El miedo me paralizó.

─ Vine a observar el fenómeno del sol… 

─ ¿Qué fenómeno? El fraile o ser de otro mundo se acercó y me observó de pies a cabeza. Era evidente su extrañeza. Pensé en las veces que me he sentido como bicho raro por no ser de aquí ni de allá, ni turista ni yucateca. 

         ─ ¿A qué fenómeno os referís?, exclamó alterado y yo alcancé a envisionar un tiempo prehistórico de piras inquisoriales, autos de fe y otros exabruptos. El fenómeno era yo.

En ese momento distinguí a otros frailes ataviados del mismo modo y varias personas de rasgos mayas que me auscultaban a su vez con recelo y extrañeza. Yo los miraba con horror y ellos me devolvían la mirada con paroxismo.

El fraile que parecía ser el jefe ordenó mi captura.

Intenté huir, pero me aferraron y me sometieron en cuestión de segundos. Después no supe lo que ocurrió. Me sentí acarreada por senderos y alboradas. Alcancé a divisar unas argollas incrustadas en lo alto de un muro ─el juego de pelota. Edificaciones de los períodos clásico y preclásico se cimbraban majestuosas. Algunas se mantenían enteras, ajenas al desgaste del tiempo. Hasta las estelas mostraban las inscripciones en la roca lisa casi perfectas. ¡Qué joya para un arqueólogo sería descubrir la nitidez de los glifos y petroglifos en su esencia primigenia! De pronto perdí el miedo y me concentré en detallar el espectáculo que se ofrecía a mis ojos. Pese a la oscuridad, era posible apreciar esta riqueza gracias a la luz que proyectaban los mecheros de mis captores. Observé las cornisas de las plataformas, donde se cimbraba imponente el dios Chaac en cada esquina de los cuadrángulos; los colmillos de la serpiente Kukulkan sobresalían en cada friso y pude ver claramente cómo se entrelazaban los cuerpos de los anfibios en forma de equis a través de la plataforma rectangular. Pasamos por el Cenote Xlacah donde pude apreciar los lirios de agua que flotan en la superficie cristalina. Su nombre en maya tenía un timbre melódico: Nic Te Ha o algo así. Los lirios se desvanecieron y de pronto me invadió el vértigo ante el abismo que se abría ante mis pies. No estaba ante el Cenote Xlacah, sino al borde del profundo y temible Cenote Sagrado de Chichén Itzá. Temí que me arrojaran a su fondo, asediada por remembranzas de leyendas de núbiles doncellas ofrendadas a los dioses del inframundo. Para mi fortuna, yo, ni núbil, ni doncella. Mis verdugos se retractaron cuando emergió una sombra parecida a una serpiente. ¿Sería la Tsukán, veladora del cenote que rechazaba su ofrenda?

Continuamos el recorrido por entre pirámides y edificios fabulosos en cuyos muros sobresalían bajorrelieves de jaguares y calaveras coronadas por águilas y serpientes emplumadas. Traté de escudriñar a mis captores, pero ya no estaban los frailes. Ahora me llevaban seres enigmáticos en sus trajes rudimentarios de algodón. Hablaban una lengua desconocida plagada de xchs y chss. Los observe preparando un ritual con bálsamos al fuego entre cánticos y danzas. Un sacerdote o gobernante con un penacho en la cabeza daba órdenes a diestra y siniestra desde una silla de piedra. Me situaron al frente del Chac mol, mi figura maya preferida. Esta vez no me emocionó advertir sus manos abiertas sobre un pecho plano en forma de altar esperando la ofrenda. La cabeza vuelta hacia mí esbozaba una mueca casi parecida a la risa con una suerte de complacencia.

De pronto tuve conciencia de mi ubicación: me hallaba justo ante el Templo de las siete muñecas. Al observarlo, me cegó el resplandor del sol que se asomaba poderoso en todo el centro del marco de piedra. Todo lo demás se desvaneció en la oscuridad. Cerré los ojos y me perdí en la inconsciencia de saberme portadora de un secreto milenario. 

El ritual continuaba y hasta mis oídos crecía el rumor de cánticos y plegarias en rítmicos monosílabos articulados: Xcs, Gis, Pucs, Kah, Gee, Wizz, Uhh, Woau. Cuando abrí los ojos me encontré en medio de la algarabía de turistas gringos y europeos que murmuraban en sus regurgurantes lenguas exclamaciones de asombro y perplejidad. ¡Ohh, Woo, Gee!!!! Sus cámaras con lentes portentosos intentaban capturar el instante en que el dios Kiin ostentaba su máximo poderío.

Mis captores habían desaparecido. Me quedé alelada frente al templo del sol observando cómo el astro se elevaba en el firmamento hasta perderse en un cortejo de nubes. Yo me sumé a la muchedumbre de curiosos que observaban el fenómeno equinoccial aquella mañana del 21 de septiembre.

Elvira Sánchez-Blake

A Colombian journalist and writer, Elvira Sánchez-Blake is Associate Professor of Latin American literature and culture at Michigan State University. She is the author of Patria se escribe con sangre (Anthropos, 2000), testimonials from women in the Colombian conflict. Also, she is the co-author of the anthology Voces Hispanas Siglo XXI: Entrevistas con autores en DVD (Yale University Press, 2005) and of the critical edition El universo literario de Laura Restrepo (Taurus, 2007). As a creative writer, Elvira Sánchez-Blake has published poems in Nuevas voces de fin de siglo (Epsilon Eds, 1999), and in Vuelos de Libertad (Beaumont, 2009). A selection of short stories, including Encuentro en Dzibichaltún appeared in Reflejos (Beaumont, 2006) and in Más allá de las fronteras (Nuevo Espacio, 2004). Her novel Espiral de silencios (Spiral of Silences) was published in 2009 by Beaumont.